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Duelos

Imposible negar que, con exiguos paréntesis de recuperación, nuestra historia reciente ha estado bordada por la pérdida. Empezando por esa democracia que ya luce difusa, casi un mito cuya invocación congrega a quienes apenas podemos recordarla: primero lozana y tentando a todos con su fecundidad, luego sucumbiendo ante el ataque de lobos con caperuzas rojas. Ni hablar de esa condición de “país normal” que hoy de ningún modo se avista. En términos de básico respeto por la vida, el informe de ONU da cuenta precisa de la autolisis. He allí un sótano difícil de esquivar. Algunas de las pavorosas denuncias, de hecho, han salido a la luz en otros momentos, pero el exhaustivo inventario hace más nítido el fardo de menoscabos que presentíamos.

Es el “dolus”, el dolor y su anticipo de angustia inmanejable lo que aquí ha ido cobrando cuerpo. La pérdida recurrente de todo cuanto nos es significativo podría estar cebando una suerte de duelo largo y sin remates. Uno que en el terreno de lo colectivo se vuelve patológico: pues ni termina de resolverse, ni hay nacimientos que lo mitiguen.

Freud definía el duelo como la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal. No es pernicioso en la medida en que, pasado cierto tiempo, se lo elabora y supera. «Juzgamos inoportuno e incluso dañino perturbarlo«, añade. Sabiendo que la vida es breviario de pérdidas, encararlo es vital; sólo eso puede hacerlo productivo. Pero, ¿qué sucede si esa sensación se perpetúa, repotenciada por la privación múltiple y acumulada; agravada por la imposibilidad de compensar los muchos vacíos? ¿Cómo transitar por cada estación de esa herida sin terminar varados en la rabia, la melancolía, el convencimiento de que lo único que queda es la claudicación?

Negación, falaz subterfugio

Pensando en esa lastimada psique, Elisabeth Kübler-Ross propuso un itinerario para abordar la tarea. La negación, lo sabemos, suele inaugurar el arduo camino. Así prospera la urgencia de aplazar la aflicción, de desviarla, de esfumar su insoportable mohín por un tiempo. Ah, pero en nuestra magullada polis este apeadero parece eterno, alimentado por la fatigosa manía de no ver la realidad tal como se presenta, sino como deseamos que sea.

Tras el artificioso autocontrol se agazapan el pasmo, la ansiedad, el miedo. Por eso las abstracciones temerarias, los disparos al mensajero, las tesis auto-complacientes, las disquisiciones sobre lo-que-dijo-pero-en-realidad-quiso-decir, las propuestas colmadas de inventiva pero sin capacidad de concreción, el “ahora sí”. Por lo visto, ante el hecho político que al mismo tiempo desnuda toda nuestra carencia, el «juicio de realidad » -ese reconocimiento y aceptación de la pérdida, apunta Melanie Klein- se licúa. Mala cosa. Mientras la negación perdure, mientras la ausencia no sea incorporada conscientemente, la búsqueda de salidas será tan vana como el afán del ciego Sísifo, empecinado en llevar una y otra vez su pesada piedra a la cima de la montaña.

La ira, el abismo

Insulto. Maldigo. Muerdo. La rabia y el resentimiento surgen como otra forma de dispersar el efecto del trauma. Penosamente, como explicó Roland Barthes, ese trauma tiende a suspender el lenguaje y bloquear la significación. Azuzados por el dislocamiento y cuando la frustración avisa que la escabechina es irreversible, solemos lanzarnos a la furiosa caza de culpables. Proyectar esa ira hacia el entorno cercano podría parecer terapéutico, sí, pero a la larga no es menos auto-destructivo. Desconcertados por la impotencia frente al verdugo, llamamos “traidores”, “divisionistas”, “falsos” a aquellos que ungimos como chivos expiatorios. Son ellos quieren hoy reciben el latigazo que eventualmente restallará en nuestras espaldas.  

Racionalizar para sanar

“¿Por qué ocurrió? ¿Qué habría pasado si hubiésemos actuado de otro modo?”. Son las preguntas que asaltan a continuación. Corregir la historia no es posible cuando se trata de un final irrevocable como el de la muerte física, por ejemplo; pero esa negociación con lo presente anuncia el camino hacia un estado de comprensión crucial para la auto-reparación. Llegado ese punto podría presumirse que en lo adelante nos debatiremos entre aceptar la falta, vivir con y a pesar de la pérdida, replantear el vínculo; o por el contrario, sumergirnos en la invalidante melancolía, en la parálisis. En ese angostamiento del Yo que, según Freud, remite a “una entrega incondicional al duelo que poco o nada deja para otros intereses’«.

Ante la tragedia venezolana cabe pensar que nada es más peligroso que renunciar al impulso vital, esa posibilidad de tramitar efectivamente el “dolus” colectivo. Los líderes tienen mucho que ver con eso, siempre que primero lidien con su propio duelo, claro está; el abatimiento victimista de quienes deberían tomar el toro por los cuernos no es más un lastre. Un país despojado demanda la asunción de una faena que no niega el desgarro, que no niega ese trozo de muerte que cada quien lleva consigo. Pero que tampoco niega el pensamiento, pues distingue en él su arma más piadosa.  

@Mibelis

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