Opinión Internacional

Entre la rabia y los nervios

“Creemos que nuestra señora presidenta anda un poco nerviosa”, diagnosticó el dirigente de los textiles, Jorge Lobais. La interpretación del gremialista intentaba analizar el ataque masivo a la dirigencia obrera lanzado por la señora de Kirchner el jueves 10: confesó que sentía “rabia” ante los reclamos salariales (se refería, en rigor, a la mayoría de ellos, que no se disciplinan a los reclamos oficiales) y agregó, con voluntad de dañar a los sindicalistas: ““Ellos se van a sus casas y nunca son pobres”.    

Perdigones al sindicalismo

Incisivo, Lobais retrucó: “No todos los jefes de estado viven con la austeridad del uruguayo José Mujica”.  Y el  secretario general de las 62 Organizaciones, Gerónimo Venegas, quiso ser más explícito: «Las mansiones, los hoteles y todo lo que tiene la presidenta, en caso de que se vaya, le van a servir para vivir cómodamente. Mucho más cómodamente que muchos de nosotros».

La perdigonada presidencial –que algunos cristinistas, hablando muy en privado, juzgaron “poco táctica”- fue, en cierto sentido un favor para Hugo Moyano: durante la semana el oficialismo había intentado, con cierta fortuna, reclutar aliados para su cruzada contra el secretario general de la CGT. Los escopetazos de la Señora convencieron a la mayoría de los conjurados de que los disparos presidenciales pueden empezar con el camionero, pero fatalmente, más temprano que tarde, los incluyen. Se decía en esta columna una semana atrás: “el oficialismo pretende desarticular la fuerza del sector gremial en su conjunto. Para la genética setentista, el movimiento sindical es un adversario peligroso. Para la lógica de este gobierno, peligroso es todo aquel que pueda ejercer una cuota de autonomía”. El oficialismo quiere gremios sin atributos.

Pero quizás es cierto, como aventuró Lobais, que allá arriba cunde el nerviosismo. Seguramente esta circunstancia le resulta incomprensible a ciertos sectores críticos del gobierno que le atribuyen a éste  una fuerza inmensa –casi omnipotente- que dimensionan comparándola con su propia debilidad y hasta irrelevancia. Ocurre, sin embargo, que cada proclamado triunfo oficial redunda en situaciones de mayor dificultad.

La otra cara del éxito

 

Por caso: nadie le negará a  Guillermo Moreno éxito en su batalla contra las importaciones. La balanza comercial superavitaria de marzo es un galardón para el secretario de Comercio. Claro que eso ha producido efectos negativos en la producción, en la provisión de bienes sensibles (por caso, drogas medicinales o prótesis, insumos industriales) y en las relaciones internacionales (el proteccionismo “de facto”, sin normas explícitas, es uno de los revulsivos que provocan denuncias contra el país y asilamiento creciente). La producción cae, el consumo cae, los recursos fiscales normales (los que no surgen de expropiaciones o apoderamientos, digamos) se deprimen. Es el precio de aquel éxito.

La cadena de la felicidad de los últimos años (sobre la que se montó la victoria electoral del 54 por ciento) tiene una fuente explicativa en el reparto. En 2005 los subsidios gatillados por el Estado alcanzaban los 3.500 millones de pesos, en 2011 llegaron a 76.000 millones. El gasto público ha subido en un ascensor supersónico. La política energética catastrófica (que no tiene corrección significativa a corto plazo) demandó 9.000 millones de importaciones de energía el año último. Y este año exigirá mucho más. Entretanto, las distribuidoras eléctricas están en quiebra y el gobierno decidió confiscar las acciones de Repsol en YPF.

El gasto y el reparto permitieron un cierto derrame, aunque los analistas más racionales  consideran que durante los últimos años Argentina malgastó la etapa de mejores precios internacionales de sus productos de toda su historia y desaprovechó la oportunidad para dar un gran salto en la productividad y en el bienestar de la gente. Hugo Moyano subraya que, pese a esos altos precios de las exportaciones y a los elevadísimos ingresos fiscales, “nunca estuvo en la agenda del gobierno un programa de vivienda propia (y digna) para los trabajadores”.

 

La agitación se nota

 

Lo cierto es que la agitación oficial se nota, y quizás  se deba a que ha empezado una etapa de  vacas flacas: “El mundo se nos cayó encima”, confesó la Presidente, abandonando declaraciones optimistas en sentido opuesto de hace unos meses.  

La señora está tensada entre el ajuste (o “sintonía fina”) que le impone la sana economía (y que ella prometió apenas cuatro meses atrás) y la convicción de que  por ese camino erosiona el pedestal  que le otorgó su votación de octubre.

Quizás por eso siente “rabia” ante los reclamos salariales.

También ha de sentir irritación por la costumbre argentina de buscar refugio en el dólar, particularmente en estos tiempos en que el Estado carece de dólares suficientes. Guillermo Moreno impuso el control de cambios y el gobierno no puede abandonarlo. La corrida al dólar –con la fuga de capitales- acompañó el triunfo electoral de la Presidente. ¿Una paradoja? En todo caso, una señal clara de que los votos no eran sinónimo de confianza. El torniquete al dólar que impuso Moreno tuvo éxito, en el sentido de que consiguió frenar las compras en un promedio de 500 millones mensuales durante el primer trimestre. Pero en modo algunos reconquistó la confianza. En abril, apenas el gobierno soltó un poco las marcas y liberalizó relativamente los mecanismos de control, los ahorristas catapultaron la demanda a 1.000 millones de dólares en el mes. Resultado: ahora no se venden más dólares en el mercado abierto porque la AFIP  rechaza virtualmente el 100 por ciento de las operaciones de compra de la moneda estadounidense.

Faltan dólares y el gobierno  los quiere todos.

Consecuencias: crece la cotización en los mercados paralelos y el fenómeno ineludiblemente impulsará para arriba la inflación. Por otra parte, la virtual confesión de nerviosismo del gobierno estimula la desconfianza: crecen las conjeturas sobre eventuales nuevas “apropiaciones de renta” por parte del poder. Si se pudo tocar a Repsol y muy pocos objetaron la confiscación, ¿Por qué no imaginar plausible alguna ofensiva contra otros sectores (las mineras, como aventuró la señora Estela de Carlotto) o sobre las tenencias particulares de dólares?

 

Confianza en fuga

 

Seis décadas atrás, el presidente de Estados Unidos Harry Truman decidió, alegando la situación bélica con Corea, que el Estado tomara el control de un una cuantas acerías. Ocurrió en abril de 1952. En junio de ese mismo año la Corte Suprema había declarado inconstitucional la medida y lo obligó a revertirla. Cuando en un país hay manifestaciones tan elocuentes de división de poderes y de fuerte independencia de la Justicia, la confianza pública y la de los inversores crecen.  En Argentina los capitales se van (pese a que, como ha dicho la Presidente, “juntan ganancias con pala”) y no vienen. El país es actualmente el sexto receptor de la inversión extranjera directa (IED) de la región y mientras en 2012 recibía de esas inversiones por el 3,12 % del PBI, en 2012  sólo llegó al 1,16%. Después de la confiscación de las acciones de Repsol el riesgo-país de Argentina supera al venezolano y está por encima de los 1.000 puntos.

 

Ofensiva mirando al 2015

 

El “vamos por todo” del oficialismo – una búsqueda de mayor concentración y disciplinamiento que en el plano político se traduce en un apartamiento o subordinación de sectores tradicionales del peronismo- provoca reacciones. La creación de la corriente La Juan Domingo en la provincia de Buenos Aires ha sido vista como una respuesta a aquella ofensiva. El vicegobernador bonaerense, Gabriel Mariotto, se muestra como el ariete de un ataque a Daniel Scioli que aspira a marginar al gobernador de sus aspiraciones presidenciales para 2015. Si bien se mira, está consiguiendo lo contrario. Scioli, que cuenta con una imagen positiva  más alta aún que la de la señora de Kirchner (Mariotto no califica en esa categoría), confirmó ayer esas aspiraciones -algo  que venía evitando pero a lo que los ataques lo impulsaron- quizás para que la sociedad pueda comprender con mayor transparencia el objetivo de las acometidas del sector que se reivindica cristinista.

Las sedicentes corrientes progresistas del gobierno (Mariotto, el camporismo, los setentistas que rodean a la ministra Nilda Garré, Luis D’Elía, Hebe Bonafini) resisten la posibilidad de que Scioli sea – en virtud de su peso en las encuestas y de su situación como gobernador de la provincia de Buenos Aires- el candidato presidencial oficialista de 2015. En rigor, no les gusta ni Scioli ni las dos o tres figuras mejor ubicadas en las encuestas. El drama de ellos es que  tanto por peso político como la lógica interna de la estructura concentrada que forjó el kirchnerismo, la única  candidatura posible que pueden ofrecer es la de la Presidente, que la Constitución excluye. Intentar la rereelección supone meterse en  el dispositivo cruel de una reforma de la Constitución, una aventura poco aconsejable (y más en tiempos de vacas flacas).

Recomendable o no, es posible que, para “ir por todo” el oficialismo termine embarcándose en esa aventura.  Y termine multiplicando sus adversarios.

Constatar la difícil situación actual e intuir los riesgos de la aventura del continuismo pone nervioso a cualquiera.

 

                                                                 

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