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Juan Rulfo Retratado…

Eduardo Planchart Licea

Son 80 17979-34165-1-PBsimbólicamente  trascendentes los retratos  para las que posó Juan Rulfo, develan aspectos inéditos de su alma, y de su mundo interior. Uno de los más representativos le fue  tomado sorpresivamente,  tras terminar una sesión en la filmación de la película El Despojo, 1966, la fotográfica es de Antonio Reynosa, y  la imagen está trabajada a partir de un negativo dañado de Paulina Lavista. Esta imagen revela al fotógrafo con su cámara, tras haberla cliqueado, la toma cariñosamente con la mano derecha,  y cuelga de su hombro. En la manera de posar de sus zapatos sobre los peldaños del piso, se percibe su timidez. La composición crea una sincronía visual entre el rostro del Cristo colonial crucificado, tallado en  piedra  y  el escritor.

Conoció a Paulina Lavista en su casa, hija del compositor Raúl Lavista, cuando su padre estaba realizando la composición musical de un ballet inspirado en Pedro Páramo. Sus recuerdos evidencian  la pasión  del creador por  la fotografía:

“Un día cuando lo acompañé a la salida de la casa para despedirlo, después de su  visita…, se detuvo en el umbral de la puerta y sacó del bolsillo de su saco gris de gruesa lana una pequeña fotografía impresa por contacto al tamaño seis por seis centímetros. Era una hermosa imagen de un tianguis con un juego visual de las mantas tendidas, una fotografía perfecta dedicada a mí que decía al calce: A Paulina, con amor Rulfo. Quedé atónita ignoraba yo que Rulfo tomaba fotografías”. (Revista Universidad de México, Paulina Lavista: Juan Rulfo: de lo invisible a lo visible, Núm. 159/mayo 2017)46 Rulfo-3 (2)

No era un secreto la timidez del escritor, y lo confesó en más de una ocasión en entrevistas, en las que afirmó también que le tenía pánico al público. Para él estos rasgos de su personalidad, no eran resultado de un acontecimiento fortuito de su niñez, sino eran parte de su carácter; por el contrario, su melancolía si la atribuía al haberse educado en un orfanato con una disciplina carcelaria, donde había bandas que pugnaban entre sí.

Hay varios retratos posados, que se pueden considerar metáforas de su visión del mundo. En uno, está en primer plano, de pie con los brazos cruzados, imitando los gestos de una fotografía del dios de la muerte: Mictlantecuhtli colgada en la pared, escultura que se encuentra  en el Museo Arqueológico de Xalapa. Se le conoce como el Mictlantecuhtli sedente, pareciera estar sonriente a la espera de los mortales  que llegaran a su  inframundo.  Al imitar el escritor los gestos del dios, se identifica con él, acentúa así su obsesión con la muerte.

En otro retrato, el acercamiento es más íntimo, está ante una calaquita de arcilla o tallada en piedra, representación física también del  señor de la muerte. El busto está sobre un banco, destaca su dentadura,  pues no tiene labios al igual que el Mictlantecuhtli veracruzano, y tampoco 78 JR-normal párpados, estaban descarnadas como es propio de estas deidades. El narrador ubica su rostro casi al mismo nivel que la calaquita, ella al frente y él detrás, se crea una tensión visual entre la muerte y la vida. Parte de su rostro está entre  penumbras. Mientras que con una de sus manos toma  un madero,  que le transmite la impresión de  equilibrarlo  ante este simbólico enfrentamiento.  En ambos retratos, está frente a representaciones de las deidades que rigen el mundo de la muerte, y cuya festividad se celebra en México,  en  los primeros días de noviembre, son los  Días de los Muertos.   Esta celebración  ancestral  ha hecho de México un caso casi único, pues es una de las pocas  culturas contemporáneas  que rinde culto a la muerte por un mes, festejándola,  permitiéndole  invadir la cotidianidad, comiéndola en dulces, panes;  imitándola,  disfrazándose  de ella. Una de las  fotografías,  representativas de la visión  del mundo de Rulfo, es la composición de una multitud apiñada, en una toma ascendente,  de decenas  de mexicanos enmascarase con calaveras de plástico, que llevan puestas cual hierofantes.  Recuerda la fotografía, el mundo de fantasmal y de aparecidos propio del universo rulfiano. Sentido que también se representa en sus creaciones tanto literarias como fotográficas.

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