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Desintoxicándonos en rescate de la Democracia

Dar sentido a las desgracias que los venezolanos padecemos, no es cosa fácil. Han sido muchos años. Tantos, que para muchos ha sido su vida entera.

La libertad, la verdadera libertad, la que nos permite elegir, requiere que nuestro cúmulo de posibilidades sea mayor al de las necesidades. Hoy nuestra libertad está disminuida, aporreada, empobrecida.

Una inmensa diáspora de nuestros compatriotas, muestra el anhelo de libertad y bienestar para la familia venezolana.  Porque el anhelo de libertad no conoce fronteras ni pasaportes.

No hay, no debe haber, los de aquí y los de allá como categorías peyorativas. Esto pasó en Chile, tanto con la diáspora por causa de Allende como por la de Pinochet. Conozco esto de primera mano. Parece ser un síndrome.

A fin de cuentas, todos estamos en lo mismo. Unos, zarparon en busca de una mejor vida para los suyos. Otros, se mantienen en suelo patrio. Dentro de quienes se quedaron, están los que se quieren ir pero no tienen ni saben cómo, los que no se lo plantean y los que, pudiendo irse, se quedaron.

Emitir juicios sobre las decisiones de cada persona, de cada familia venezolana, por hacer lo que hizo o por hacer lo haga, no nos corresponde. Las circunstancias son terribles en Venezuela. Se comienzan a ver imágenes de la degradación humana, “hecha en Venezuela” que nos recuerdan las de Auschwitz.

Colaborar con la causa democrática es una decisión personal. Perjudicarla, también. Ser indiferente… Y ello, tanto para los que viven en suelo venezolano como para los que no.

Me parece que son tiempos para actuar, pero también para reflexionar. Estamos irascibles, muy irascibles. Nuestra paciencia es otro producto que escasea. ¡Y cómo no va a escasear la paciencia! Porque sentimos que lo estamos perdiendo todo. Ello impone una carga aún mayor a nuestros dirigentes políticos; pues además de luchar por rescatar la democracia, enfrentar amenaza y persecución cotidiana del gobierno, también deben cuidarse de nosotros, de nuestra impaciencia y frustración.

Y como humanos que son, los políticos demócratas se equivocan. Y dicen torpezas. Sí, qué broma. Crucificarlos no nos beneficia. En estos tiempos sumar es todo. Incluso, el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Al menos mi aliado.

Desintoxicarnos del influjo de quienes en toda acción de la Unidad Democrática ven algo negativo puede ser un buen inicio. No caer en la tentación de despotricar en contra de los nuestros puede ser vigorizante y una experiencia fresca. Centrémonos en lo que hemos de centrarnos: el cambio.

¡Seguimos!

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