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Mercader de ilusiones

La historia no sólo está constituida por hechos que signan capítulos propios de hechos sugerentes en el tiempo. También por discursos que encendieron valores y actitudes ejemplares, demoledoras o motivadoras. Pero también, de alocuciones que incitaron reproches o confusiones. Que a su vez, revelaron la obcecación de personajes disfrazados de héroes. Discursos que no sólo construyeron ideales comunes de alcanzar. Sino que además, idearon realidades y concibieron conceptos. Pero que en su trazado narrativo, tuvieron el ánimo de revolucionar postulados que luego cimentaron teorías universales del conocimiento. 

Indudablemente, los discursos requieren de un cierto espacio de poder. Así suelen valerse de la fuerza dialéctica que les permite posicionar el ideario o el mensaje proyectado mediante un lenguaje específico en cada ocasión. Por eso, el discurso se apoya en la palabra que mejor puede resultar a los fines que la intención busca. 

La palabra ha sido casi todo. Nada está más vivo que la palabra. Si bien, tiene el poder para herir más extremadamente que una espada, la palabra es igual. Es capaz de encadenar o de liberar. Para la dilecta escritora francesa Madame de Sevigne, “hay palabras que suben como el humo, y otras que caen como lluvia” Y eso es inherente a la palabra. Por eso, el discurso debe cuidarse de la fuerza, sentido o acepción de las palabras que contiene. 

El discurso pronunciado por el orador de orden que la Universidad de Los Andes eligió para exaltar el acto central de su aniversario, constituye una crecida oportunidad para indagar la intención invocada en las palabras que dieron forma y fondo a la disertación exclamada. Tan concurrido evento, sucedido el 29 de Marzo de 2022, contó con la presencia del Presidente de Fedecámaras, quien fue el orador de orden, Carlos Alberto Fernández Gallardo.

La circunstancia discursiva protagonizada por Fernández, impulsaba una toma de conciencia que ha podido ser un riesgo investido de intención investida de libertad, autonomía universitaria y derechos humanos. Fue un discurso político con escasos trazos institucionales. Y como tal, enfrenta una doble interpretativa. La misma, ha podido ocasionar cierta opacidad capaz de deformar el sentido que motivó la especificidad del aludido acto institucional. 

Desde la óptica del análisis del discurso

La opacidad de los discursos, siempre ha servido para encubrir palabras no totalmente inocentes. Además, coadyuvadas por la entonación que el orador le prodiga a la palabra. Sobre todo, cuando lo expresado refleja la acepción que descubre lo pensado por el orador. Aunque a veces, suele sentirse como un indicio sutil, sin abandonar el cinismo con el cual la emoción le impone al lenguaje. 

Y es lo que con el análisis del discurso brindado en la fecha aniversario de la Universidad, pudo detectarse. A decir por lo observado, y con respeto hacia el orador, es necesario dar cuenta de frases envueltas en la resonancia de un vacío que hace posible inferir significados ambiguos o pocos definidos. Pero fueron reuniendo una característica común que no fue fácil hallar. Algunas sirvieron de comodín para luego ser colocadas en lugares apropiados. Y así, exaltar lo que su interés empresarial sobrepone a las necesidades inmediatas que padece la academia universitaria. 

El discurso en su avance, fue ganando espacio para que fueran infiriéndose ideas que excedían el significado literal de sus propios signos. El orador abusó de palabras cuya carga discursiva significaba mucha más de lo que su sentido indica. Esto mejor se explica refiriendo una dinámica del discurso que si bien podía no ostentar ninguna malicia, si pudo reflejar nociones de identidad y cultura cuya fuerza semántica y potencia dialéctica desplazó consideraciones universitarias académicas que hoy son centro de ataque por parte del autoritarismo hegemónico imperante. 

Aunque se diga que la universidad y la empresa privada son los entes que mayor impacto suscitan si encauzan sus capacidades por la ruta del desarrollo, en las palabras de Fernández no hubo alguna referencia que precisara cómo emprender dicho camino. Partiendo de un lugar que aproximara la significación de Universidad a la noción de empresa. Quizás, hubiese podido despertar el interés necesario por construir alguna teoría social que resolviera tan ingente problema.

Algunas incoherencias

El presidente de Fedecámaras, poco se sirvió de la oportunidad de hablar ante el distinguido auditórium representativo de la institución universitaria andina-venezolana para haber emplazado a la academia a saltar de un paradigma a otro. De un paradigma que sitúa las ideas supeditadas a una dinámica pesada, a otro paradigma donde podría prevalecer la observación crítica a las latentes realidades que hoy embargan al país. Y en consecuencia, respuestas debidamente atingentes a los problemas en estudio.

Acá es donde el orador ha podido demostrar su habilidad persuasiva para exponer sus intereses. Claro, sin mayor consideración de las fronteras que limitan un terreno de otro. Por ejemplo, los límites de la economía respecto del comercio. Ambos sectores, no del todo compaginados. Ni tampoco, conciliados. 

Lejos de aproximar diferencias, Fernández Gallardo las enmarcó en su léxico mercantil. Su discurso apostaba a que los recursos que requiere la reivindicación de la autonomía universitaria, deben transitar procesos de ajustes propios de Fedecámaras. Porque (según un nuevo modelo de desarrollo aupado por dicho ente corporativo) “(…) juntos podemos crear los fundamentos ejecutivos  del sistema educativo que le den sustancia y convencimiento a la sociedad de que ese es el modelo que haya que acompañar”

El orador sabía que la trascendencia de su discurso podría convertirse en razón para aproximar criterios que pudieron haber sido útiles en el establecimiento de vínculos fundamentales entre ambos contextos. Pero en efecto, no recorrió ese trecho.

Fernández prefirió mover las emociones del auditórium académico (Aula Magna) hacia el lado mercantilista dentro del cual se moviliza Fedecámaras. Su discurso fue un mecanismo de acción política para lograr el rumbo inicialmente trazado. Hizo ver que la situación de Venezuela se ha modificado, gracias al concurso de empresarios cuya “heroicidad” permitió “(…) con el empeño de todo un sistema de valor, los bienes y servicios no han dejado de llegar a los sitios más apartados del país”. 

Lo que el discurso no develó

El presidente de Fedecámaras, no dijo “a qué precio” fue eso posible. Y que tampoco el territorio nacional fue totalmente servido. Además su discurso no hizo referencia al problema que situó a Venezuela en el primer lugar en materia de “hiperinflación” entre las naciones del mundo. (Y continúa estando cerca). Tampoco mencionó que entre las razones de tan denigrante situación, habrá que sumar la obstinación de empresarios para quienes la noción de “liberalismo económico”, consiste simplemente en el resguardo y crecida egoísta de su peculio.  

En el modelo de desarrollo que planteó Fernández, y que no es distinto del actual en cuanto al aprovechamiento de la infraestructura vigente, dijo que “la Universidad  puede ayudar (…)” en la última parte de su aplicación. Así que al comparar el resultado de la actividad económica reservada para el Estado venezolano, con la actividad privada permitida, infirió que esos espacios deben abrirse a todos los sectores. “Y todos los sectores tienen que servir a la iniciativa privada. Pero que debería decirse mejor: la iniciativa privada”.

Fernández dejó ver su sectarismo toda vez que en su discurso, hizo ver que por encima de la Universidad, prevalece el empresario como actor con el conocimiento necesario “(…) para la aplicación productiva de nuevas maneras de trabajar, de nuevas maneras de hacer las cosas”. 

Y aún, cuando Fernández hace gala de un sincretismo bastante timorato, mediante apurados halagos a la Universidad en virtud de lo que significa su autonomía (vista como fundamento de la libertad necesaria para actuar con base en sus capacidades y potencialidades), podría decirse que el presidente de Fedecámaras, como orador de orden del acto aniversario de la Universidad de Los Andes, bien representó el papel de mercader de ilusiones.

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