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¡Esto se acabó compadre!

Solamente hay una expresión válida e ilustrativa para definir lo que hoy es Venezuela, nuestro país no es más que un categórico ¡desastre! Nos hemos convertido en una nación donde un taxista (sin desprestigiar esa meritoria labor) puede ganar mucho más que un profesional universitario con estudios de cuarto y quinto nivel, la educación cada vez más a prisa pierde la magnificencia que debe tener dentro de una sociedad.

Nos hemos convertido en un país donde el Instituto Venezolano del Seguro Social (IVSS) se encuentra colapsado, porque quienes tienen empleo formal buscan la manera de hacerse de un reposo médico a fin de dedicarse el mayor tiempo posible a la venta informal de alimentos o cualquier otro producto para poder sobrevivir a la endemoniada inflación.

Nos hemos convertido en un país idólatra de gobernantes a pesar que como nunca las instituciones públicas, viejas o recién creadas, son antros de indolencia, negligencia y corrupción, donde para acceder a una constancia, un permiso o un certificado, que según la ley deberían ser en lapsos de 24 a 72 horas, se traduce en esperas de meses, a menos claro que usted pague a supuestos gestores abultadas cantidades de dinero para la fulana “agilización” del trámite.

Venezuela hoy es un país donde los productos sean alimenticios, de salud, automotor ¡el que sea! tienen un altísimo valor agregado de desespero, necesidad y añoranza, caldo de cultivo para duplicar, triplicar o más su precio cuando se consigue, la grave tragedia histórica de haber decidido apoyar productores y trabajadores de otras naciones al importar lo que aquí en Venezuela se puede producir nos ha degradado a un país de contrabando, de mercado negro, de “contactos”, de mafias, de INMORALIDAD.

Nos hemos convertido en un país donde la muerte semanal de 50 personas o más en una ciudad a manos del hampa ya no sorprende, donde el asesinato y desmembramiento de cadáveres forman parte de nuestra neocotidianidad. Nos hemos dejado rebajar a ser hacedores de colas, hasta para comprar algo tan básico como leche, pañales, productos de limpieza y aseo personal.

Somos una nación que desaprensivamente agradece al gobierno nacional, regional o local la venta de productos subsidiados a través de vergonzosas colas y racionamientos, productos que de hacerse en Venezuela se conseguirían en cualquier abasto, bodega o supermercado costando incluso menos que los precios ofertados hoy día en esos sinuosos “mercados populares”.

Nos estamos dejando convertir en una nación tendente a desestimar el valor del esfuerzo propio, prácticamente obligada a esperar que nuestras casas o autos nos la asigne el gobierno a través de sorteos o mecanismos hastiados de opacidad y discrecionalidad.

Nos estamos dejando convertir en una nación donde la igualdad es únicamente material producto de la imposición de un modelo que prioriza la colectivización de la fuerza productiva, cercenando la capacidad de superación personal y familiar a gusto o capacidad de cada quien.

Nos estamos acostumbrando a vivir como un país pobre, sin recursos de ningún tipo cuando probablemente Venezuela sea el país mayormente bendecido en los minerales más apetecibles y bellezas naturales de todo el planeta tierra. Nos estamos acostumbrando a ser víctimas del abuso funcionarial, donde motorizados del alta cilindrada, vestidos de civiles, sin identificación, con armamento colgante, brutalmente nos ordenan detenernos para que pueda transitar libremente algún “chivo pesado”.

Nos hemos acostumbrado aceptar la invasión militar con sus voces de mando en espacios netamente civiles que tanto nos costó conquistar a través de nuestra historia democrática. Nos estamos acostumbrando a ser medidos no como venezolanos, sino como chavistas u opositores, nos estamos dejando dividir desde nuestros núcleos familiares.

Nos estamos dejando controlar hasta lo qué debemos comprar, cuanto, cuándo y dónde. Nos acostumbramos a vivir mal, con calles inservibles, servicios públicos caotizados, en pueblos y ciudades corroyéndose por la desidia, bajo la sombra de la incertidumbre, sin cordialidad, moral, ni buenas costumbres, a estas tres se las llevó por delante esta forma de sobrevivir…

A dónde se fueron “la ciudad de los techos rojos”, “la ciudad de los caballeros”, “la ciudad más organizada”, “la ciudad industrial”… ¿a dónde se fueron aquellos Venezolanos amantes de los frutos del trabajo, irreverentes a gobernantes autosobredimensionados, ciudadanos románticamente libres? @leandrotango

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