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Gobernanza del miedo

Dedico:

A mis alumnos y compañeros de lucha …

En ocasiones nos dejamos llevar por la avaricia, la envidia y la arrogancia de quienes teniendo un liderazgo impuesto pretenden sentirse legítimos ante una comunidad de hombres y mujeres que se vuelven eunucos de pensamiento y de palabra, ante el temor, no de perder prebendas materiales, sino de dejar de sentirse útiles en la escenografía de una sociedad que recrea el tiempo en horarios y no en objetivos a alcanzar. Somos los culpables de que la demagogia, la mentira y la miseria humana sostengan algún discurso vacío al cual no podemos responder por el simple léxico del temor o miedo líquido permanente como lo definiera el excelso Zygmunt Bauman (el «Miedo» describe la incertidumbre que caracteriza la moderna líquida, nuestra ignorancia sobre la amenaza concreta que se cierne sobre nosotros y nuestra incapacidad para determinar que podemos hacer y que no, para contrarrestarla).

En esa vorágine de situaciones que marcan la incertidumbre y el caos como medida de dirección de nuestro pensamiento, nos obliga a revisar el libro bíblico del Antiguo Testamento y del Tanaj hebreo, conocido como Proverbios,  compuesto por extensas colecciones de máximas o sentencias de contenido espiritual, social, ético y moral. Sobre todo Proverbios 1:7, que dice que “el principio de la sabiduría es el temor de Dios”. Acá el “miedo” o “temor” no aparece dibujado como nosotros lo entendemos de manera coloquial; hace alusión al respeto, reverencia, admiración sumisión y obediencia; temor como el que se siente al saber que uno desconoce, que uno es recipiente de ignorancia; ignorancia de no entender la insignificancia de lo que somos en relación a la infinita grandeza del que nos creó y aliento de vida nos dio.

Como bien lo expresara el sabio Sócrates: “conócete a ti mismo” y “solo sé que nada sé”; tener temor de Dios es entender que somos polvo y al polvo retornaremos; internalizar que somos seres con finitud, que nuestro entendimiento es limitado ante la grandeza del Supremo hacedor; uno trasciende en ese universo de ignorancia y sin sentidos, capacidad a través de una relación personal con Dios; una relación de amor y fe,  Amor por su presencia, aprobación y benevolencia; fe en su palabra, sus promesas y su divina providencia.

Hay un punto de partida de la sabiduría: la ignorancia; ella no es un defecto o una debilidad, es una condición de orgullo, temeridad y potencialidad; reconocernos ignorantes ya es un máximo nivel de sabiduría. Solamente quien ignora algo tiene la curiosidad de aprender, de mejorar, de trascender. Si no somos capaces de reconocer nuestros errores o nuestros criterios de ignorancia, somos osados y nos atrevemos a hacer lo que no debemos, puesto que la ignorancia nos hace sentir  dueños y señores cuando en realidad somos torpes y pecadores.

Llegar a reconocernos ignorantes nos eleva a la tarea de aprendices, de indagadores, de discípulos, pero no de quien sabe, no es una persona o cosa que nos enseña, es el despertar a la realidad de la verdad que nos invade bajo las circunstancias de ir aprendiendo y sumando nuevos criterios de ignorancia donde el corazón tiende a estar más blando y receptivo a la palabra que llama al arrepentimiento y al reconocimiento del mal que siempre busca propiciar en nosotros una caída.

El ignorante termina su búsqueda con una nueva ignorancia; aclara la inicial pero profundiza en otras; reanuda de una manera profunda la gracia y el amor de Dios ampliando el conocimiento acerca de la vida y de su propia fe; la búsqueda de saberes nuevos lleva a los hombres a revestir su espíritu de humildad y agradecimiento cuando logramos entender que Dios nos llamó a ser sabios y esa es la única razón por la cual podemos llegar a temerle y, consecuentemente, vivir sabiamente.

En una palabra, cuando al líder le llega su momento para la arrogancia, la insensatez y la paranoia, estamos ante el peor conflicto de la ignorancia que es la ceguera. Estar ciegos a la realidad es ponernos de espaldas a la verdad. Constituye la peor acción de demagogia que persona alguna pueda cometer y como consecuencia de esos actos no solamente pierde la posibilidad de aclarar su ignorancia, sino que pierde legitimidad ante sus semejantes.

Es absurdo creer que con un discurso rastrero, pobre en ideas y ausente de vínculos factibles con la realidad, se pueda construir una esperanza. El momento revolucionario más insigne que hemos tenido en las últimas décadas ha sido el de aceptar que venimos siendo asediados por un orden mundial que busca minimizar la conciencia humana e imponer la magnanimidad del capitalismo y la sociedad de consumo al sentido humanista de nuestra relación permanente con la naturaleza y todos sus elementos. No se trata de “pobres” y “ricos”, todos somos hijos de Dios y todos marchamos igual, sin enceres, sin dinero, sin lujos; nos degradamos hasta volver a convertirnos en polvo físicamente, pero nuestra energía, esa que fue buena o mala, se transforma y pasa a ocupar un lugar prominente en el Universo. Nos convertimos en parte de una nueva estrella o de algún fragmento de  nebulosa cósmica; pero no desaparecemos, nos transformamos.

El mundo universitario vive igual periplo en su existencia como organización, hace alardes de la autopoiesis para ir auto-organizándose y creando mecanismos de renovación que fortalezca su capacidad de respuesta a las necesidades de las comunidades porque las universidades no  proponen argumentos que propicien la ignorancia, sino que en la medida que la sociedad necesite aclarar situaciones de ignorancia, allí está la universidad para dar respuesta y crear nuevos criterios de ignorancia que se irán respondiendo de manera permanente.

Estamos en un tiempo en el cual ya no hay espacio para los que se niegan a salir de la ignorancia; es un tiempo que necesita claridad de ideas y sobre todo vitalidad de pensamiento. Donde quien lidera sea parte de la solución y no el problema; donde trascender implique tener la humildad de reconocer que la voz del pueblo es la voz de Dios y que todos somos parte importante de una vida que merece que sea plena y digna, a pesar de los avatares y contrariedades de las circunstancias.

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