Opinión Internacional

Los excesos de Occidente

Con el inquieto espíritu de los tiempos modernos, se proclamó el milenio un año antes, sin esperar al 2001. ¿Y quién de nosotros no desea llegar a esta solemne divisoria con júbilo y esperanza? Con esta esperanza, muchos celebraron la llegada del siglo XX teniéndolo por un siglo de exaltación de la razón, sin imaginar en absoluto los horrores caníbales que traería consigo. Al parecer, sólo Dostoiesvski anticipó el surgimiento del totalitarismo.

El siglo XX no fue testigo del crecimiento de la moral en la humanidad. Se ejecutaron exterminios en una escala nunca vista, la cultura decayó marcadamente, el espíritu humano se empobreció. ¿Qué razón tenemos entonces para pensar que el siglo XXI será más benévolo con nosotros? Hay un deterioro del medioambiente. Y una explosión demográfica mundial. Y el colosal problema del Tercer Mundo, que todavía recibe ese nombre merced a una generalización bastante inadecuada. Abarca cuatro quintos de la humanidad moderna, y pronto llegará a los cinco sextos, convirtiéndose así en el componente más importante del siglo XXI. Sumergido en la pobreza y la desgracia, sin duda, pronto dará un paso al frente para presentar una lista cada vez más larga de demandas a los países avanzados. (Tales pensamientos estaban en el aire ya en los albores del comunismo soviético. Es poco sabido, por ejemplo, que en 1921 el sultán tártaro nacionalista y comunista Gallev reclamó la creación de una «Internacional» de países coloniales y semicoloniales y la instauración de su dictadura sobre los Estados industriales avanzados).

En la actualidad, al mirar la corriente cada vez más nutrida de refugiados que desbordan todas las fronteras europeas, es difícil que Occidente no se vea como una fortaleza: una segura, por el momento, pero ostensiblemente sitiada. Y, en el futuro, la creciente crisis ecológica podría modificar las zonas climáticas, provocando escasez de agua potable y tierras adecuadas en lugares donde antaño abundaban. Esto, a su vez, podría originar conflictos nuevos y peligrosos para el planeta.

Límites para el deseo

A Occidente se le presenta así la necesidad de un complejo acto de armonización: mantener pleno respeto por el precioso pluralismo de las culturas mundiales y su búsqueda de soluciones sociales diferenciadas, sin perder de vista sus propios valores ni la estabilidad de su vida cívica única en la historia bajo el imperio del derecho.

Este acto de equilibrio nos exige limitar nuestros anhelos. Es difícil aceptar el sacrificio y la abnegación, porque en la vida política, pública y privada hace mucho que hemos lanzado la llave dorada de la moderación al fondo del océano. Pero la moderación es el propósito fundamental y más sabio del hombre que ha obtenido su libertad. También es el camino más seguro hacia su conquista. No debemos esperar a que acontecimientos externos como el cambio climático nos apremien o nos derriben; debemos adoptar una actitud conciliadora con respecto a la naturaleza y los demás seres humanos a través de una conducta de prudente moderación.

Si no aprendemos a limitar con firmeza nuestros deseos y exigencias, a subordinar nuestros intereses a criterios morales, nosotros, la humanidad, nos disgregaremos a medida que los peores aspectos de la naturaleza humana muestren los dientes. Diversos pensadores han dicho muchas veces (y cito al filósofo ruso del siglo XX Nikolai Lossky): «Si una personalidad no está orientada a valores más elevados que el yo, la corrupción y la decadencia inevitablemente se apoderarán de ella». Sólo podemos experimentar la verdadera satisfacción espiritual no a través de la apropiación, sino negándonos a ella. En otras palabras: con la moderación.

Hoy, esta se nos presenta como algo inaceptable, limitante, hasta repulsivo, porque, a través de los siglos, nos hemos desacostumbrado a lo que para nuestros antepasados era un hábito surgido de la necesidad. Vivían con limitaciones externas mucho mayores y tenían muchas menos oportunidades.

Recién en este siglo, la importancia fundamental de la moderación se ha hecho sentir con toda su urgencia. No obstante, aun teniendo en cuenta los diversos vínculos recíprocos que atraviesan la vida contemporánea, sólo por medio de la moderación es que, con mucha dificultad, podremos restañar tanto nuestra vida económica como nuestra corrupta vida política.

En la actualidad, no hay muchos que estén dispuestos a aceptar este principio para sí mismos. Sin embargo, en las circunstancias cada vez más complejas de la modernidad, moderarnos es el único camino de preservación para todos. Y ayuda a recuperar la conciencia de un Todo y una Autoridad Superior que están por sobre nosotros -y el concepto totalmente olvidado de la humildad ante ese ser-. Sólo puede haber un progreso verdadero: la suma total del progreso espiritual de cada individuo, del grado de la propia perfección en el curso de nuestra vida.

No hace mucho nos entretuvo una ingenua fábula sobre la feliz llegada del «fin de la historia», sobre el triunfo desbordante de una dicha absolutamente democrática; supuestamente, se había alcanzado el orden mundial definitivo. Pero todos vemos y percibimos que se avecina algo muy diferente, algo nuevo, y quizá bastante duro. No, la tranquilidad no promete descender sobre nuestro planeta, y no nos será concedida con tanta facilidad., sin embargo, no hemos atravesado las pruebas del siglo XX en vano. Tengamos esperanza: después de todo, estas pruebas nos han templado y las lecciones aprendidas con dolor de algún modo serán transmitidas a las próximas generaciones.

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