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Neurocomunicación Política

“Los hombres sabios hablan porque tienen algo que decir; los necios porque tienen que decir algo”

Platón.

Dr. José Miguel López C. MD, Msc

Las sociedades y los individuos siempre se han caracterizado por la capacidad de interacción comunicacional que pueden practicar. Aunque hubiese un grupo humano que practicase el silencio, igual se comunicaría ya que es imposible no comunicarse de acuerdo a Watzlawick. Por ello, quizás, quienes están en la búsqueda de liderazgo, es decir todos los aspirantes a cargos dirigenciales, necesitan establecer una conexión con aquellos a los que demandan sus votos. Es ésta la moneda de cambio con la cual la sociedad se garantiza que, quien la conduzca, sea el adecuado. Por otro lado, el que demanda ser conductor necesita el aporte social, no en forma de aplausos o loas, necesita el depósito de aquella cantidad por la cual se le hace fuerte por encima de los demás y ganar el cargo. A partir de establecer que hay un grupo que quiere liderar y otro grupo ser liderado, sólo quedan las estrategias y tácticas para que ambos se satisfagan, y todos los procedimientos en tales dinámicas están gravitando a la comunicación, a la credibilidad, real o aparente de quienes compiten y al convencimiento de quienes los eligen. A partir de aquí lo que se dice, lo que se piensa y lo que se siente, para efectos de las partes que interactúan, se convierte en laberintos, a veces, irresolubles, por ello se ha trabajado en tratar de ver lo que hay detrás de lo aparentemente obvio del discurso político, y es entonces cuando nace la Neurocomunicación. A partir del hecho que subyace cuando el político tiene que convencer a los dadores de votos, se comienzan a planificar, a través de equipo de asesoría, pautas para que aquello que se diga de manera sonora coincida con lo que se dice de manera visual, lo cual requiere práctica, ya que se ha establecido que existe de manera natural un lenguaje corporal y un lenguaje oral. Las bases neurocientíficas de estos dos tipos de formas de expresión, permiten decir que el lenguaje es producto de un conjunto de procesos neurofisiológicos y humorales, que llevan a la emisión de sonidos articulados que permiten que sean codificados por otros semejantes generando la interacción, y por ello el lenguaje es parte de un aprendizaje, de perfeccionamiento continuo, al contrario de la gestualidad cuyo componente instintivo es predominante. De aquí se desprende que lo instintivo, primario y natural, priva sobre lo aprendido y por ello pueden existir incongruencias entre lo que se dice y lo que se gestualiza. Sin embargo, hay algo que es importante destacar. La asimetría entre lo dicho y lo hecho, en el caso de un niño, en particular si es menor de siete años, no existe, un niño mostrará un lenguaje gestual congruente con aquello que dice porque lo que dice es verdad y no existe conflicto con ella. A partir de los siete años comienza a perfeccionarse la mentira como instrumento comunicacional y ganancial.

Cuando se trata de políticos, la verdad no es la mayor, ni la mejor, ni la más excelsa de sus virtudes, en la gran mayoría de los casos, por ello hay que ajustar lo que el político dice con aquello que hace. Un político dice “no tenemos miedo” mientras se encuentra agarrando con las dos manos el mueble donde está el micrófono, escondiéndose tras él, o por ejemplo “prometo que bajaremos los impuestos” y luego se pone la mano en el corazón porque lo que en realidad quiere decir es que más allá de su propio cuerpo no tiene control, como en su gabinete, en su equipo y en aquellos con los que está comprometido, es decir no está seguro de que todo, siquiera algo, de lo que está prometiendo se pueda cumplir, por eso acerca la mano al corazón y no la aleja porque mientras más lejos menos control. Cosas antinaturales como la sonrisa permanente en una situación de crisis, también permanente, no es cónsona con lo que se establecería como normal en una persona que se encuentra bajo condiciones de mucha presión social, al contrario, trata de manejar su propia angustia por la sonrisa histérica o simplemente sigue instrucciones de asesores externos sin que importe que sienta o piense, pero la honestidad de los gestos es detectada por la masa, aunque ésta no lo sepa. Por ejemplo, la inflexibilidad de la voz, cuando lo normal sería que hubiese flexibilidad en el tono, el timbre, el volumen y otros parámetros sonoros. De acuerdo a Watzlawick, en la dinámica comunicacional humana y en la de muchas especias, existe un emisor, el mensaje cuyo contenido es el que se quiere transmitir, un receptor que es el objetivo, un medio por el cual es transmitido y una circularidad de todos estos elementos, pero en las dinámicas comunicacionales políticas, la secuencia parece que no sigue todos los pasos, por ejemplo, el político entarimado que funge como emisor no tiene, o no quiere o no puede, tener circularidad con el receptor, es decir, lo que un político discursivo transmite a un público que lo escucha, aunque tenga respuesta no es escuchado, o si es escuchado no es tomado en cuenta y entonces lo que debería ser un flujo y anti flujo, de ida y venida de información, se vuelve monodireccional, donde el mensaje del político hacia los oyentes, sus supuestos posibles votantes, aquellos en donde espera obtener apoyo, sólo tiene un sentido y donde no hay retorno que permita ajustar contenidos, a menos que se pretenda pensar que el feed back para el orador, sea ese aplauso automático que ocurre más por cortesía social ante un cierto arrebato de aparente emocionalidad, muy propio de políticos de vieja escuela, o quizás advenedizos que modelan malamente figuras ilustres del discurso político como Castelar, Luther King o quizás Evita. El retorno de aquello que piensan los escuchas, jamás es oído o leído, en persona, en redes, en tiempo real o grabado, al contrario, el equipo del candidato interpreta que, aquellas opiniones que no lo apoyen, son parte de una “campaña sucia” del adversario. A partir de aquí la sensación de los que hacen la masa de los partidarios de a pie y que no tienen o esperan una ganancia por pertenecer al equipo asesor del candidato, comienzan a sentirse ignorados, tontos útiles, tomados en cuenta sólo cuando se quiere tener algo de ellos, miembros de una masa que históricamente ha sido manipulada y lavada en lo más íntimo de sus neuronas, a fin de darle a “ese” que los emplaza a comprometerse, lo más preciado, lo que todo político anhela, la práctica de la escogencia en comicios. El votante, al saberse que su candidato resultó vencedor, siente el triunfo tal cual, como el político mismo y su grupo, pero es aquí donde se presenta una paradoja: el pueblo vota y acierta y de inmediato sobreviene la euforia de la victoria con celebraciones y demás, el candidato participa y gana con ese voto y sobre el también sobreviene la euforia del triunfo, ¿la gran diferencia? ¿Quién tiene la ganancia real? Pues al candidato comienzan a lloverle premios, en particular el gran premio del poder, el pueblo, en el mejor de los casos, tiene que esperar a que esos cambios, prometidos en los discursos, se lleven a cabo. La cronología de las ganancias en ambos grupos, el de los políticos y el de los electores, es uno de los aspectos que genera más distancia comunicacional y rechazo, de lado y lado, ya que se tiende a pensar de una manera inferencial que los electores rechazan a los políticos, sin embargo también ocurre de manera inversa y hay múltiples ejemplos de ello, simplemente con ver la poca evolución de las sociedades bajo determinados gobiernos, los excesivos controles, la no garantía sobre la provisión y cobertura de las necesidades básicas, son todas éstas, señales que quienes gobiernan y, en teoría, se deben en cuerpo y alma a la población, pueden no amarla, rechazarla y hasta odiarla, sin embargo lo que tiende a ser más visible es que el pueblo como ente superior rechace, casi de manera exclusiva, a aquellos que no le han cumplido. Es un hecho, aunque no demasiado notorio, que lo social y lo individual mantienen una disputa eterna. Lo individual es egoísta y lo social colaborativo, en pocas palabras, si el cerebro fuese individualizado, las propuestas de los candidatos deberían recibir los pros y contras de las mismas, de lo contrario una convocatoria, una concentración poco tendría de eso y estaría desierta, sin embargo cuando el cerebro o más bien la mente emergente que nace de él, coteja que el resto tiene una condición de entusiasmo por la nueva propuesta, tiende a plegarse al grupo, como bien relataron los experimentos de Asch y donde el individuo de prueba escogía la respuesta, sabiendo que era la equivocada, sólo porque era la opción del grupo. Por supuesto que los neurocomunicólogos políticos que fungen como asesores de aquellos que aspiran a cargos dirigenciales, saben todos estos datos y muchos más, referidos a los vericuetos del mensaje político, a partir de ahí comienzan a tener respuesta a ciertas situaciones propias de las dinámicas entre elector y elegido, por ejemplo, la poca aquiescencia social de la sociedad global y los políticos, los descalificativos predominantes en la coloquialidad y referidos a la fauna partidista y dirigencial (término metafórico no descalificatorio), y su asociación con los desempeños humanos más negativos como robo, complicidad, corrupción, libertinaje, infidelidad, ecocidio entre otros. Pero lo más importante a destacar de por qué las dinámicas comunicacionales entre políticos y sociedad, es que ellos, los políticos, no tienen, por definición empatía, que es distinto a carisma, en lenguaje neurocientífico, resonancia afectiva, esa capacidad cognitiva por la cual la persona al verse sometido al escarnio público puede sentir miedo o rabia, o sentir vergüenza ante un ilícito, o asumir sus errores, o amar a quienes lo eligen porque son su objetivo y no su instrumento, esa capacidad para dictar discursos conectores de las distintas formas humanas, de transmitir con las palabras eso que la gente quiere escuchas y arrancar las lágrimas. Por ello la mayor parte de la sociedad toma la vía de la distancia como respuesta ante un problema que no puede resolver y por ello la política se convierte en materia de cháchara, de chisme, de conversación de sala de espera, pero nunca tomada en serio. Para cerrar, lo descrito hasta ahora no es casual, es parte de un mecanismo donde sólo importa un sector poblacional pequeño constituido por los adscritos a los partidos, los oportunistas y los esperanzados, los que militan, los que asisten a los discursos, este grupo de apenas treinta por ciento hace el efecto resonancia con el resto a la hora de votar y no se necesita una comunicación que verdaderamente valga la pena. Queda por tocar en la comunicación política, todo lo que refiere al neuromarketing, todo el conjunto de estrategias de ventas, uso de medios, afiches, material POP (point of purchase) que, en principio, buscan transmitir un mensaje al elector, un mensaje que, en teoría, debiese llegarle a cada uno de los potenciales votantes, o a la mayoría de ellos y donde la aceptación o rechazo de dicho mensaje promocional, estaría sometida al juicio analítico del elector y no a otros factores, como en la promoción de un alimento o un lavaplatos, donde el resultado final. En neuromarketing político se manejan infinidad de variables, sin embargo, las que importan son referidas a cuánto mensaje se puede transmitir, de qué calidad, a cuánta gente puede llegar y qué tan barato saldrá todo el procedimiento, por ello los políticos, mejor dicho sus asesores, trazan un slogan, algo corto y que en apariencia transmite toda la esencia del candidato, un color, un jingle y a veces hasta sabores y olores, pero como es conocido, los sentidas con mayor cantidad de fibras son la audición y la vista y lo que significa es que un color, un mensaje y un jingle van a ocupar aproximadamente un millón ochocientas mil fibras nerviosas hacia el cerebro una N cantidad de veces al día, estos mensajes son decodificados en el cerebro medio y transferidos los resultados a las cortezas occipitales y temporales y luego, al final, a la corteza prefrontal, creando un elemento de memoria indeleble, donde, más allá de los conflictos entre lo atractivo del candidato y la antipatía por su partido o sus cómplices, entre muchas combinaciones que llevan a dudar si es la opción correcta, ese bombardeo de información a través de propaganda infinita con saturación de medios, hace que al cerebro se le inhiban los “frenos cognitivos” ubicados precisamente en la corteza prefrontal, en la zona más anterior del cerebro, y el voto se haga efectivo más allá de las objeciones morales y en detrimento, quizás, de candidatos mejor perfilados. En resumen es posible decir que la comunicación política mal instrumentada, no busca la interacción entre el candidato y el electorado sino que el primero de órdenes para que sea electo, a través de herramientas como el neuromarketing político, órdenes que se terminan cumpliendo de manera inconsciente por parte del electorado a través de la saturación de medios y de forma consciente en otros casos a través de cierta forma de chantaje, como la visita personal, la entrega de algunos bienes, casi siempre bolsas de comida y encadenando al elector a un compromiso. Lo mejor sería que hubiese una interacción donde líder y electorado pudiesen exponer puntos que de ambos lados se tomasen en cuenta, todo ello como una forma de conseguir que se recupere la imagen descalificada que tienen tanto político como sociedad y se convirtiese el instrumento comicial en la herramienta con la que se premia o no, el ejercicio gerencial o, en caso de primera vez, la seguridad y las ganas de trabajar.

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