Opinión Internacional

Engendros de Uribe

Álvaro Uribe se convirtió en el papá de la política colombiana. Si usted coge el tarjetón para las elecciones presidenciales que tendremos a finales de mes se encuentra con el desalentador panorama (o alentador, depende de su punto de vista) en el que cuatro de los cinco candidatos son hijos del expresidente.

No estoy hablando de hijos al estilo de Tomás y Jerónimo. Ellos, de momento, andan ocupados en esos negocios personales que todos conocemos, además de las peleas virtuales y públicas con los contradictores de su padre. Me refiero a los otros hijos, aquellos que Uribe engendró durante sus ocho años de mandato y que hoy se consideran en capacidad de manejar las riendas de una Colombia que anda desbocada.

Estos engendros de Uribe son el reflejo de una familia disfuncional que va desde un hijo que reniega de su padre, hasta una hija con complejo de Electra. El cuadro familiar y electoral pinta así.

Óscar Iván Zuluaga es el “hijo bobo”. No puede ir a ningún lado si no está acompañado por papá-Uribe. Este lo protege, le muestra el camino, le ayuda en sus tareas, no lo desampara ni de noche ni de día. La sobreprotección de este “hijo bobo” ha llegado a tal punto que en los afiches de campaña Óscar Iván no aparece solo, sino con papá-Uribe. Es enternecedor ver a un padre tan abnegado. Es doloroso ver a un candidato que no tiene sombra, sino Uribe.

La hija con complejo de Electra es Marta Lucía Ramírez, quien expresa el ardor que siente hacia la imagen de su padre atribuyéndose la maternidad de políticas como la seguridad democrática. En su atribulada imaginación, un apasionado encuentro entre ella y papá-Uribe, en uno de los despachos del Ministerio de Defensa, permitió concebir ese bebé al que tantos colombianos hacen arrumacos, pero que es detestado por otros que lo ven como el culpable de los lamentables ‘falsos positivos’, las ‘chuzadas’ del DAS y la persecución de los opositores de aquel gobierno. Marta Lucía ama a su padre y quiere emularlo. Lamentablemente, lo hace en una casa donde no la desprecian: el Partido Conservador.

Enrique Peñalosa es el hijo adoptivo. Aunque no nació de la entraña de papá-Uribe, sí ha pedaleado junto a él. Nadie olvida la imagen del colaborador padre sosteniéndole el megáfono a su hijo. Tampoco se nos han borrado esas correrías políticas en que se los veía juntos de arriba para abajo recorriendo los barrios de la capital. Enrique siempre fue más independiente, nunca le gustó que papá le ayudara en sus cosas, pero en momentos de necesidad sabe que cuenta con él como lo hizo en aquella candidatura a la Alcaldía de Bogotá. Quién sabe, tal vez en una eventual segunda vuelta lo llame y le pida consejo. ¿O será papá-Uribe quien irá a buscarlo? No se sabe.

Finalmente está el hijo que reniega de su padre: Juan Manuel Santos. Un caso que le duele mucho a papá-Uribe porque fue precisamente su hijo favorito, y de un momento a otro le dio la espalda, negando el parentesco que los une. Uribe veía en él su estampa y la continuación de la estirpe. Creía que Juan Manuel era quien iba a cuidar de los negocios que él le encomendara, pero, al final, todo salió mal. Ahora padre e hijo no se pueden ver ni en pintura, aunque la sangre los une, gústeles o no.

Con esta foto familiar creo que se explican estas elecciones tan aburridas, en las que nadie se mete con nadie y todos, en mayor o menor medida, no son más que variaciones de grises en torno al más gris de los gobiernos: el uribista.

 

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