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¡Esto ya no puede seguir así!

Egildo Luján Nava

Históricamente, en Venezuela las doce campanadas de la iglesia registraban en cualquier lugar del territorio nacional a la media noche del 31 de diciembre el final del viejo año y la llegada del nuevo.

Era un ritual majestoso; una ceremonia emocionante, en la que cada una de las 12  campanadas se acompañaba con la ingesta de una uva y la petición de un deseo. El ambiente familiar, entonces,  se llenaba de espiritualidad, tradición y cariño. Al término del último campanazo, el momento se convertía en un abrazo amoroso que luego se multiplicaba y distribuía  entre los miembros de la familia, obedeciendo a un orden riguroso  que se desarrollaba así: la esposa, los padres, los hijos. Luego el resto de familia y los amigos presentes.

La culminación del evento se registraba de la siguiente manera:  algunos salían corriendo como locos, arrastrando maletas por la calle como augurio de viajes. Y, por último, los presentes salían a contemplar los fuegos artificiales que se convertían en la fiesta visual de  niños, jóvenes y adultos, para luego concluir el encuentro especial de la noche  con una suculenta cena de fin de año con la tradicional combinación de: hallacas, ensalada de gallina, pernil rebanado y pan de jamón, acompañado de un buen vino tinto, como de un postre a base de dulces criollos.

La despedida del 2018 y bienvenida del 2019 fue muy triste para Venezuela. Lo que algún día fue una fiesta familiar de fin de año por excelencia, en la mayoría de los hogares que pudieron mantener la tradición, todo terminó convirtiéndose en un encuentro insípido y nostálgico.

Mejor dicho, en la coronación de un falso ateísmo que se decidió imponer entre el llanto y el dolor del deslave de 1998, como de quebrar las costumbres culturales de un mestizaje  cuyos destructores ahora lo tratan de borrar  entre desgustaciones  turcas y el goce desmedido de platos del primer mundo, financiadas con fondos de una población a la que se le vendió carne de cerdo para que mantuviera “su costumbre decembrina”, sin que los compradores pudieran disfrutar de lo comprado, ni recuperar el dinero derogado.

Esa noche del 31.12, además, debió eliminarse el consumo de las uvas porque eran  incomprables.  Inclusive,  las religiosas campanadas fueron sustituidas por un conteo al igual que en un ring de boxeo, ante la caída de un pugilista. Así  que a todo pulmón, al final de la media noche, a 10 segundos para las 12, se produjeron los gritos respectivos que concluyeron con un genérico FEEELIIIZAAAÑOOOO, tal como  si fuera un grito de guerra, y la apertura de abrazos para ofrecerlos sin orden alguno, tan válido para el que estaba cerca, como el que estuviera más distante, pero que se le consideraba digno de un apretujón, acompañado de su respectivo  alarido belicoso.

¿Y los fuegos artificiales?. Ellos, sencillamente,  quedaron reducidos al mínimo de su expresión, motivado al castigo de la hiperinflación: sus elevados costos. De hecho, un solo cohete de destellos coloreados costaba para el momento más de 50 mil Soberanos, un precio ofensivo o un gasto irresponsable, cuando millones de venezolanos no dispusieron de recursos ni para comprar un pedazo  de pan de jamón.

La llegada del 2019 se pudo observar en Venezuela entre casas y apartamentos sin luces navideñas  encendidas.  Y era inevitable que así fuera. No son pocas  las familias de la clase media que sobreviven arruinadas, o que por falta de recursos decidieron irse temprano a sus camas, porque consideraron que era preferible  pasar el momento durmiendo. 0tros grupos familiares, conformados principalmente por abuelos o mayores, también optaron por evitar la tristeza de haber quedado solos añorando a sus seres queridos que se marcharon. Mientras que los más jóvenes, por no tener recursos para cubrir el costo de la cena familiar, ni se movieron de sus casas.

Hubo otro grupo de venezolanos que, haciendo toda clase de piruetas, logró convertir las colaboraciones entre amigos y familiares en una alternativa para reunirse y compartir abrazos y buenos deseos interpersonales. La mayoría de los mismos, desde luego, concluyó su encuentro en una aspiración general: «Dios quiera que este año salgamos de esto».

Marcha el nuevo año,  y entre referencias, comentarios y apreciaciones de no pocos acerca de la ya rutinaria agenda política nacional, hay una reflexión que va de un lado a otro: la aspiración de cambios  ya no se trata de demócratas, de chavistas o de comunistas.

Ahora son todos los venezolanos los que quieren y añoran un cambio de régimen, a la vez que manifiestan estar conscientes de que el modelo ¿socialista? no funcionó y que la corrupción se tragó  buenas intenciones y el derecho de millones de venezolanos a construir bienestar social y hacer crecer a su Patria. Muchos repiten con dolor: «No sabíamos lo que teníamos, hasta que lo perdimos por decisión de otros venezolanos, cuya descendencia ahora está condenada a envejecer y fallecer fuera de su país”.

Lo más peligroso es que funcionarios medios y bajos se quejan de la situación. La familia militar está igualmente resentida y todos los días hay rumores de ruidos de sables, amén de cientos de civiles y de oficiales presos. Altos funcionarios ignoran la triste realidad y, como si vivieran en otros países, siguen ofreciendo perniles y cajitas con alimentos de pobre calidad, además de otros potenciales  logros y ofertas futuras en las  que ya nadie cree.

Cada día crece la desesperanza, el odio y la rabia en la ciudadanía. En el 2018, hubo más de 8.000 protestas ciudadanas. Es la consecuencia del sentimiento de sentirse engañados por los cultores de un populismo que nunca resuelve, sino que oculta y que corre la arruga, mientras insiste en multiplicar a una población de desesperanzados, al sentirse  agobiados por la escasez, el hambre, la inseguridad y ver cómo la producción nacional continúa siendo destruida o secuestrada.

Por su parte,  las empresas extranjeras continúan marchándose, cerrando las puertas. Y las que han caído en manos del Estado, están arruinadas, quebradas o en condiciones improductivas, como en sistemas funcionales para apuntalar la inflación.  El país está totalmente endeudado, aislado e internacionalmente repudiado o vetado y demandado por miles de millones de Dólares. Afirma el dicho popular que «no hay peor ciego que quien no quiere ver».  Y aquí nada se ve, porque no conviene hacerlo.

El país está reclamando un cambio para bien de todos. El 5 de enero se juramentó la nueva Junta Directiva de la Asamblea Nacional, el 10 de este mismo mes culmina el ciclo presidencial, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia han declarado cesante del cargo al Presidente. La pregunta en suspenso es: ¿ Quién asumirá el cargo de Presidente ? Y como corolario de esta situación, el 23 de enero es fecha histórica que recuerda la caída de la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez.

Venezuela vive un momento inédito y crucial en su historia contemporánea. La  mayoría de los venezolanos  sabe que su país está mal y transitando por un mal camino. Pero ¿quién puede y debe corregir esto?

Las dirigencias políticas de los últimos 20 años, tanto del gobierno como de la oposición, han dado una triste demostración de su incapacidad de conducción. No se puede seguir en esta situación de mal para peor y de peor para colapso. Hay que provocar un proceso de transición. Hay que hacerlo convocando a las fuerzas morales y experimentadas venezolanas, que las hay y muy calificadas. Y luego hacer posible la celebración de unos comicios transparentes, no contaminados y cuyo soporte moral limpie a los comicios en Venezuela de su sucia referencia.

Sin persecuciones, hay que recomponer el país, poner las cosas en orden, limpiar y reestructurar los partidos políticos, regresar las Fuerzas Armadas a sus funciones naturales y legítimas; incentivar la producción nacional con el sector privado, adecentar y apaciguar el país, y llamar a unas elecciones libres, democráticas, pulcras y con todas las garantías de legitimidad. Y, por supuesto, finalmente, reiniciar un avance de progreso  por un camino con orden y en paz.

Definitivamente, hay que corregir y cambiar. Es mejor hacerlo de manera civilizada, antes que ser obligados. Sí se puede evitar más hambre, miseria, y derramamiento de sangre.

¡FELIZ AÑO, HERMANOS VENEZOLANOS!

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