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Iquique

“Los cuatro que aquí estamos/nacimos en la pura tierra de Venezuela./La del signo del Éxodo, la madre de Bolívar / y de Sucre y de Bello y de Urdaneta/y de Gual y de Vargas y de millones de grandes,/más poblada en la gloria que en la tierra,/la que algo tiene y nadie sabe dónde,/si en la leche, la sangre o la placenta,/que el hijo vil se le eterniza adentro/ y el hijo grande se le muere afuera”. Con delicadeza poética y el dolor del expatriado, Andrés Eloy Blanco lo dijo en su Giraluna. Canto a los hijos, poema Regreso al despertar. 

Los venezolanos tenemos varios posgrados en materia de exiliados. Por tratarse de una condición relacionada con las dictaduras padecidas, el mayor número de expatriados que tuvimos fue de entre 4 y 5 mil activistas, echados del país durante la ¿penúltima? (1948-1958). Igual a como está ocurriendo en el presente ninguno traspuso las fronteras patrias por voluntad propia. Porque aquí, es justo reconocerlo, no hubo razones para marcharse a buscar refugio y ganarse la vida en otro país; había trabajo, seguridad jurídica y personal. Los que no gozaban de esos “privilegios” eran los activistas políticos y sindicales; esos fueron encarcelados durante el tiempo que el esbirro estimó suficiente para luego subirlos a un barco o avión y ¡fuera de aquí!

La realidad venezolana de la actualidad es muy diferente. Como en otras épocas, nadie abandona el suelo patrio, incluida familia, dejando atrás bienes y querencias porque soñó una vida idílica en otras tierras. Lo hace porque la situación económica, política, social y de seguridad es asfixiante y se arriesga a buscar oxígeno en otros espacios.

La última tiranía militar del Siglo XX, como quedó dicho más arriba, expatrió entre 4 y 5 mil activistas entre políticos y sindicales. No se produjo una estampida. Hoy los testimonios gráficos muestran ríos de seres humanos escapando de la peste socialcomunista. Y no fueron, como en el pasado, 4 ó 5 mil personas agregadas a la población de esos países, en todo caso asimilables porque no ocuparon mayores espacios y no fueron pesada carga económica y social; hoy se trata de entre 5 y 6 millones de venezolanos esparcidos en los países suramericanos; tal magnitud, impulsan un abrupto crecimiento poblacional ocasionando los desequilibrios consiguientes.

La dictadura socialcomunista encabezada por Nicolás Maduro, apuntalada por la bayoneta de Padrino López y monitoreada por el gobierno comunista de Cuba, es la responsable de la tragedia y de la deshumanizada reacción de algunas comunidades; es la misma dictadura que arruinó al país más próspero de América Latinas, en proceso de desarrollo armónico, sembrado de universidades punteras, parangonables con las de países desarrollados; con unas clase media y trabajadora conscientes de su peso y valor, todos a una coadyuvando a la consolidación de  la independencia económica.

Por supuesto que la xenofobia, sus brotes y consecuencias son condenables donde quiera que ocurran. Sin ser indulgente, quiebro una lanza por la población de Iquique en particular y por los chilenos en general. Porque ese pueblo culto, trabajador, sufrido por las inclemencias del tiempo, su difícil geografía y otros males, al que cada bocado le cuesta “sangre, sudor y lágrimas”, seguramente actuó de forma inhumana estimulado por factores exógenos. Así ocurrió en Colombia, en Santiago de Chile donde los desmanes de las brigadas promotoras de la violencia ocasionaron destrozos a la propiedad privada y al mobiliario arquitectónico de la comunidad, junto a la irreparable pérdida de vidas; también en el asalto al Capitolio de los Estados Unidos de América, se comprobó la presencia de células mercenarias latinoamericanas y de USA, contratadas para la desestabilización de gobiernos democráticos, financiadas con el petróleo de los venezolanos.

Tiene importancia capital dejar sentado que de la Venezuela democrática, víctima del socialcomunismo del Siglo XXI, no proceden los malandros promotores de las agresiones planificadas por la seccional chavomadurista de la cueva de forajidos conocida como Foro de Sao Paulo, en sus afanes por destruir la democracia continental e implantar el totalitarismo comunista.  

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