Opinión Internacional

Los Kirchner perdieron algo más que La calle

El matrimonio presidencial (un concepto cuya autoría intelectual, como muchos otros hoy tan en boga pertenece a esta publicación) llenó de militantes adictos las gradas del Congreso y las adyacencias del mismo para apoyar, al mejor estilo futbolero, la jura como diputado de uno de los dos Presidentes en ejercicio que tiene Argentina. Mal, muy mal le fue porque la oposición se infló en número como si le hubiesen inyectado corticoides y le arrebató el control de todas las comisiones de la Cámara de Diputados y la vicepresidencia primera del Cuerpo.

Formados en su adolescencia con la ideología de las barricadas parisienses del 68, «revolución» juvenil que logró la bocaza de De Gaulle con su famoso «Québec libre» en la Canadá de la Reina, para la retrógrada izquierda argentina la calle es, como cuarenta años atrás, sinónimo de poder, y barrasbravas y espantaviejas como D’Elía, Moreno o los piqueteros creen que pueden asustar con su violencia eternamente a la clase media. Pero todo tiene un final. Hubiese sido preferible que en lugar de ambicionar la instalación de una monarquía parlamentaria con su apellido, los Kirchner se hubiesen preocupado por mejorar las instituciones y la calidad de vida de los argentinos. Poco hicieron.

Para montar espectáculos callejeros de apoyo a su gestión la Casa Rosada necesitó -necesita- mucho dinero de los contribuyentes. También para beneficiar a empresarios amigos que primero en los salones de la Casa de Gobierno y después en el Quincho de Olivos, enrojecieron sus manos con el aplauso fácil de aquellos que reciben subsidios generosos. Los Kirchner perdieron la calle, pero si la historia reciente de los primeros magistrados en ejercicio sirve para algo, es probable que también puedan perder la libertad.

Es comprensible que la oposición esté exultante porque triunfó por amplio margen. Sin embargo, no termina de cerrar el apoyo a último momento de «independientes críticos» como el castrochavista Solanas que siempre apoyó las barbaridades estatizantes y dirigistas de la Casa Rosada como Aerolíneas y los fondos jubilatorios. Sería conveniente que el electorado sepa a cambió de qué el cineasta cambió substancialmente de opinión o al menos que explique el porqué de esta nueva voltereta de su vida política.

Oscar Aguad, diputado de la Unión Cívica Radical, nos recordó que «el 70% de los argentinos votó en contra del Gobierno». Una forma de ser bien argentina, pero ante tanta compra de voluntades por parte del oficialismo y la ausencia de un proyecto opositor al gobierno acorde a los tiempos que corren, superador de los implementados en los años 50 ó 70, parece convertirse en una única opción.

La mezcolanza opositora deberá comenzar a debatir en su seno qué la une. No será fácil. El peronismo llamado hoy «disidente», mañana, se sabe, volverá a ser tan oficialista y opositor según cambie el viento; el vicepresidente Cobos deberá demostrar que significa algo más que un apoyo al veto de la Resolución 125 y Elisa Carrió tendrá que comprender que sus pronósticos acerca de la realidad nacional deberían ser más tangibles y menos pesimistas.

Pero la batalla será difícil porque si los opositores tienen algunos problemas, el oficialismo no va a dejar «la calle» así porque sí. Sandra Mendoza, la esposa o ex esposa del gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, típico ejemplo del kirchnerismo militante, una especie de Moyano con polleras, juró «Por la memoria de los desaparecidos, por que no haya más genocidas disfrazados de demócratas y por los ciudadanos de Chaco». Harían bien de cuidar los señores legisladores no volver al pasado, aunque con el tenor de semejantes ejemplares es notorio que se vive inmerso en él.

La etapa Kirchner no finalizó y así fuera, alguien o algunos deben hacerse cargo de tanto dislate. ¡Es hora! A tanta alegría correspondida de los congresistas de la Cámara Baja debe corresponderle, con seguridad, la preocupación para solucionar los graves problemas que aquejan a la sociedad que por otra parte no son nuevos.

Es de esperar que además de intentar poner coto a narcotraficantes, delincuentes, piqueteros y tantos otros cánceres que hoy flagelan a la sociedad, no persistan en la actitud de favorecer con medidas de tono populista a «los más necesitados» porque cada día que pasa son más como también los avivados que fingen serlo, mientras que el dinero de los contribuyentes no está alcanzando para mantenerlos a todos. La insistencia en castigar a productores y contribuyentes se da de bruces contra parloteos en contrario. Por ejemplo, en esta ciudad pretendidamente autónoma, se acaba de decidir la urbanización de las villas y la modificación de la ley de registro de administradores de edificios de propiedad horizontal que terminarán por fundir a los integrantes de la clase media, en especial a los pasivos que no saben qué hacer con su magra jubilación y deben elegir entre la compra de comida, remedios o el pago de las expensas de sus departamentos.

La soberbia de los Kirchner y los suyos ha sufrido un duro revés pero hay que estar atentos y no caer en las trampas que suelen colocar para los precipitados. No vaya a suceder ahora que un juez federal se ponga a investigar la muerte de Mariano Moreno y algunos «opositores», siempre prestos a cotorrear sobre cualquier asunto, se lancen de lleno a los estudios televisivos para intentar sumar un punto de imagen positiva que a esta altura será negativa.

Hay que esperar; no precipitarse; ser fiel al mandato popular y no traicionar, que de esos especimenes el Congreso está lleno; ocuparse menos de fabricar «pobres» y más de la clase media que es la verdadera necesitada y, sobre todo, ahora que se puede, cobrar necesarias deudas, no dar tregua al oponente y hacer sentir con todo rigor el peso de la mayoría. ¿No era eso la democracia?

(*) Crónica y Análisis publica el presente artículo por gentileza de Juan Salinas Bohil Director de Correo de Buenos Aires

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