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Los demócratas y el síndrome de Harbín

Venezuela enfrenta hoy un gobierno que, tras haber pervertido los organismos del Estado, pretende poner bajo control a la opinión pública. La historia republicana del país permite pensar que la sociedad se opondrá a ese proyecto.

Debo confesarlo y me complace hacer­lo. Hubo un momen­to cuando temí que los demócratas venezola­nos pudiésemos Ilegar a padecer el síndrome de Harbin. Así sucedió porque leí mal los acontecimientos y, sobre todo, porque los relacioné con el contraste que advertía entre las burdas politique­rías de pan y circo proclamadas por el surgente régimen militar-militarista y las escenas de boato y dispendio escenificadas por reducidos acto­res de la alta burguesía, que sugerían la disposición de acogerse a una suerte de exilio interno consistente en omitir Ia realidad, por una parte; por Ia otra, dado el patrocinio oficial de eventos internacionales, simultáneamente con la farsa de funcionarios militares metidos a verduleros, carniceros, etc., en desleal competencia con quienes, profesionalmente, cumplen esas básicas funciones sociales.

Mi errónea lectura de los acontecimientos versó también sobre las muestras de acomodamiento y complicidad ofreci­das por sobresalientes sectores de la alta burguesía; y por la generalizada presentación de la juventud como desentendi­da de la política, entregada al disfrute de Ia novelería y al cul­tivo de la superficialidad. Desconcertado me sentía también por el contraste que advertía entre esas escenas y la firmeza globalmente demostrada por la denominada clase media, representada por profesionales de diversas aéreas y niveles, en la preservación de los valores democráticos; enfrentan­do para ello el acoso sostenido contra estos valores por el militarismo-bolivarianismo. Todo envuelto en una crecien­te inclinación al exilio consentido y vivido como búsqueda segura de bienestar y disfrute de lo alcanzado bajo los auspi­cios del régimen democrático, objeto de demolición.

No pude evitar que viniese a mi memoria, salvan­do las diferencias, muchas y profundas, perceptibles en las dos situaciones confrontadas, un pasaje del diario de la escritora venezolana Teresa de Ia Parra, fechado en Harbin (Manchuria), en septiembre de 1919. Me permi­to transcribirlo:

Nuestra [viajaba con Marc Bunimovitch, ¿su esposo?, miembro de una familia de grandes banqueros rusos] vida social es alegre y animada. La Revolución ha arrojado hacia estos lados un inmenso contingente de rusos que vienen a esperar pacientemente el final de la borrasca. Son muchos de ellos grandes señores que tuvieron tierras y siervos y grandes riquezas. Todos son fastuosos, y todos gastan y se divierten sin que la revolución les halla hecho mella. Ellos han encarecido la vida de esta ciudad en otro tiempo apa­cible y tranquila, y tras ellos se han venido músicos y bai­larines y artistas de todo género. Los teatros y cabarets se abren a las dos de la madrugada y en ellos he asistido a espectáculos y conciertos de un arte tan refinado y exquisito, como hasta la fecha no había oído ni visto [Obra, p. 445].

Mientras se cultivaba el aturdimiento colectivo, la hoy olvi­dada Revolución rusa marchaba, inexorablemente, hacia su implosión. Solo que le tomó siete décadas llegar a ella. Es decir, cuando la conducta de los aturdidos refugiados en Harbin también se había perdido en el olvido, luego de que algunos de sus actores habían terminado sus días como choferes de taxis o mozos de restaurantes, cafés y caba­rets, en París o Berlín. Esto sea dicho sin dejar de apuntar que entonces, como seguramente ocurrirá ahora, no pocos hicieron del exilio la ocasión de sobresalir en diversos cam­pos del saber, el arte y el trabajo.

Registro con gran satisfacción que una sucesión de signos alentadores, directamente por mí, me han rescata­do del instante sombrío en que pretendió sumirme la con­ciencia histórica, valida esta de su fuerza rectora, capaz de torcer hasta la mentalidad más alerta. Pero felizmente por­tadora, por igual, de potenciales antídotos cuya eficacia res­ponde al esfuerzo del sentido crítico, preservado y puesto al servicio de una tesonera disposición de rescatar lo abando­nado y de promoverlo a niveles altos de transformación. La historia republicana de Venezuela entrega una buena porción de casos atingentes, algunos altamente significativos.

La sociedad venezolana enfrenta hoy la más tenebro­sa y perversa amenaza, de las varias que componen el arse­nal del gobierno militar-militarista instaurado falazmente. Pervirtiendo los organismos del Estado, contempla, como parte de su estrategia de dominación, el control de la opinión pública. Una vez desarticulado y prácticamente devas­tado el movimiento sindical, y mediatizado buena parte del gremial, cinco son las áreas restantes cuyo dominio es obli­gado para el desarrollo de esa estrategia: la Iglesia católica, los medios de comunicación masiva, las universidades tanto nacionales como privadas y el universo estudiantil-ju­venil. Pero ya no se trata de influir, condicionar, amedren­tar y corromper, sino de acallar la disidencia.

La Iglesia católica ha sido objeto de una operación disociadora en la que se han ensayado, de manera com­binada, la invocación falaz de sus dogmas, la fingi­da mansedumbre del lobo, la mediatización ideológica y los mas arteros intentos de sometimiento e intimidación. Esta movilización de recursos de dominación se ha correspondido con el hecho de que, por ser la venezola­na una sociedad conformada en los principios del cristia­nismo, y por ser la Iglesia católica la de más generalizada observancia, es de hecho el más universal y eficaz de los medios de comunicación de masas; al igual que ha llegado a ser el más acatado fondo de valores éticos y morales con­substanciados con la democracia practicada como funda­mento de la república. La toma de posición, firme, clara, substantiva, asumida a este respecto por la Conferencia Episcopal y los pronunciamientos de altos prelados, enca­bezados por el cardenal, dejaron claramente establecido que la Iglesia católica, asistida del respaldo de las otras iglesias cristianas, rechaza las maniobras encaminadas a imponerle sumisión. En los hechos inmediatos a mis vivencias ha contribuido a fortalecer esta comprobación el haber escuchado a un alto prelado, oficiante, mencio­nar varias veces la democracia en el curso de la ceremo­nia litúrgica; sumada esta experiencia a los testimonios recogidos sobre los aplausos de los feligreses en circunstancias similares. Igualmente el haber atendido a la invitación de mi amigo Letzael Muñoz, de trece años, a estar presente en la toma de su primera comunión, lo que me permitió ser parte de una conmovedora ceremonia en la que la fervorosa convivencia de los niños, con sus padres y familiares, hizo vibrar la muy modesta iglesia del barrio El Llanito, en una suerte de fiesta infantil. La conducta de la Iglesia católica, consecuencia y factor de su resistencia a los manejos de la dictadura militar-militarista, ha consisti­do en practicar, de manera eficaz y ejemplar, la simbiosis entre su misión pastoral y la función social que le com­pete, preservando así su integridad pastoral y misional.

En lo concerniente a los medios de comunicación de masas identificados como tales, el asalto realizado contra Radio Caracas Televisión puso al descubierto la artería, perpetrada luego de chocar con la firme postura de quie­nes habían hecho de esa emisora, pionera de la televisión venezolana, el más sobresaliente baluarte de la libertad de información. La reacción de la sociedad y la manifiesta soli­daridad de otros medios de comunicación masiva enviaron un claro y eficaz mensaje de una firmeza democrática que alcanzó su más resonante expresión el 2 de diciembre de 2007, cuando se dijo ¡alto! a la que pretendía ser una mar­cha victoriosa hacia la demolición de la república; si bien disimulado este propósito tras las banderas desflecadas del arcaico seudosocialismo del siglo XXI. Mas no por ello ha cejado la dictadura militar-militarista en su empeño de procurar una meta que le resulta esencial. Esta consiste no ya en imponer el silencio de la opinión pública sino en for­zarla a sumarse a la loa del régimen. Ahora procura lograr esta última utilizando los recursos públicos, mediante trá­calas financieras, para forzar la venta, a testaferros políticos, de medios ya abrumados por la arbitraria precariedad de recursos técnicos e insumos.

Las universidades venezolanas han sido, tradicional­mente, focos de ejercicio crítico también en lo social y lo político. La merecidamente recordada Generación del 28 cumplió ejemplarmente ese papel, al pronunciarse con­tra la agobiadora paz represiva impuesta por el implaca­ble dictador Juan Vicente Gómez. Pero brilló, sobre todo, produciendo un puñado de jóvenes que, tras ser objeto de persecución y padeciendo cárcel, pobreza y exilio, genera­ron la creativa rebeldía intelectual que desembocó en el ini­cio de la instauración de la «República liberal democrática», en 1946. Desempeñó papel semejante la juventud universi­taria en el derrocamiento de la dictadura militar encabezada por Marcos Pérez Jiménez, en 1958. Nutrió la protesta, cívica y armada que, condicionada por los efluvios de la Guerra Fría, y por hallarse en gran parte deslumbrada por el inicial espejismo democrático generado por la entonces acertada­mente denominada Revolución cubana, adversó la reinstaurada «República liberal democrática». Lo que no se ha visto, ni se ve, ni se verá pese a la tramposa prédica seudo­-socialista, es a la juventud universitaria militando contra la libertad del conocimiento crítico y deponiendo su recha­zo de toda regimentación. Ante el fracaso de lo hasta ahora intentado, el régimen militar-militarista complementa el asedio presupuestario de las universidades científicas eri­giendo centros carentes de toda significación académica y crudamente ideologizados.

En Venezuela, el universo estudiantil-juvenil se ha revelado siempre reacio ante los propósitos de control ideológico-político oficiales. Mal se aviene el espíritu rebelde que caracteriza ese universo con el despotismo en general, tanto, dentro como fuera del aula. Desde el inicio de la instauración dolosa del actual régimen militar-mi­litarista han transcurrido casi quince años. Esto significa que los hoy estudiantes universitarios cran entonces unos niños. No obstante, el régimen no ha logrado ganar una sola de las elecciones estudiantiles universitarias. Igual sucede con las profesorales. Más aún, el grado de luci­dez, de determinación combativa y de creatividad programática y táctica de que han dado muestras reiteradas los estudiantes y los jóvenes en general han sorprendido tanto a las fuerzas represoras como a los mismos dirigentes políticos de la oposición. Su escueta y sin embargo com­prensiva consigna de «Democracia y libertad» sintetiza la justificada preocupación de la juventud ante un porvenir cargado de incertidumbre en lo concerniente a la práctica profesional de lo adquirido en el aula; situación agravada por el humillante incremento del contingente de merce­narios fidelistas —militares y civiles— en el desempeño de funciones públicas. Hasta el punto de que esa juventud considera, en sus propios términos, que le están robando el futuro; y esta certidumbre les Ileva a reaccionar con soste­nida determinación. En cambio, el régimen no ha logra­do conformar un sector estudiantil y juvenil que supere la forzada participación de los beneficiarios de las deno­minadas misiones.

La quinta área se ha revelado como la fundamental: consiste en la ya plena participación social y política de la mujer. Habiéndole sido reconocidos sus derechos políticos mediante su participación en la convocatoria electoral de la Asamblea Nacional Constituyente de 1946, hoy sobresale la mujer en la contienda política, en todos los niveles, como actor de la lucha por el restablecimiento de la democracia. Frente a esta promisoria realidad, el régimen militar-mili­tarista ha puesto en práctica una disposición revoluciona­ria consistente en añadir el femenino a las denominaciones, al mismo tiempo que procura crearles a algunas militantes una ilusión de ejercicio del poder público, destinándolas a cumplir funciones y actuaciones represivas que implican flagrante violación de los derechos humanos, haciéndolas pasibles de sanciones judiciales.

Envolviendo el conjunto de las áreas comentadas se advierte la acción de un condicionante que las rige. Tal es la tenaz vocación democrática de la clase media. Su creci­miento y su desarrollo fueron estimulados con propósito de fundamentales políticas públicas concebidas y pues­tas en práctica al iniciarse la instauración de la República liberal democrática resultado de la Revolución de octu­bre de 1945. Decisiones, necesarias para la implantación del régimen democrático, que respondieron a criterios básicos: alfabetización de adultos, desarrollo de la educación en todos sus niveles, fomento de la instrucción técnica en artes y oficios, rescate de la muy atrasada población rural basado en la generalización de la propiedad privada y sostenido estimulo al desarrollo empresarial y sindical. El resultado ha sido el auge y fortalecimiento de la clase social cuyos medios de crecimiento y desarrollo, es decir la actividad económica y la educación, requieren de manera prioritaria el ejercicio de la libertad que solo puede ofre­cerle el régimen democrático.

En suma, el resultado así construido es el entrabado de un régimen militar-militarista que carece de genuino respaldo social. Esto se revela claramente en el contraste entre la espontaneidad de la participación en la lucha por la reanudación del curso democrático de la República y la regimentada participación de una multitud de empleados públicos carentes de opciones laborales por la devastación de que ha sido objeto el sector privado de la actividad económica y la mal disimulada quiebra del sector público de la misma. La consecuencia ineludible ha sido la total depen­dencia del régimen de un aparato militar que ha asaltado el Estado, el gobierno y la administración pública hasta en sus modestos espacios.

Como partícipe en posturas de resistencia activa, de ello se nutre mi confianza histórica en que la sociedad democrática venezolana retomara a plenitud el paso edificante que ha marcado desde mediados del siglo XX. Se fundamenta esta convicción en el hecho de que se trata de una sociedad que puede recordar la democracia, no ya solo aspi­rar a ella o imaginarla. Se genera de esta manera la más fundada certidumbre histórica en lo concerniente a la reanudación de la que he denominado La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia. Basada tal certidum­bre en la comprobación, a diario registrada, de que en esa sociedad se ha producido un cambio altamente promiso­rio. Consiste en que ya la democracia no desciende desde un líder, un partido, un pretendido mesías, o un gobier­no, hacia la sociedad; sino que asciende desde la sociedad hacia los niveles políticos, volviendo con ello imposible su erradicación. Por ello la diferencia cualitativa que advier­to entre el optimismo y la certidumbre histórica. Consiste en la capacidad de certeza y alcance de mi aserto acerca de poder recordar la democracia; producto de la atingencia del sentido histórico con situaciones y procesos socio históricos que parecen inaccesibles a la medición estadística.

Letras libres. México, D. F., octubre de 2014, año XVI, pp. 30-32.

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