Opinión Internacional

El todo por el todo

El miércoles a las siete de la noche en su despacho de la Casa de Nariño, el presidente Andrés Pastrana se paró frente al televisor para ver los titulares de los noticieros. Minutos después y en compañía de algunos de sus más cercanos colaboradores, comenzó a evaluar las informaciones que recogían la explosiva rebelión de amplios sectores del Congreso en contra de la propuesta presidencial de convocar a un referendo para reformar las costumbres políticas y revocar el mandato del parlamento. «No hay duda, presidente, los congresistas están muy alborotados», le dijo a Pastrana uno de sus asesores. «No importa, hombre, mientras más bravo el toro, mejor la corrida», contestó el primer mandatario.

El tono de la frase de Pastrana fue el mismo que comenzó a marcar una tras otra todas sus declaraciones durante la semana. El mismo que utilizó para responderle públicamente al ex presidente Alfonso López el jueves por la mañana y el mismo que caracterizó sus contactos con diferentes sectores en las reuniones celebradas en la Casa de Nariño. «El presidente está jugado a fondo, está convencido de que tiene al pueblo de su lado y está desafiando a los demás a que se pongan del lado del ‘no’, contra él y contra el pueblo», le explicó a CAMBIO un alto funcionario de la Presidencia.

Y aunque las encuestas parecen estar definitivamente de su lado (ver resultados del estudio contratado por CAMBIO a la firma Napoléon Franco y Cía.), no es exagerado decir que nunca en la historia contemporánea de Colombia, un jefe del Estado había desafiado a tantos congresistas, ex presidentes y políticos en general al mismo tiempo con una apuesta que no parece tener margen de negociación ni campo para la búsqueda de un acuerdo político. «Si el gobierno abriera la puerta para aceptar modificaciones de los congresistas y los partidos políticos al texto del referendo, primero viciaría el proceso de inconstitucional y segundo, perdería el apoyo de la gente que no quiere que esto se negocie y pierda así su verdadero carácter de renovación de las costumbres políticas y lucha decidida contra la corrupción», le dijo a CAMBIO el ministro del Interior, Néstor Humberto Martínez.

Pastrana, cuya popularidad había caído a los niveles más bajos y cuyo margen de maniobra en materia económica, política y del proceso de paz era cada día más escaso, se ha comportado en este caso como los grandes apostadores de los casinos cuando están a punto de agotar sus fichas y las ponen todas en un solo número de la mesa de ruleta. El resultado es que o ganan todo y barren la mesa o pierden todo y se tienen que ir.

El club de los cinco
El proceso que llevó al presidente a semejante situación de todo o nada se comenzó a gestar el fin de semana pasado. El jueves 30 de marzo y después de varias semanas de conmoción nacional por el escándalo de contratación en la Cámara de Representantes, Pastrana había propuesto un referendo para cambiar las costumbres políticas y el funcionamiento del Congreso, las asambleas, los concejos y los partidos políticos.

El viernes 31 recibió a representantes de las diferentes fuerzas políticas representadas en el parlamento, y les dijo que el gobierno presentaría las propuestas de contenido de referendo el martes y que hasta ese día recibiría ideas y sugerencias. Aclaró eso sí, que no creía en la conveniencia de que el gobierno y los partidos se sentaran a negociar el contenido del referendo. Como dijo el ex ministro Rafael Pardo, vocero de los liberales colaboracionistas durante el encuentro, «los acuerdos políticos están hoy más desprestigiados que el propio Congreso». Pero en el tono de Pastrana era evidente que estaba dispuesto a recoger iniciativas de las distintas fuerzas para incluirlas en el temario de la consulta a los electores.

De revocatoria del mandato del Congreso no habló. Nadie le escuchó decir, ni siquiera en tono de insinuación, que estaba pensando en recortar el período de las cámaras y elegir nuevas bajo las nuevas reglas antes de fin de año. Incluso el senador liberal Juan Martín Caicedo, uno de los asistentes al encuentro del viernes 31 en la Casa de Nariño, le oyó decir que eso no sucedería. Como él, muchos otros oficialistas se fueron de palacio ese día con la convicción de que el presidente no iba a desbaratar un parlamento donde, entre conservadores, independientes y liberales colaboracionistas, cuentan con las mayorías. Era una buena razón para irse a descansar tranquilos.

Pero mientras el primer mandatario presidía esta serie de encuentros, un grupo de asesores designado por él horas antes había comenzado a trabajar en el temario del referendo y a recorrer el camino que llevaría al gobierno a dar el salto de proponer la revocatoria de los congresistas. Desde el viernes por la mañana, el ex ministro de Trabajo y respetado constitucionalista Hernando Yepes Arcila; el decano de derecho de la Universidad de los Andes y uno de los padres de la Constituyente del 91, Manuel José Cepeda; el ministro del Interior, Néstor Humberto Martínez y dos de sus colaboradores, el viceministro Jorge Mario Eastman Jr. y el secretario general Gonzalo Suárez, integraron un grupo de trabajo -bautizado luego en los corredores de palacio como ‘el club de los cinco’- cuya tarea era definir qué se les iba a preguntar a los colombianos.

El sábado a las ocho de mañana, Pastrana los recibió en la Casa de Nariño y se sentó con ellos a revisar un primer borrador. Los temas habían sido esbozados por el primer mandatario en su intervención por radio y televisión del jueves 30, pero de la redacción de cada uno de los puntos dependía que tuvieran en verdad el alcance de cambios de fondo que le habían pedido al presidente, entre otros, los integrantes del equipo económico en la reunión del gabinete antes de la alocución.

¿Cortina de humo?
Después del mediodía, ‘el grupo de los cinco’ terminó de revisar la primera versión con Pastrana y se trasladó al ministerio del Interior para introducir los cambios discutidos en la reunión de la mañana. A las cinco de la tarde regresaron a la Casa de Nariño con un nuevo texto. Esta vez acompañaban al primer mandatario el canciller, Guillermo Fernández de Soto; el ministro de Justicia, Rómulo Gon- zález; el sectretario general de la Presidencia, Juan Hernández y el secretario jurídico, Jaime Arrubla.

Después de revisar la segunda versión del cuestionario y de discutir nuevos cambios, el canciller tomó la palabra. «A mí me gusta el contenido, me parece audaz, me parece que a la gente le va a gustar pues es un cambio radical del Congreso, de las corporaciones públicas regionales y del funcionamiento de los partidos -dijo-. Pero hay que estar seguros de que este texto en verdad esté a la altura, alineado, con la expectativa de la gente que es enorme, pues no podemos darle motivos ni excusas al ‘no’ «, concluyó.

Sobre el tema volvieron el domingo 2 pero de manera más directa. Después de un par de reuniones para revisar tercera y cuarta versiones del cuestionario, al final de la tarde el presidente les dijo: «Los enemigos del referendo ya están comenzando a hablar de la propuesta como una cortina de humo, e incluso algunos de nuestros potenciales aliados nos pueden llegar a acusar de estarla tendiendo». Aseguró también que «el argumento va a ser que el gobierno no está verdaderamente comprometido con la reforma y la erradicación de la corrupción, y que la prueba es que modificamos el funcionamiento del Congreso y los partidos, pero dejamos este Congreso, donde tenemos mayoría, como está». Y concluyó: «Nos van a decir que el nuevo Congreso solo se va a poder elegir en el 2002, en el próximo gobierno, mientras nosotros seguimos trabajando cómodamente con este, que está lleno de vicios y que nos dicen que tenemos comprado con puestos y contratos».

Para los asistentes era obvio el camino que el presidente estaba recorriendo. «Hay que desactivar la tesis de la cortina de humo-insistió Pastrana- y eso solo se consigue si revocamos el mandato del Congreso y convocamos a la gente a elegir uno nuevo, con las nuevas reglas». Un frío recorrió la espalda de algunos de los asistentes. Un referendo, por muy radical que fuera, no alcanzaba a ser una declaratoria de guerra al Congreso si no incluía la revocatoria. El mecanismo había estado a punto de causar un choque de trenes en 1991, cuando la Constituyente lo planteó, pero en ese entonces la ventaja para el gobierno de César Gaviria era que el parlamento no estaba sesionando, carecía de capacidad de reacción y había aprobado, antes de irse de vacaciones a fines de diciembre del 90, buena parte de la agenda legislativa del revolcón de Gaviria en materia económica.

En esta ocasión, las cosas son a otro precio. El Congreso está en sesiones y el gobierno había llevado una agenda económica crítica ante las cámaras, de la que depende el apoyo de la banca internacional a Colombia (ver artículo en esta misma edición). Además, la coalición de apoyo al gobierno en el Congreso es más bien débil y de seguro se rompería con la propuesta de revocatoria. Todos estos temas fueron discutidos el domingo por la noche y durante toda la jornada del lunes 3 por el presidente y sus colaboradores. Pastrana habló varias veces con el ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo, cuya agenda económica era sin duda la gran damnificada con la inclusión de la revocatoria en el referendo. «El ministro nos informó -dijo un funcionario de Hacienda- y todos nos preocupamos mucho, pero él mismo nos dijo que incluso sin el tema del referendo y la revocatoria, iba a ser casi imposible sacar esas leyes económicas del Congreso y que hacerlo habría implicado un esfuerzo de manejo de congresistas tan grande, que habría sido muy difícil no terminar enredado en un nuevo escándalo como el de la Cámara tratando de conseguir los votos para esas leyes».

A las siete de la noche de ese mismo lunes, ‘el grupo de los cinco’ volvió a palacio a reunirse con Pastrana y los ministros y secretarios que habían participado en la reunión de la víspera. Antes de sentarse a trabajar en un nuevo borrador del texto, el presidente convocó a su despacho al ministro del Interior y al canciller. «Bueno -les preguntó-, ¿estamos decididos o no? ¿Vamos a pasar a la historia como un gobierno que se dedicó a cooptar, a manejar un Congreso para pasar unas leyes económicas destinadas a poner un poco de orden en la casa? ¿Eso es todo? Yo vine a hacer el cambio, eso fue lo que prometimos. ¿Y en qué va el cambio? En poca cosa.

Luego les mostró una nota que acababa de recibir del presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton. «Me mandó su discurso en Davos, Suiza, de hace algunos días, con anotaciones al margen y un subrayado en las menciones al Plan Colombia», les explicó mientras les pasaba las hojas del texto enviado por Clinton. «Yo sé que va a ser difícil con la banca internacional el hecho de que no podamos pasar las leyes de ajuste fiscal, pero tenemos amigos que nos pueden ayudar a que la banca comprenda», agregó.

Al grupo que había trabajado todo el fin de semana se unió ese lunes por la noche el secretario privado, Camilo Gómez, uno de los negociadores del gobierno ante las Farc y quien se encontraba en el Caguán. Antes de revisar el nuevo texto, Pastrana fue directo al punto que debían dejar resuelto esa noche, el de la revocatoria. «Esto es sencillo -les dijo-, aquí solo hay dos opciones: o el nuevo Congreso que vamos a diseñar arranca ya o lo dejamos para el 2002 y si la crisis es ya, la solución no puede esperar dos años». No había ya duda de que la revocatoria iba a ser incluida en el referendo, de modo que aparte de una nueva revisión al texto, la reunión se concentró en el análisis de las implicaciones políticas del asunto. Aparte del virtual hundimiento de los proyectos económicos, especularon sobre lo que iba a suceder con las distintas bancadas del Congreso. Imaginaron cuál podía ser el peor escenario. «Muchos liberales colaboracionistas se van a ir a la oposición y eso también puede suceder con algunos conservadores, mientras que la mayoría de los independientes se van a afianzar de este lado», dijo uno de los asistentes. Concluyeron que, en todo caso, el gobierno iba a perder las mayorías en el Congreso.

La iniciativa popular
La pregunta que surgió entonces fue sobre qué iba a pasar con el proyecto de referendo que el Congreso tenía que aprobar. Antes de incluir el tema de la revocatoria, parecía difícil pero no imposible que el proyecto, con el cuestionario presentado por el gobierno, pasara por las cámaras. Con la revocatoria como una de las preguntas y ante la certeza de que sería votada a favor por los electores, no cabía duda de que el Congreso hundiría el referendo.

El escenario jurídico analizado por ‘el grupo de los cinco’ desde hacía varios días no era necesariamente malo a partir de ahí. En julio 1994 y a instancias del gobierno que acababa de ser elegido, el entonces ministro del Interior, Alfonso López Caballero, elevó una consulta al Consejo de Estado sobre varios aspectos relacionados con el referendo y la posible convocatoria de este por iniciativa popular, si el Congreso no lo aprobaba.

La respuesta de la sala de consulta, basada entre otras cosas en doctrinas de la Corte Constitucional, deja en claro dos puntos. El primero, que el Congreso no puede modificar de manera sustancial el temario del referendo. Y el segundo, que en caso de que el Congreso no apruebe el referendo, si se reúnen las firmas equivalentes al 10 por ciento del censo electoral, la Registraduría debe proceder a realizar el referendo sin que este deba volver al Congreso para su estudio, pues, como lo señala la doctrina de la Corte Constitucional citada por el Consejo de Estado, no tendría sentido que la iniciativa popular no pudiera pasar por encima del Congreso si este rechaza un referendo. El 10 por ciento del censo electoral equivaldría a poco más de un millón 800 mil firmas, algo que no parece difícil de conseguir en unas cuantas semanas, teniendo en cuenta lo que muestran las encuestas en cuanto al apoyo popular al referendo.

Este camino tiene, claro está, riesgos jurídicos. Habrá sin duda muchos debates sobre los asuntos de procedimiento y de seguro los opositores al referendo interpondrán demandas, tutelas y acciones de cumplimiento para atravesársele al proceso. Pero el lunes por la noche, en medio de la evaluación de los posibles escenarios, los asistentes a la reunión de palacio concluyeron que, con las encuestas que habían visto ese fin de semana claramente en favor del referendo y con el concepto de la sala de consulta del Consejo de Estado y la jurisprudencia de la Corte Constitucional en defensa de la iniciativa popular, valía la pena correr el riesgo. Si el Congreso, como parecía fácil prever, hunde el referendo, habría buenas posibilidades de sacarlo adelante más o menos pronto con las firmas del 10 por ciento del censo electoral.

La revuelta
El martes por la noche, el presidente soltó la bomba: el referendo incluiría una pregunta sobre la revocatoria del mandato del Congreso. El miércoles, los congresistas amanecieron al borde de perder el empleo y la revuelta se desató en cuestión de pocas horas. Al final del día, parecía claro que el gobierno en efecto había perdido sus mayorías. Los cálculos de fuentes colaboracionistas que siguen fieles al gobierno indicaban que en la Cámara, donde el gobierno contaba con el apoyo de alrededor de 100 representantes contra 65 de la oposición, la relación ahora era de 75 con el gobierno y 90 en la oposición. Y en el Senado, donde la relación había sido de 60 con el gobierno y 40 con la oposición, el nuevo escenario reducía el apoyo al ejecutivo a 48 y aumentaba la oposición a 52.

«Lo que pasó cuando el presidente anunció lo de la revocatoria fue que los congresistas, que habían visto a Pastrana blandir el asunto de la revocatoria como garrote de amenaza y estaban dispuestos a ceder mientras no lo utilizara, sintieron que ese garrote se había vuelto garrotazo, es decir que ya no era amenaza sino hecho real. A partir de ese momento sintieron que ya no tenían nada que perder», le explicó a CAMBIO el senador liberal Rodrigo Rivera. La oposición liberal, fortalecida con la llegada de parte de los colaboracionistas y estimulada en privado por algunos conservadores con ganas de rebelársele a Pastrana, contraatacó. Los noticieros de televisión vieron desfilar el miércoles por la noche a decenas de congresistas liberales que en tono agresivo cuestionaban al gobierno. El jueves por la mañana el asunto alcanzó su clímax cuando el ex presidente Alfonso López habló largo por radio y criticó de modo agrio a Pastrana .

La respuesta del primer mandatario no se hizo esperar y marcó la línea de sus declaraciones en las horas que siguieron. «El presidente no se quiere enredar en vericuetos -le dijo a CAMBIO uno de sus asesores-. Él, simple y llanamente, está diciéndoles a quienes se oponen al referendo que propongan votar por el ‘no’, que él se queda con el ‘sí’ y de ahí no se va a mover».

El contrafómeque
El jueves, la rebelión liberal que había sido más bien espontánea y desordenada, comenzó a organizarse. «Lo primero que se hizo fue evidente -le contó a CAMBIO un senador liberal-; es que en el partido no tenemos una dirección con suficiente entidad como para enfrentar una apuesta tan audaz como la de Pastrana». Al principio, algunos congresistas oficialistas le dijeron al ex candidato Horacio Serpa que debía reasumir la jefatura de la colectividad. Pero el propio ex ministro se encargó de rechazar esa posibilidad.

«El resultado de esas conversaciones es que el nombre de César Gaviria ha cobrado fuerza -agregó el senador liberal- como lo confirma el hecho de que el ex presidente Ernesto Samper le dio su visto bueno en la carta que le mandó el jueves a la dirección del partido». En efecto, Samper dice en la misiva que si Gaviria acepta la dirección única del liberalismo, «puede contar con mi apoyo, convencido como estoy de que él es hoy el mejor interlocutor liberal de un gobierno no propiamente caracterizado por la tolerancia hacia nuestras ideas y nuestra gente…»

Esta parece ser una jugada hábil del ex presidente Samper, que consiste en poner a prueba la voluntad de unión de Gaviria, expresada por este en su carta a la revista CAMBIO. El dilema del secretario general de la OEA es enorme. Si acepta la jefatura liberal, corre el riesgo de quedar matriculado del lado de la vieja política, de los enemigos del referendo, y lejos de muchos de sus amigos que, como el ex ministro Rafael Pardo, están jugados con el referendo y con Pastrana. Pero si la rechaza, los liberales le pueden cobrar que no haya atendido el llamado de su colectividad en momentos en que resultaba definitivo para la unión.

La otra jugada de los oficialistas liberales fue la propuesta de convocar no a un referendo, sino a una asamblea constituyente. La idea, planteada por Serpa y por varios congresistas liberales, busca demostrar que este sector político no se opone al cambio ni a la lucha contra la corrupción, pero que prefiere la vía de la constituyente a la propuesta de referendo de Pastrana (ver columna de Serpa en esta edición). Al final de la semana, la iniciativa había cobrado fuerza y convocaba no solo a muchos liberales, sino al parecer a algunos de los conservadores molestos con el gobierno, que participaron el jueves por la noche en una reunión con oficialistas. Se convertía así en un verdadero contrafómeque a la iniciativa presidencial.

Sin embargo, la pregunta no es qué tanto impulso puede alcanzar esta idea en el Congreso, sino qué tan viable puede ser teniendo en cuenta que para sacarla adelante, las comisiones primeras del Congreso tendrían primero que hundir el referendo y si lo hacen, abren las puertas a la posibilidad de queeste sea convocado por iniciativa popular, es decir por las firmas del 10 por ciento del censo electoral. Y si lo del referendo toma esta dinámica, será mucho más rápida que la Constituyente, cuyo proceso de aprobación es mucho más lento y requiere no una sino dos convocatorias a los electores.

El segundo elemento de debilidad de la propuesta de constituyente es la opinión pública, tan fundamental como en el referendo, para que se produzca su convocatoria. Para la gente, la constituyente no solo es un cartucho quemado en 1991 con resultados desiguales en general, y en todo caso negativos en el punto clave de la discusión de este momento, el Congreso. El referendo puede ser para los electores mucho más atractivo, pues aparte de que implica acudir de modo directo a la gente para que decida, sin intermediarios, sobre el cambio constitucional, es un procedimiento mucho más expedito: la reforma estaría lista en cuestión de meses y no en el 2002 como sucedería con la constituyente.

Un elemento que puede darle gasolina a la idea de la constituyente es que las Farc la apoyen. Tras las declaraciones iniciales de Raúl Reyes en contra del referendo, al final de la semana el tono del grupo guerrillero en contra de la propuesta de Pastrana se había suavizado un poco, y el propio Reyes reconocía que el referendo contenía algunos cambios positivos a la Carta. Conscientes del valor que tendría el apoyo de las Farc a la constituyente, los liberales oficialistas incluyeron en la propuesta un punto según el cual la asamblea reservaría treinta cupos para el grupo guerrillero. El asunto indignó a las Fuerzas Armadas. El viernes por la mañana, durante un desayuno del alto mando con el presidente en la Casa de Nariño, varios generales expresaron su desagrado ante el hecho de que, según informaciones de inteligencia, algunos oficialistas les habían mandado el mensaje a las Farc de que apoyaran la idea de la constituyente en contra de la del referendo, pues en la asamblea los guerrilleros contarían de entrada con treinta cupos.

Una fuente cercana al alto mando le contó a CAMBIO que los generales le dijeron a Pastrana: «Esto es una emboscada a la democracia, pues se supone que la constituyente debe ser el resultado final del proceso de paz, cuando haya acuerdos firmados y se introduzcan las reformas para el país en paz, y no un proceso anticipado cuando todavía no hay acuerdos». El viernes por la mañana, al cierre de esta edición, no era claro qué camino iban a tomar finalmente las Farc.

Otra incógnita es el papel que pueda jugar la ex canciller Noemí Sanín, líder en todas las encuestas de preferencia presidencial. La virtual candidata llegó hace una semana a Colombia para una visita de siete días, que decidió prolongar ante los hechos políticos. CAMBIO habló el viernes por la mañana con ella sobre la situación planteada por la propuesta de referendo. La ex canciller dijo que sigue trabajando con los analistas de su movimiento en la evaluación de lo sucedido en los últimos días. Aseguró que ella y su organización son partidarios irrestrictos de la reforma política, como lo demostraron hace un año cuando apoyaron la iniciativa hasta el último momento, cuando se hundió en el Congreso. Recordó que fue ella quien durante la campaña presidencial llevó al Congreso a varias personas disfrazadas de micos y ratas para simbolizar lo que su movimiento opinaba del funcionamiento del Congreso. Le preocupa el aplazamiento del estudio de los proyectos económicos, que considera vitales para la reactivación, pues cree que la crisis fiscal no da espera.

«Para Noemí es muy difícil irse en contra del referendo -le comentó a CAMBIO el jueves por la noche uno de sus colaboradores-. En especial, porque después de la forma como se están alineando las fuerzas, hacerlo sería como colocarse al lado de lo que ella más rechaza de la vieja clase política». Sin embargo, la ex canciller no se va a jugar públicamente todavía.

Y esa no es la única incógnita del agitado proceso que acaba de arrancar. Por el contrario, lo que hay en el horizonte son puntos de interrogación. Lo único claro es que en lo que va corrido ya de esta historia cuyo desenlace es incierto, los dos bandos que se han formado en favor y en contra de la iniciativa del referendo están jugando desde el principio de la partida con sus cartas más duras y sus apuestas más altas. Y por ello mismo, se da por descontado que no va a haber empate.

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