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Ni revolución ni revolucionario

Sin incurrir en disquisiciones sobre teoría política, cabe señalar que la palabra revolución se asocia siempre a cambios hacia lo mejor. Tiene resonancia positiva. Es fuertemente atractiva, sobre todo para la juventud. Aunque también es vistoso antifaz para los farsantes que buscan el poder para disfrutarlo, para enriquecerse, para humillar a los demás.

Con aprovechamiento indebido de su condición de Instructor en la Academia Militar, Hugo Chávez organizó un Golpe de Cuartel contra el gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez, que estalló el 4 de Febrero de 1992. A pesar de que oficiales habían tomado las guarniciones más importantes (Maracay, Maracaibo, Base Aérea de La Carlota) Chávez terminó por rendirse.

Aquel fracaso no lo capitalizó el gobierno, lo terminó capitalizando Chávez, el conspirador derrotado. La antipolítica puso a su servicio su formidable aparato de propaganda. Los comunistas recuperaron la esperanza de gobernar, si no directamente, sí por persona interpuesta. Y así sucedió.

Chávez decidió implantar en Venezuela el modelo cubano. No eliminó formalmente la propiedad privada, pero sí de hecho: cinco millones (5.000.000) de hectáreas en plena producción fueron expropiadas sin indemnización, al igual que un elevado porcentaje de las plantas industriales.

Como se ve, Chávez concentró la totalidad del poder político y económico. Gobernó como jefe único indiscutido hasta su muerte, e impuso sucesor, Nicolás Maduro. Mientras Cuba, el poder detrás del trono en Venezuela, inicia una apertura tratando de salir del foso en que la hundió la revolución, Maduro se aferra a un modelo fracasado; y en vez de flexibilizar su gobierno, lo endurece a extremos inaguantables.

En la Venezuela de hoy la palabra “revolución” se ha convertido en mala palabra. Se la asocia con colas interminables, día y noche, para comprar alimentos de primera necesidad que escasean y que cuando aparecen se agotan rápidamente. La palabra “revolución” evoca igualmente a millares de niños de familias pobres que tienen que ir a la escuela sin ingerir ningún alimento y que regresan a sus casas donde tampoco pueden matar el hambre. Los médicos especialistas vaticinan que de perpetuarse esta situación, los jóvenes de las nuevas generaciones presentarán índices elevados de debilidad mental, de enfermedades de origen carencial.

Las informaciones de prensa sobre servicios hospitalarios son aterradoras. Se están muriendo niños, ancianos, hombres, mujeres, venezolanos, sin distingo de edad ni afinidad política. Los hospitales están caóticos. En el Hospital Clínico Universitario, recientemente, en plena operación quirúrgica se fue la energía eléctrica y hubo que paralizarla. Misma dificultad enfrenta el Hospital de Niños J.M. de Los Ríos, la Maternidad Concepción Palacios, el Hospital el Algodonal, y todos los demás hospitales de Venezuela; ninguno de los cuales, por cierto, ha sido construido en los últimos 17 años de gobierno.

Idéntico panorama desolador se presenta en los servicios públicos. En Valencia, por ejemplo, el agua está contaminada con materias fecales, porque la Planta Potabilizadora Alejo Zuloaga está operativa sólo en un 15% desde hace mucho tiempo. De la electricidad, ni se diga el abandono y el descuido.

Lo dicho es suficiente para darse cuenta de que esta revolución, al igual que la cubana, es un fracaso estrepitoso. Los capitostes del régimen se llenan la boca con la palabra “revolución”. Sepan que los venezolanos los miran con desprecio, los consideran unos farsantes.

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