Opinión Internacional

El gobierno K: ¿fuerza o debilidad?

A fines de este mes se cumplirá un año de la derrota electoral que transparentó el principio del fin de la hegemonía K. El 28 de junio de 2009, unos 100 días antes de la fecha originalmente prevista para ese comicio de medio término (el Gobierno apostó a que el adelanto lo favorecería), el propio Néstor Kirchner encabezó la boleta bonaerense del oficialista Frente para la Victoria, donde se hizo rodear («testimonialmente») por una legión de jefes territoriales a los que condujo (como varios de ellos habían previsto pero no pudieron evitar) a la derrota.

Doce meses más tarde, el Gobierno filtra a través de su costosa maquinaria de propaganda que aquella caída ha quedado atrás y que ahora está tan fuerte que hasta puede soñar con coronar nuevamente el apellido Kirchner en las urnas del año próximo.

¿Está el Gobierno verdaderamente más fuerte hoy que un año atrás? Para tratar de probarlo, el oficialismo se compara con el abigarrado arco opositor, al que describe acentuando su heterogeneidad interna, sus dificultades para concretar acuerdos conducentes y la circunstancia de que hasta el momento no ha conseguido aprobar en el Congreso ninguna iniciativa.

Es cierto que ese arco opositor suscitó un año atrás grandes expectativas de cambio, que se fueron diluyendo (primero por el extenso tramo que separó su victoria en las urnas del efectivo recambio legislativo, inaugurado en diciembre y suspendido luego hasta marzo; más tarde, por divergencias que no terminan de superarse). Pero no es menos cierto que, si el arco opositor no pudo aprobar legislativamente ningún proyecto, lo que sí ha conseguido es trabar el automatismo decisionista del Gobierno central que, hasta diciembre, contaba con que el Legislativo actuara como una escribanía, prestando apoyo inmediato a sus deseos y, desde marzo, ya no cuenta con ese recurso. Y en rigor, no es la oposición sino el Gobierno el que debe ejercer el poder y el que se debilita cuando intenta caminos que no puede recorrer: en este caso, el método de la imposición de su voluntad. Al Ejecutivo le demandó varios meses de demora poner en práctica un decreto «de necesidad y urgencia» dirigido a eyectar a Martín Redrado de la Presidencia del Banco Central y, aunque con la anterior composición adicta del Congreso hizo aprobar seis meses atrás a los empujones la Ley de Medios, el Gobierno no puede aún ponerla en práctica por la resistencia de los legisladores, los afectados y la Justicia.

Esa debilidad es la que desespera a Néstor Kirchner y la que procura disimular con gestos de arbitrariedad y con agresiones. El esposo de la Presidente teme que los fragmentos de poder del país (partidos, poderes fácticos y, sobre todo, su «propia tropa», es decir la que él quiere disciplinar, donde destacan los jefes territoriales de provincias y municipios y la dirigencia sindical) lleguen a la conclusión de que se está cumpliendo la teoría del pato rengo y que, de aquí hasta que los sucesores asuman el Gobierno, lo que se observará en el matrimonio presidencial será un encogimiento y una impotencia crecientes.

Kirchner ha querido exhibir simbólicamente su poder en su lucha contra los medios de comunicación, resumidos en el Grupo Clarín y en la empresa Papel Prensa. En esa guerra, Kirchner parece dispuesto a usar toda su fuerza y sus recursos, y lo está haciendo. Pero, aunque sin duda los golpes que tira contra ellos producen efectos dañinos, lo cierto es que los gritos y ataques de furia de Guillermo Moreno ante el Directorio de Papel Prensa y la metodología violenta aplicada contra los hijos adoptivos de la señora Ernestina Herrera de Noble sólo son disfraces brutales del hecho de que Kirchner (al menos hasta ahora) no ha conseguido, pese al despliegue de esfuerzos y manejos y al hecho de que emplea en esta batalla dispositivos de orden público con un grado de (i)legitimidad que en su momento será seguramente analizado por la Justicia.

En Olivos conocen, probablemente, la célebre frase de Giulio Andreotti sobre el poder (o, al menos, la intuyen). Decía Andreotti: «El poder desgasta.sobre todo cuando no se tiene». Podría agregarse: el que más se desgasta si no lo tiene es quien formalmente debe ejercerlo, especialmente cuando hace gala de ser extremadamente poderoso y de manejar, sin miramientos, castigos y premios.

En la lógica de confrontación permanente y de la destrucción del adversario (convertido en enemigo) que ha sido la práctica habitual del oficialismo, el desgaste es letal cuando se torna evidente que el mandón no tiene poder en medida suficiente para cumplir sus objetivos, aunque aún posea una capacidad (decreciente) de retaliación.

Tal vez esta remanente posibilidad de represalia del Gobierno explique su aptitud para presionar, por ejemplo, a algunos grupos empresarios: ha conseguido que varios tomen distancia de la Asociación Empresaria Argentina, un espacio en el que ejerce influencia Héctor Magnetto, el CEO del Grupo Clarín. Los empresarios cuidan, en primera instancia, a sus empresas No ha sido suficiente, en cambio, para disciplinar al movimiento obrero: hace un año alcanzaba con un llamado telefónico desde Olivos para que Hugo Moyano pusiera orden en las negociaciones salariales. Ahora, los curtidores consiguen un 50 por ciento de aumento, los gastronómicos más de un cuarenta y los de la alimentación un poquito menos, Luz y Fuerza reabre una negociación que concluyó apenas unas semanas atrás porque no se conforma ahora con los 23 puntos de incremento que había obtenido. La ofensiva sindical pone en ridículo (otra vez, por si hiciera falta) las cifras del INDEC sobre el costo de vida: nadie las toma en cuenta. Es como decir que el país se mueve sin datos creíbles, verídicos y verificables de su propia performance. La falta de información impulsa la carrera distributiva hacia arriba y hacia delante. Sería falso, sin embargo, culpar de ese movimiento a los trabajadores, los gremios o las empresas. El motor de la inflación reside en el gasto público descontrolado, en la demagógica pretensión de recalentar el consumo y la demanda cuando, en paralelo, no se alientan la inversión y la oferta.

El metro patrón para calcular la fortaleza o la debilidad del Gobierno no es, pues, el arco opositor. Se trataría de una comparación asimétrica. De un lado estarían quienes, como gobierno, tienen la responsabilidad de tomar decisiones sensatas y cumplibles, de ordenar razonablemente la convivencia, de dar un marco a las decisiones de los actores económicos y de mantener al país bien vinculado al mundo; del otro, un conglomerado cuya función reside, en principio, en controlar al poder y prepararse para ser alternativa cuando llegue el momento. A la oposición le alcanza con sobrevivir. El Gobierno pierde si no puede ganar. Y para ganar, el tiempo de juego se le va reduciendo porque consume su mandato.

El metro para medir la vitalidad del Gobierno no es, pues, la oposición, sino la capacidad que el propio Gobierno demuestre para afrontar, acotar y manejar los desafíos de la realidad, para hacerse cargo de los retos que él mismo se impone. ¿Puede vencer la inflación? ¿Puede volver a poner en caja a una Justicia que ya sólo le obedece parcialmente y que empieza a examinar con lupa sus movimientos bancarios, los de sus secretarios y los de funcionarios muy próximos al amor y la confianza del matrimonio presidencial? ¿Puede ganar la guerra que desató contra el Grupo Clarín? Néstor Kirchner necesita conjugar el verbo poder en modo afirmativo y en primera persona, en distintos frentes. Lo observan atentos -y Kirchner es plenamente conciente de ello- muchos que hasta llegan a vivarlo cuando lo tienen cerca, pero que íntima y apasionadamente están esperando (deseando, vaticinando) que no pueda.

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