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El empobrecimiento masivo

Venezuela, el país petrolero por excelencia de la América Latina, la nación con el ingreso per cápita más alto en la historia al sur del Río Grande por muchos años debido a esa condición, se encuentra paradójicamente, afrontando una crisis económica estructural irreversible que amenaza con destruir en muy poco tiempo su gran potencialidad para desarrollarse como sociedad civilizada.

El Estado mismo sufre una metástasis terminal, producto de una discrecionalidad recursiva que ha hecho blanco en todas las instituciones públicas. Lo que nació con una avasallante popularidad en 1999 cuando se sancionó la Constitución vigente, bien pronto se diluyó en una falta de proyección, programas e ideas para invertir en el aparato productivo del país. Aún más: la vorágine y dilapidación de recursos en gastos y compromisos no reembolsables, el incremento de la corrupción, lavado de dinero, negociaciones con carteles de delincuentes, entre otros males, se desató de tal manera, que el país prácticamente ha desmantelado la infraestructura básica de bienes y servicios del siglo XX, disminuyendo drásticamente su calidad de vida. ¿Cómo fue posible semejante atrocidad en contra del bienestar colectivo? ¿Cómo existen personeros públicos capaces de validar tal cantidad de atropellos contra el ciudadano?

Como personajes sacados de una novela de Tolkien (“El Señor de los Anillos” ), antiguos defensores de los derechos humanos, líderes estudiantiles y sociales, convertidos ahora en ministros, gobernadores, diputados, han vuelto sus armas de lucha contra el pueblo que los hizo responsables en elecciones libres, cuando se colocaron el fatídico anillo del poder en sus manos, el cual en su caso significa estar dotados de la impunidad absoluta, dado que desapareció el equilibrio de poderes ante la presencia del poder único y hegemónico. Ahora generan una crisis humanitaria como nunca la conoció el país, la primera (vaya ominoso record) en un país petrolero en el mundo.

Justamente ese mundo se pregunta ¿Cuánto tardará en reaccionar ese pueblo? Ya lo está haciendo en forma irracional, generando saqueos en los centros de acopio oficiales y en los privados que han podido mantenerse en pie. Curiosamente, el Estado, al centralizar cada vez más los alimentos y al expropiar a la red de distribución privada, se convierte en el blanco visible de la población hambrienta. Seguimos sin entender por qué el Estado no rectifica. Igualmente irracional es mantener la doctrina de la guerra de clases sociales que ha ocasionado todo este soberano desastre. Es imposible mantener el poder hegemónico. Es una ficción el poder de la prole sin producción ni trabajo, una población de indigentes pedigüeños. Esa utopía de poder ya no es posible en el mundo contemporáneo que observa atónito, como la ignorancia se ha convertido en el instrumento ciego de la propia destrucción popular, tanto en lo material como en lo espiritual. La rectificación y el cambio de rumbo se hace inexorable, tarde o temprano todo cambiará, porque la realidad terminará por imponerse. Mucho más importante que el anillo del poder, señores gobernantes, es la vida y el bienestar del Pueblo. Sean grandes ante la Historia, rectifiquen. O queden para siempre tan inservibles, vacios y pobres que solo terminaron teniendo dinero, perdiendo el afecto y el respeto públicos, esclavizados por la más cruel vanidad, la del poder sin gloria.

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