Opinión Internacional

El lenguaje especial de Uri y de David

“No soy pacifista en el sentido sentimental de la palabra…nunca lucharía por más territorios, ni por lugares sagrados ni por supuestos intereses nacionales, pero lucharía y lucho, como un demonio, por la vida y la libertad”. Amos Oz.

En honor de todos los pacifistas que como Uri Grossman y su padre David, solo van a la guerra por la vida o por la defensa del hogar

Por una de esas casualidades de la muerte, pocas horas antes de que la ONU decidiera una resolución del cese de hostilidades entre Israel y la guerrilla islamista de Hezbolá, cayó en El Líbano un soldado llamado Uri.

Como ocurre cuando fallece en una guerra – en donde sea que ocurra – cualquier joven idealista y de buena familia, todas las tragedias son similares y la celebridad o la fama no hace a ninguna víctima ni a sus dolientes, un caso especial. Sin embargo, en este caso, la muerte de Uri en el Líbano, es emblemática de lo que no merecen los seres humanos que anhelan un mundo de paz y de justicia.

Uri fue el segundo de los tres hijos del prestigioso escritor israelí David Grossman, que no por casualidad – tres días antes de que la tragedia recayera sobre él y su familia – dio una rueda de prensa junto a sus colegas literatos y pacifistas, Amoz Oz y A..B. Yoshua, pidiendo a su gobierno aceptar un cese al fuego. Los tres escritores coincidían en que esa guerra fue justificada para Israel puesto que no se ejecutó por ambiciones territoriales ni por nacionalismo, sino por defender el hogar y la vida de las guerrilleras fanáticas y violentas de Hezbolá, pero una vez que se convencieron de que se lograron las condiciones para llegar a una solución política del conflicto, el trío de intelectuales se dirigió a la opinión pública de su país exigiendo un alto al fuego.

¿Quién es David Grossman? preguntó hace unos años un periodista
al escritor, y quizás se sorprendió por el orden de prioridades de su respuesta: “Soy un israelí, un judío…tres hijos y estoy casado.¡Ah!, soy un escritor”. Y de los tres hijos falleció Uri, en un conflicto que si bien al principio tuvo sentido para Grossman, cuando ya dejó de tenerlo, solo un sentido pésame colmó a una de las muchas familias que perdió la guerra en ambos lados de la frontera israelí-libanesa.

El Niño de las Últimas Sílabas

Cuando nació su hijo mayor Yonatán, Grossman comenzó a escribir cuentos infantiles, pero el único que lleva por titulo el nombre de uno de sus hijos se llama El Lenguaje Especial de Uri (1989) y trata sobre un niño de dos años que solo usa la última sílaba de las palabras para comunicarse con su familia. Ante la incapacidad de los padres de entender al menor, su hermano mayor, Yonatán – quien comprende el lenguaje de los bebes y los adultos – les sirve de traductor.

Luego de enterrar a Uri, su padre leyó un mensaje en nombre de su esposa Mijal, y de sus hijos Yonatán y Ruti, expresando:

“Uri tenía sencillamente el valor de ser él, siempre, en cualquier situación, de encontrar su voz exacta en todo lo que decía y hacía, y eso le protegía de la contaminación, la desfiguración y la degradación del alma”.

David Grossman intuyó que su segundo hijo desarrollaba esas cualidades cuando escribió La Sonrisa del Cordero (1993), novela en la cual, uno de sus personajes, Uri Laniado, mantiene una tierna amistad con Jilmi, un viejo palestino que lo trata como un hijo adoptivo y un día decide matarlo a menos de que Israel se retire inmediatamente de todos los territorios ocupados. Tanto Jilmi como Uri, acuerdan sin palabras, que el sacrificio del joven sería un mensaje elocuente sobre lo que el anciano desea expresar. La compañera sentimental del Uri, en la novela, expresa lo siguiente sobre su pareja: “Uri, nuestro Uri, que con su carácter tierno e indulgente no se merece que nos compadezcamos de él, porque sólo sabe obedecer a la silenciosa voz que habla en su cabeza, voz a la que es imposible acallar, ni ir en contra suya, ni influir en su veredicto”.

Estas palabras se asemejan a las que Grossman leyó ante la tumba de su hijo:
“He aquí un chico que conoce sus posibilidades de manera sencilla y lúcida. Sin pretensión, sin arrogancia. Que no se deja influir por lo que dicen los demás de él. Que saca la fuerza de sí mismo. Desde que eras niño, eras ya así. Vivías en armonía contigo mismo y con los que te rodeaban”.

Padres e Hijos Zigzag

Todas las victimas del conflicto reciente del Líbano son igualmente trágicas, y sin embargo, por una de esas casualidades de la vida y de la muerte, uno de las últimas en caer en batalla fue ese joven de 20 años, a punto de culminar su servicio militar obligatorio, hijo del autor de excelsas obras en las cuales se destacan algunas que penetran en las luces y oscuridades de personajes envueltos en el conflicto árabe-israelí como su clásico libro de reportajes El Viento Amarillo (1987). Esta obra presagió el alzamiento palestino – la Intifada – contra la ocupación israelí, tanto en su esencia como en su magnitud.

Por una casualidad – o quizás no – de los que nacen y no nacen, el hijo de David Grossman se llamaba Uri, como aquel niño famoso de la literatura israelí engendrado literariamente por la poetisa sionista Rajel – que en su desconsuelo de no haber experimentado la maternidad – escribió un poema conocido por todas las generaciones de judíos en Israel:

«Si yo tuviera un hijo, un niño pequeño de negros rizos e inteligente,
lo tomaría de la mano y pasearíamos despacito por los caminos del parque.

Un niño pequeño. Uri lo llamaría
¡Mi Uri! Nombre corto, claro, transparente.

Un fragmento de luz.. A mi niño morenito ¡Uri lo llamaría!

Todavía me amargaré, como Raquel nuestra matriarca

Todavía rezaré como Hana (la madre del profeta Samuel) en Shilo

Todavía lo esperaré»

Uri Grossman era pelirrojo como su padre y tal como este lo expresó, fue para él, “Alguien con el que Correr“- título de otra de sus novelas traducida como Llévame Contigo (2000) – y fue alguien con quien sus padres pasearon despacito por los caminos del parque, al igual que aún lo hacen con su hija menor :
“Cuando Michal y yo entramos en la habitación de Ruti y la despertamos para darle la terrible noticia, ella, tras las primeras lágrimas, dijo: «Pero seguiremos viviendo, ¿verdad? Viviremos y nos pasearemos como antes. Quiero seguir cantando en el coro, riendo como siempre, aprender a tocar la guitarra». La abrazamos y le dijimos que íbamos a seguir viviendo, y Ruti continuó: ‘Qué trío tan extraordinario éramos, Yonatán, Uri y yo’».

Uri fue un “niño zigzag” como el de la obra del mismo nombre escrita por su padre en 1994, en la cual una madrastra le reprocha a la maestra de su hijo adoptivo que no puede exigirle un comportamiento como el de todos los demás, puesto que si bien hay “niños cuadrados” – que se amoldan al ámbito cuadrado de una escuela – hay también personas “ovaladas”, “triangulares” pero los hay también “zigzag”, de pensamiento independiente: “Era un chico que tenía valores” – dijo Grossman al recordar a su hijo – “ese término tan vilipendiado y ridiculizado en los últimos años. Porque en nuestro mundo loco, cruel y cínico, no es ‘cool’ tener valores. O ser humanista. O sensible al malestar de los otros, aunque esos otros fueran el enemigo en el campo de batalla”.

El niño de la última sílaba ya no está, como tantos otros que no llegan a completar frases porque la violencia y las guerras se lo impiden. Mientras algunos celebran la muerte de sus hijos “mártires” – aquellos fanáticos “cuadrados” – la familia Grossman, como la inmensa mayoría de los israelíes – gente “zigzag” – santifican la vida e intentan perpetuarla a través de la memoria de los suyos y la lucha por vivir en esa paz por la que tanto ha luchado el escritor desde su tribuna humanística y literaria.

Solo queda seguir viviendo con aquel sentimiento que el Uri de La Sonrisa del Cordero confiesa padecer: “No hay concordancia alguna entre lo que siento y la situación” y entonces lo atribuye a una “dislexia de sentimientos”, semejante a la del hijo del escritor:
“De Uri aprendí que se puede y se debe ser todo eso a la vez. Que debemos defendernos, sin duda, pero en los dos sentidos: defender nuestras vidas, y también empeñarnos en proteger nuestra alma, empeñarnos en protegerla de la tentación de la fuerza y las ideas simplistas, la distorsión del cinismo, la contaminación del corazón y el desprecio del individuo que constituyen la auténtica y gran maldición de quienes viven en una zona de tragedia como la nuestra”.

Ese es el lenguaje especial de Uri y de David, de todos aquellos de cualquier nacionalidad, religión o etnia que solo están dispuestos a ir a la guerra por la defensa de la vida, la libertad y el hogar y por lo tanto, de todos los seres humanos tolerantes. Es, a su vez el lenguaje imposible de aprender por aquellos fanáticos y extremistas – también, de todos los orígenes y lugares – que entierran a sus hijos con júbilo de disparos y gritos de clamor por la aniquilación de sus semejantes.

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