Opinión Internacional

Carta Democrática… yo te aviso Chirulí

Varias instancias pretenden hoy promover la aplicación a Venezuela de la tan famosa como desechada Carta Democrática Interamericana. Este columnista confiesa que así como en su momento (2001) celebró la aprobación de ese instrumento que creyó como un avance sustancial en la defensa de la democracia, hoy se ve obligado a reconocer el error de haber sido iluso toda vez que pasada más de una década de la tal Carta Democrática de la OEA -más todas aquellas que por moda del momento se insertaron en casi todos los instrumentos internacionales- no tienen siquiera el valor del papel en las que están escritas. ¡Qué desilusión!

La lección que hemos aprendido es que por lo general poco o nada valen las enunciaciones de alto vuelo si en el fondo no existe la voluntad política de aplicar esos valores a los casos concretos. Esta es la misma lección aprendida en materia de derechos humanos donde se ha visto hasta la saciedad que el reclamo se oye cuando quienes abusan en esa materia son regímenes de derecha o liberales; jamás cuando transcurre medio siglo de transgresiones de la dictadura cubana o de regímenes «progresistas» que apropiados de la terminología reivindicativa justifican todos sus abusos en nombre del pueblo cuya representación parece corresponderles en forma exclusiva. Por eso Wikileaks es bueno y Assange un héroe mientras el espionaje de las agencias de seguridad norteamericanas es malo y Snowden otro héroe y no un traidor.

Mucha agua pasada bajo el puente pone de relieve que aun cuando deseable es lamentablemente ilusorio -y menos en América Latina- pretender analizar movimientos y acciones políticas enmarcándolas en ropajes fundamentalmente jurídicos. Poca importancia se ha visto que tiene el articulado de la tal Carta Democrática cuando en uno de sus supuestos requiere que su invocación dependa del permiso del gobierno afectado o en la otra vertiente que hace depender la cosa de la correlación de fuerzas políticas existentes en el Consejo Permanente de la OEA o de su Secretario General que al fin y al cabo es un mero empleado de patrones generalmente poco preocupados por la moral sino mas bien de las ventajas que sus países puedan derivar.

Lo que se acaba de afirmar se extiende también a otras instancias del entramado interamericano como ser Mercosur, Celac y otros. En el caso de Mercosur vimos cómo las tres «democracias» continentales: Argentina, Brasil y Uruguay se saltaron a la torera las normas fundacionales del grupo para suspender a Paraguay y aprovechar la ausencia temporal de dicho país para admitir ilegalmente a Venezuela. No menos asqueroso resultó comprobar cómo la Celac, en su cumbre realizada nada menos que en La Habana terminó en que la gran mayoría de la treintena de jefes de Estado y de gobierno asistentes se arrodillaran ante Cuba y omitieran siquiera hacer alguna mención a los déficits democráticos que existen en el continente. Vergüenza debiera darles y de paso sirva de lección para aquellos pueblos que creen contar con la solidaridad de gobiernos dominados por el bozal de arepa omnipresente en las relaciones de hoy.

 

 

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