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En Venezuela Sísifo es opositor

Alfredo Maldonado 

En entrevista con César Miguel Rondón, el internacionalista y experimentado diplomático Emilio Figueredo comparó acertadamente a la oposición con Sísifo, griego fundador de Corinto que tras una vida bastante cuestionable entre méritos y canalladas, fue condenado por los dioses, específicamente por Zeus –bastante intolerante y poco dado al perdón como el Alá de los musulmanes y nuestro Jehová, Padre Eterno Dios- a subir por una empinada colina una pesada piedra la cual, cuando finalmente Sísifo lograba llevarla a la cumbre, volvía a rodar cuesta abajo como en el tango aquél.

La ciudadanía venezolana lleva treinta años subiendo una y otra vez con esfuerzo su propia piedra, primero diez acogotada por una democracia convertida en cómplice de malos dirigentes y después veinte enredada en revolución de falsedades, para que después, cuando ya parece que se ha llegado a algo, dirigentes y personalidades de las que en este país los medios han dado en calificar de “notables” y en utilizar sus pomposidades como titulares, echen nuevamente la piedra hacia abajo.

A la oposición le sobran ejemplos, y, diría uno mientras envejece con no poca frustración, que va siendo suficiente, empujar la piedra cansa, pero no agota. Como cansa darse cuenta, líder tras líder y piedra tras piedra, del simplismo ideológico nacional, lleno de adecos, copeyanos, socialistas y de otras tendencias que jamás han leído, mucho menos analizado, las tesis a las cuales se han afiliado. A un pueblo con esa simplicidad mental es fácil deslumbrarlo con «notables” que conozcan más adjetivos que la generalidad y tengan algún entrenamiento para discurrir ante cualquier micrófono, y con rocas a ser subidas aún con la certeza de que nunca se estabilizarán en la cúspide. Los venezolanos han sido siempre, con alguna que otra excepción, seguidores de caudillos y demagogos y no de pensadores profundos.

Por eso no aprendemos ni política ni vida, somos simpáticos y cordiales, que es más fácil que ser exigente, somos colaboradores y hacemos de todo una humorada, que es más fácil que decir no. Nos dejamos emocionar por cualquier ganapán parlanchín y sentimos respetos tensos, intuitivos pero no razonados. por individuos cuya cultura es extensa en amplitud pero de apenas centímetros de profundidad.

Nos ponen la roca como la gran solución y la empujamos –no se nos puede desconocer el entusiasmo, que también es una emoción-, cuando estamos a punto de llegar al tope nos sentimos héroes, cuando algún necio adjetivador o simplemente velador de sus propios intereses la patea de vuelta hacia abajo nos sumimos en la ilusión de la desesperanza y volvemos a bajar hasta ser nuevamente llamados por los boleros de siempre y volvemos a ser convencidos de empujar la piedra montaña arriba.

Hay que reconocer que en ese entusiasmo periódicamente renovado hay mucho de valentía, los venezolanos son ingenuos e ignorantes pero no cobardes, valentía tienen. La caída de la piedra una y otra vez también ha entrenado en perseverancia, una cualidad de pocos en la política y los gobiernos, y presente en casi todos los emprendedores, hasta la irrupción del chavismo, pero también nudo y relación importantes entre emprendedores y gobiernos.

El chavismo fue sólo otro animador más de piedras y ahora acompañamos a Guaidó piedra arriba y montaña abajo. Y en eso seguiremos.

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