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El Síndrome de Hybris

Dr.  José Miguel López C. MD

Lo contrario de la prudencia es lo que los clásicos griegos llaman hybris, esa suerte de falta en que incurren algunos de los principales personajes de las tragedias. Se podría traducir por obcecación, una especie de ceguera causada por la obstinada, jactanciosa y altanera fijación del personaje en una forma casi única de comportamiento. Los griegos pensaban que la mesura en todas las cosas era lo que realmente hacía que su sociedad funcionase y en su cosmogonía, los dioses estaban contentos con ello siendo sólo enfurecidos por aquel que rompía las reglas y pretendía con sus formas, ser más que otro con la humillación, la degradación y la ofensa y convertirse en ellos, ejerciendo la soberbia y la arrogancia. El Síndrome de Hybris actual parece ser el resultado de una carencia casi obscena de la historia, un exceso maníaco de confianza y una casi ausencia de humildad. La insensatez es otro lado del cubo de hybris pudiendo ser conceptualizada como la perversa persistencia en una política demostrablemente contraproducente. La estupidez, la fuente suprema del autoengaño, se convierte en ingrediente indispensable para el gobierno al evaluar una situación en términos de ideas fijas preconcebidas mientras se rechaza toda opinión contraria, una incapacidad para cambiar de dirección porque ello supondría admitir que se ha cometido un error. La patología que afecta a ciertos políticos con responsabilidades jerárquicas de gobierno, que se aferran con uñas y dientes al poder, dejan de escuchar, se vuelven imprudentes, asumen que solo sus ideas son correctas, jamás reconocen sus errores y prefieren rodearse por una legión de genuflexos cabezas huecas que no vacilan en felicitarle hasta en sus equivocaciones, reiterándole de lo imprescindible de su mesiánica presencia al frente de la conducción de los destinos del Estado. La secuencia es la siguiente, una persona más o menos normal, se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre su capacidad, pero pronto surge la legión de incondicionales que le facilitan y reconocen su valía. Poco a poco se transforma y empieza a pensar que está ahí por mérito propio. Todo el mundo quiere saludarlo, hablarle, recibe halagos de todo tipo. Esta es la primera fase, la ideación mesiánica. Pronto da un paso más y entra en la ideación megalomaníaca, cuyos síntomas son creerse tanto insustituible como infalible. Entonces comienzan a realizar planes estratégicos para veinte años, obras faraónicas, o a dar conferencias sobre temas que desconocen. Tras un tiempo en el poder, el afectado por este mal, padece lo que psicológicamente se llama desarrollo paranoide. Todo el que se opone a él o a sus ideas, es un enemigo personal. Puede llegar incluso al trastorno delirante que consiste en sospechar de todo el mundo que le haga una mínima crítica, y, progresivamente se va aislando de la sociedad. Llega un momento en que deja de escuchar, se vuelve imprudente, toma decisiones por su cuenta sin consultar, porque cree que sus ideas son correctas. Aunque finalmente se descubra que son erróneas, nunca reconocerá la equivocación. Se siente llamado por el destino a las grandes hazañas. Todo esto se da hasta que cesa en sus funciones o pierde las elecciones, entonces viene el batacazo y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no puede comprender. Por supuesto que no todo humano sometido al mismo proceso de convertirse en dirigente termina en catástrofe y ello se debe a que no todos los aspirantes a estos cargos tienen el mismo sustrato biológico y social, los más propensos son los que tienen historia de depravación parental, carencias infantiles, bajo IQ, historia de condición o enfermedad mental familiar y/o personal, carencia de moral y valores, carencia afectiva, dependencia económica, falta de cultura académica y laboral, historia de abuso de cualquier tipo en las fases tempranas de la vida, entre otras variables. No es justo, ni ético, ni científico que los dirigentes y su «personal de confianza» no pasen ningún tipo de filtro tanto de salud física y fisiológica como psíquica para ser designado previamente por su partido como candidato idóneo. Y debería estar estipulado en la Legislación Electoral un criterio de selección como en cualquier otro puesto del Estado aun confiando ese criterio a un grupo técnico definido por cada partido. Mientras esto no suceda tendremos lo que tenemos.

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