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Entre conspiraciones y alegorías

La política, aparte de concebirse como una serie de procesos atados al asunto público en su relación con el poder, también se comprende como aquel dilema bajo cuyos problemas pueden incitarse no sólo nuevos problemas. También, pueden reavivarse aquellos que fueron acumulándose sin que alcanzaran a ser advertidos en su exacta realidad. Sobre todo, los que emergieron  producto de retaliaciones que insumen al hombre hasta obligarlo a desprenderse de valores que permitieron su ascenso social y político. Así ocurre, generalmente por causa de intereses que ni siquiera entiende. O porque tampoco termina de reconocer su procedencia, razón, incidencia o implicaciones que se tornan en conflictos de toda naturaleza.

Es ahí cuando asoman presiones y tentaciones que, en su afán por hacerse de mayores cuotas de poder político, se convierten en razones que tienden a configurarse en pretensiones que rayan en proyectos autoritarios o totalitarios. Inclusive, en algo más reactivo y que, como práctica política, se pasea por los ámbitos de la conspiración. 

De manera que la conspiración (admitida por la teoría política) o conjuración (término acogido por la teoría jurídica) son contubernios trazados por quienes buscan desesperadamente tramar condiciones que permitan, por la vía más inmediata posible y sin medir consecuencia alguna, tomar el poder político. Tan reaccionaria forma de desplazar a quienes detentan el poder instrumentando la fuerza como recurso de escalada, es un abierto delito de connotación penal. Así lo asiente el ordenamiento jurídico. 

Para la ciencia política, es un delito de rebelión o sedición que en el fondo incurre en un mismo daño. A fin de cuentas, la agresión termina conjurando hechos capaces de revertir alguna situación imbuida bajo un interés o postura que enarbola un propósito político comprometido con una realidad en particular.

Pero indistintamente de lo que su concepto conjuga al momento de acusar causas políticas, el problema que contrae el evento abate con fuerza sobre una determinada situación. Y el caos surge tan inmediato como insidioso que de seguro así se tornará.

Y en lo específico, es lo que desde el ejercicio de una política obstinada y opresora se hace con el propósito de degradar la democracia arrasando con todo lo que las circunstancias hacen posible. Es el guión que describe todo proyecto ideológico dirigido a alcanzar el poder sin que intermedien méritos, sapiencia y ecuanimidad. Condiciones necesarias éstas para arrogarse el liderazgo necesario sobre las cuales fundamentar la justicia y la libertad como pivotes de la democracia. 

En ausencia de tan dignas virtudes, la politiquería basa su periplo en alegorías que escasamente buscan soportar el activismo politiquero en la adulancia entendida como raudo y veloz recurso de ascenso social y político. Al final de tan aguzado recorrido, se cimenta un sistema político en el que las palabras contradicen los hechos. Un sistema político en el que la conciencia se corrompe. 

Por eso luce en demasía complicado, lograr que la política supere tan retorcido problema. De ahí que en medio de sistemas políticos oscurecidos por los vicios que van cuajándose con el paso del tiempo, la noción de política estará siempre sujeta a lo que determina una consciencia igualmente ensombrecida.

Es ese el ámbito justo en que el ejercicio de la política oscila entre equivocaciones y barbarismos. Lo que es igual decir, que fluctúa entre conspiraciones y alegorías.

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