Opinión Internacional

Buscando visa para un sueño

(…Buscando visa la razón de ser…
…buscando visa para no volver…)

Merengue de Juan Luis Guerra.

La imagen puede provenir de cualquier aeropuerto, de cualquier puerta de embarque ubicada en alguna latitud geográfica, en donde el desarrollo económico es más ilusión que realidad.

Toda inmigración es una huida, una puerta que queremos cerrar, o que en la mayoría de los casos nos cierran en la cara, para quedar atrapados en un cuarto angosto y con poca luz, cuya única ventana apunta a otro destino, a otro idioma, a otra geografía y cultura.

Guerras, conflictos armados, persecuciones políticas, religiosas, étnicas, miseria, desempleo, totalitarismos, fracturas familiares, evasión, son algunas de las múltiples razones que históricamente, han movido y mueven a miles de seres humanos, a lo largo del mundo, a dejar atrás su lugar de nacimiento, para encarar una travesía a otro país, buscando un destino mejor.

La decisión de un inmigrante puede estar cargada de subjetividad, de emocionalidad, pero es indicativa casi siempre, de una situación límite, de una sensación de acorralamiento que, instintivamente debe ser solventada. En pleno siglo XXI, el desarrollo económico, el bienestar social y la calidad de vida, siguen siendo una realidad para una minoría de sociedades en el mundo, y un espejismo siempre en movimiento para el resto.

En forma de pequeño titular, la noticia, desapercibida para muchos, captó sin embargo otras atenciones: “Sueño europeo se viene abajo para miles de bolivianos.” A partir del 1º de Abril la Unión Europea les exigirá visado para entrar en territorio comunitario, y particularmente en España. Según la Asociación de Cooperación Bolivia-España, 100.000 bolivianos entraron en el país ibérico en los últimos 15 meses. Hasta 1.500 llegan a Barajas diariamente. (Diario El Universal, 01-04-07).

En la angustia de la decisión, el viaje del inmigrante es un saludo al azar, un guiño a la suerte, cuando ya no queda nada que perder, y el lugar donde se nace deja ya de ser el cómodo asiento del presente, y las raíces del futuro.

Pese a los relativos avances económicos, a alguna cifra macroeconómica pomposamente defendida por el ministro respectivo, en cualquiera de nuestros países (entiéndase, no industrializado, no suficientemente desarrollado) persiste la incapacidad de élites gobernantes de crear mejores condiciones de vida, de trabajo, de salud o educación, y crece cada día más el número de personas que apuestan por la inmigración, pese a todos sus costos y sacrificios. Para ellos, lo legal o ilegal, es sólo un adjetivo, un mero formalismo burocrático-estatal y territorial. El dinero, el trabajo, vale la pena el riesgo, dentro de otras fronteras donde el porvenir es más creíble, menos como idea y más como palpable realidad.

Lo paradójico del asunto, es que mientras aun está fresca la tinta de los periódicos que reseñaban los triunfos electorales en América Latina, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua, nucleados alrededor de Hugo Chávez y Fidel Castro, en el pretendido avance de la “izquierda” devenida gobiernos populistas, representantes fieles del sentir de las masas desposeídas y empobrecidas, hoy, muchos bolivianos, inclusive muchos venezolanos, prefieren irse de su país y no participar de la euforia populista, o del delirio socialista, al no verse o sentirse representados, incluidos y sobre todo respetados, por quienes les gobiernan.

Por eso, el pueblo también se equivoca. Por eso, una victoria electoral también puede ser una derrota del futuro. Por asombroso que parezca, quizá puede ser más aceptable la idea de ser minoría étnica o cultural en otro país, que vivir en guetos reducidos dentro de su propia nación.

Un gobierno puede aplicar diversos controles para evitar por ejemplo, que empresarios desalmados promuevan una fuga de capitales, o para impedir, igualmente, la salida o contrabando de mercancías o recursos productivos o naturales. Pero la fuga más delicada, triste, y al mismo tiempo la que menos preocupa a gobiernos y “revoluciones”, es la fuga de talentos, de personas que, en el inicio o plenitud de su vida profesional y productiva, optan por abandonar su país, ignorados, excluidos y en un entorno que no valora y desprecia el conocimiento, la excelencia, la competencia y el trabajo intelectual como vías para crear empleo, ideas y productividad.

Así, mientras muchos buscan visa para un sueño, en otro lugar, en otra geografía, los que llegan son una pesadilla para gobiernos celosos de su capacidad para crear y mantener bienestar y desarrollo.

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