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Obama y la guerra que no termina

Si alguien le hubiera dicho al candidato Barack Obama en 2008 que en agosto de 2014, cinco años y medio después de asumir el mando debido a una campaña en gran parte victoriosa gracias al mensaje contra esa guerra, estaría ordenando el regreso de tropas estadounidenses a Irak, lo habría tomado como un insulto o se habría reído a carcajadas. Y, sin embargo, eso es lo que acaba de hacer, de dos formas: bombardeando algunas posiciones del llamado Estado Islámico en el norte del país, y enviando a 130 soldados a hacer una evaluación del drama de miles de yazidíes atrapados en una montaña de Sinjar para organizar una misión humanitaria.

Pero lo que está en mente de todos es si esto será suficiente. Las primeras señales de que podría no serlo las ha dado Benjamin Rhodes, viceconsejero para la Seguridad Nacional, al dejar abierta la posibilidad de utilizar a los militares para una operación de rescate que incluirá el derecho a defenderse de los previsibles ataques de los yihadistas. Impronunciada todavía pero cosquilleando cada vez con más fuerza la conciencia de todos, empezando por el presidente, está la posibilidad, por supuesto, de intervenir en misiones de combate más duraderas y complejas ante el enemigo yihadista que ha dado un vuelco a las cosas en Irak.

Así, el asunto que definió la victoria electoral de Obama podría ahora definir su legado. Pero no de la manera en que lo pretendía, allá por febrero de 2009, al anunciar un plan de 18 meses para abandonar Irak, lo que se cumplió cuando el último soldado salió del país el 18 de diciembre de 2011, sino involucrando a Estados Unidos en una nueva guerra en la antigua Mesopotamia o aceptando la toma del territorio por los ejércitos de Abu Bakr al-Baghdadi, el autoproclamado califa de Irak y el Levante. Si ocurre lo primero, habrá destruido su credibilidad; si lo segundo, habrá destruido la del Estado que se jugó durante una década el prestigio de superpotencia en nombre de la lucha contra el terror y la exportación de la libertad a Oriente Medio.

El gobierno ha insistido en que no hay planes para enviar tropas en misión de combate, pero seamos serios: cuando Estados Unidos inicia una operación militar que no cumple sus objetivos, es inevitable que la continúe hasta que los logre, o parezca que los logra. Y el primero en admitir que los bombardeos contra posiciones del llamado Estado Islámico en el norte de Irak han sido poco eficaces ha sido el teniente general Bill Mayville, director de operaciones del Estado Mayor Conjunto. Preparando el terreno para lo que pueda venir, ha dicho con rotundidad: “De ninguna manera digo que los hemos contenido eficazmente… Están bien organizados, bien equipados, coordinan sus acciones y atacan en múltiples ejes”.

Se refería a que los bombardeos efectuados por cazas F-18 de la aviación norteamericana para evitar que el Estado Islámico arrasara con la defensa kurda de Erbil, la capital del Kurdistán iraquí, y sumara otra ciudad estratégica a su califato han logrado poco. No sólo fue una operación muy limitada: no pudo hacer retroceder a los yihadistas sino apenas retardar el intento de captura definitiva de Erbil. Baghdadi sabe tan bien como los estadounidenses que los combatientes kurdos, los célebres “peshmergas”, veteranos de las luchas contra Saddam Hussein, han resultado mucho menos eficaces contra sus yihadistas de lo que se creía, siendo obligados a batirse en retirada de algunos lugares, como lo habían hecho antes los soldados del Ejército iraquí. Calcula, por tanto, que, a menos que Estados Unidos decida intervenir a fondo, algo que lo convertiría a él en héroe de la Resistencia contra el agresor externo, el tiempo corre de su parte.

Por el momento, el drama humanitario que se desarrolla en Sinjar tiene una potencia moral tan grande que nadie cuestiona o va a cuestionar en Occidente lo que está haciendo Estados Unidos para tratar de salvar a los yazidíes atrapados en una montaña, tras huir despavoridos de la ciudad ante los ataques del Estado Islámico. Los relatos espeluznantes que han dado la vuelta al mundo y hablan de un genocidio en marcha contra estos “adoradores del diablo” a manos del fanatismo sunita de Baghdadi y compañía bastan para que haya un consenso sobre la necesidad de hacer algo. De allí que el Papa haya avalado los bombardeos estadounidenses y Alemania, tradicionalmente reacia a cualquier forma de intervención, haya ofrecido dar ayuda no letal a quienes combaten al Estado Islámico, para no hablar del suministro de armamento francés. Pero una cosa es lanzar comida o agua desde el aire y otorgar armas a los enemigos de Baghdadi, y otra muy distinta es intervenir de forma directa para rescatar a miles de víctimas, operación que entrañará riesgos militares. ¿Dónde están los límites de esa operación exactamente? ¿Dónde empieza y dónde termina? Si se logra liberar a los miles de yazidíes de la trampa en que están, ¿se asume también la responsabilidad de protegerlos contra las represalias? ¿Se les provee un santuario? Se trata, no lo olvidemos, de personas que han huido de sus hogares y están a la deriva.

Un factor que agrava este endemoniado escenario es la ausencia de un gobierno iraquí creíble a través del cual Occidente pueda actuar. Después de varios meses de forcejeo, Estados Unidos ha conseguido sacar a Nouri al-Maliki, que pretendía eternizarse en el poder tras dos mandatos. Según testimonios múltiples, al-Maliki ha sido uno de los grandes responsables del desmadejamiento de la trama democrática que se estaba empezando a gestar en Irak y del surgimiento, con fuerza renovada, de viejos enconos. No sólo gobernó despóticamente con facciones afines: la suya fue una administración muy excluyente desde el punto de vista étnico. En lugar de hacer convivir a chiitas y sunitas y poner a dialogar a los grupos chiitas enfrentados, avivó el fuego del odio entre unos y otros. En ese contexto, el grupo mejor organizado, el Estado Islámico de Irak y el Levante, otrora parte de una coalición de apoyo a Al Qaeda, encontró un espacio para hacerse fuerte en un tercio del país.

Ahora otro chiita moderado, Haider al-Abadi, ha recibido el encargo por parte del Presidente Fouad Masoum, un kurdo, de formar gobierno. Pertenece al mismo partido que al-Maliki pero, a diferencia de éste, cuenta con un apoyo en principio plural, pues lo respalda, por ejemplo, la milicia del clérigo chiita Moqtada Sadr, un enemigo declarado de la administración saliente.

Al-Maliki se resiste a aceptar su salida y trata de organizar una Resistencia (tiene su propia milicia), aunque no parece a estas alturas que esa vaya a ser una amenaza importante. El problema mayor es que el nuevo gobierno no está ni siquiera en funciones y tardará en afianzarse. Para mayor complicación, la zona del Kurdistán iraquí, en el norte, donde pretende hacerse fuerte el Estado Islámico, está bajo control de un gobierno regional que ha ido ganando autonomía a medida que Bagdad se volvía un caos y perdía poder sobre las zonas alejadas. Cualquier intento por recortar esa autonomía desde Bagdad será contestado por los kurdos, que llevan muchos años enfrentados al poder de la capital. Por otro lado, si Occidente concentra su ayuda en el gobierno regional kurdo, lo que tendría toda lógica dado que allí está ahora la amenaza yihadista, podría acelerar un proceso de virtual independización del Kurdistán iraquí, lo que, según los observadores más enterados, es el objetivo de mediano plazo de sus actuales autoridades.

No menos complejo es el rompecabezas internacional. El miedo a Baghdadi ha conseguido que dos enemigos acérrimos, Arabia Saudí e Irán, apoyen a al-Abadi como nuevo primer ministro. El Irán chiita es enemigo natural del yihadismo sunita, mientras que Arabia Saudí sabe que ella es el blanco directo de Baghdadi, quien pretende, como pretendía Osama bin Laden, derrocar a las monarquías árabes que considera corruptas y vendidas al diablo. Para Estados Unidos y Europa se plantea un dilema angustioso: aliarse con Irán para hacer frente al peligro mayor, el Estado Islámico, reforzará al chiismo radical en Irak, a la dictadura de Assad en la propia Siria y a Hezbollah, la poderosísima milicia chiita en El Líbano. No contar con Irán, sin embargo, perjudicará el esfuerzo de reunir a los chiitas contra el yihadismo sunita.

Obama es consciente -así lo atestigua su cautela en estos momentos- de que toda acción en esta zona desencadena efectos contraproducentes que luego se vuelven contra uno. El propio Estado Islámico fue en parte beneficiario de la movilización internacional contra Assad en Siria. Aunque no recibió ayuda directa de Estados Unidos (que concentró su apoyo en los sectores moderados de la lucha contra el dictador druso), Turquía sí lo hizo, proveyendo a este grupo un santuario en la frontera con Siria que Baghdadi utilizó para abastecerse y penetrar en territorio sirio.

Está claro el objetivo de Baghdadi -un fanático nacido a principios de los 70, con un doctorado de la Universidad de Bagdad, que se erigió en líder del Estado Islámico de Irak y el Levante en 2010 y se rebeló contra Ayman al-Zawahiri, el sucesor de Bin Laden, al que su grupo apoyaba-. Quiere reunir a Irak y al Levante (los Estados árabes que el Reino Unido y Francia convirtieron en las actuales Siria, Jordania y El Líbano más Palestina y parte del Sinaí) en un vasto califato bajo su poder. Por lo pronto ya ha logrado dominar importantes porciones de Siria (donde controla la zona petrolera de Deir al Zur y mantiene su base principal en Raqqa) e Irak (donde el centro neurálgico está en Mosul, la segunda ciudad del país, que capturó en junio). Tiene armamento robado a los ejércitos sirio e iraquí y, según Jessica Lewis, ex agente de inteligencia militar estadounidense y hoy parte del Institute for the Study of War, maneja unas siete divisiones en todo el país, incluyendo una cerca de Bagdad y otra en el sur del país, lejos de donde se ha hecho fuerte hasta ahora.

Su salvajismo sanguinario es ya leyenda en la región y no son pocas las localidades que ha podido controlar porque el terror que inspiran los relatos de su crueldad ha hecho batirse en retirada a quienes debían defenderlas. Precisamente por esa posibilidad creciente es que Estados Unidos tuvo que bombardear posiciones del Estado Islámico hace pocos días cerca de Erbil, la capital del Kurdistán que parecía a punto de caer. Muchos soldados kurdos ya habían huido o se aprestaban a hacerlo.

Para detener a este autoproclamado califa, Obama tendrá que emplear algo más que bombardeos limitados y operaciones humanitarias, a menos que todas las facciones iraquíes -un verdadero milagro- se unan contra el yihadista y se vuelvan lo eficaces que no han sido hasta ahora. Y aun en ese caso no hay garantía de nada. Casi tres años después de la retirada, Obama regresa a Irak contra todos sus instintos y sus más profundas convicciones.

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