Opinión Internacional

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El 29 de noviembre de 1984, se firmó el Tratado de Paz y Amistad con Chile, gracias a Juan Pablo II y al cardenal Antonio Samoré. Además del acarreo de paz, reafirmó razonablemente el principio rector del Tratado de Límites del 23 de julio de 1881: Chile en el Pacífico y Argentina en el Atlántico, modificado en su realidad por la evolución del derecho del mar, que daba a Chile una presencia en el Atlántico en proporción inimaginable en 1881.

Tienen costas en ambos océanos: Canadá, Estados Unidos, Méjico, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Dado el ancho de esos países, sólo podía abrirse una comunicación interoceánica por Panamá, que existe porque EE. UU. alentó su independencia de Colombia. El 18 de noviembre de 1903, recién independiente, Panamá autorizó a Estados Unidos a construir el canal.

Sin embargo, las obras del canal de Panamá habían comenzado en 1881, año de la firma del Tratado de Límites con Chile. El de Panamá quitaba valor estratégico al canal de Beagle, y el presidente argentino, general Julio Argentino Roca, y su canciller, Bernardo de Irigoyen, suscribieron el Tratado de Límites con Chile. Pero la compañía de Ferdinand de Lesseps, constructora del canal de Panamá, quebró en 1888, se disolvió en 1889, se interrumpieron las obras, renació el valor estratégico del paso del sur y, con él, la pretensión de tener allí presencia efectiva.

Esto desencadenó, en 1888, el operativo en pos de derechos argentinos sobre Picton, Nueva y Lennox, como medio de introducción territorial en el Beagle, ideado por el general Roca, verdadero titular del poder político, aunque ocupara la presidencia su concuñado Miguel Juárez Celman, de quien era canciller Norberto Quirno Costa, luego vicepresidente de Roca, en su segunda presidencia. Excedería los límites de este trabajo relatar la sutileza con que Roca introdujo el tema de las islas, que eran chilenas según el tratado de 1881. La constante mala fe de Chile, con nosotros y todos sus vecinos, daba, en esa época, pie a la maniobra política sin mayores escrúpulos de conciencia. Consciente de su picardía, en su 2ª presidencia, Roca suscribió, en 1902, un Tratado General de Arbitraje con Chile, en cuya virtud acordaron someter cualquier disenso ante un árbitro que pudiera decidir como «amigable componedor», con lo que excluyó la posibilidad de hacerlo «conforme a derecho internacional», pauta que hubiera derivado en el derrumbe de la estrategia seguida por Roca para ser parte de la intercomunicación entre los dos océanos.

Construido el canal de Panamá a partir del acuerdo con Estados Unidos de 1903, bajó el valor estratégico del Beagle. Hasta que vuelve a plantearse una situación análoga a la originada con la quiebra de Lesseps: resurge el valor estratégico del paso del sur, pues el canal de Panamá es caro y queda chico para el acceso de los monstruos que hoy surcan los mares, a lo que se añade que los adelantos técnicos hicieron que dejara de ser azarosa la navegación por los mares patagónicos.

Esto acaece en un momento terrible para la Argentina. Por el dolo de unos, la complicidad de algunos y el silencio cobarde de otros, desapareció la fuerza naval argentina, reducida a 3 o 4 buques de mediana relevancia y 5 o 6 aviones; principalmente, de reconocimiento.

El 26 de marzo de 1991, se firmó el Tratado de Asunción, por el que la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay decidieron constituir un mercado común, una unión aduanera, que, en los hechos, resultó un fiasco.

Ahora, confluyeron los intereses de tres Estados: Brasil, Chile y Venezuela, conducida esta por un peligroso y payasesco presidente, que tiene sus días contados en su pretensión de hegemonía política, debido al fortísimo descenso del valor del petróleo, fuente de su exuberante liquidez. Esa confluencia dio lugar a la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) entre la Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela. Su objeto declamado es político. De esos países, sólo son militarmente relevantes Brasil, Chile y Colombia, enfrascada ésta en su guerra interna contra las FARC.

El Unasur no tiene aún estructura jurídica, pero Brasil lo impulsa con ahínco, resultado de lo cual fue la creación del Consejo de Defensa. ¿Quienes pesarán en él? Brasil y Chile. Ambos con fuerzas armadas hasta los dientes, y con marinas de guerra imponentes. Ya Lula da Silva, presidente del Brasil, le hizo saber a Estados Unidos que la seguridad del continente sudamericano correrá por cuenta del Consejo de Defensa del Unasur, llámese: de Brasil y de Chile. Chile reinará en el Pacífico y Brasil en el Atlántico. En cuanto a la Argentina, seguramente tercerizará su presencia en el Atlántico, ya que del Pacífico, ni cerca del Beagle. Dicha tercerización ya tuvo inicio en lo que resulta premonitorio que sucederá en la Antártida, con el rescate, por parte de la armada chilena, de pasajeros y tripulación del buque «Ushuaia», con base en Ushuaia, que partió de allí el 28 de noviembre de 2008, con 128 personas a bordo, rumbo a la Antártida, y que colisionó contra una roca, ya en la zona de destino. La Argentina sólo pudo enviar un avión de reconocimiento. Tripulantes y pasajeros fueron rescatados por buques chilenos y llevados sanos y salvos a una base de ese país.

La recuperación del valor estratégico del paso del sur de comunicación interoceánica dio nacimiento a un campo de acción compartido entre Brasil y Chile: el Atlántico Sur y el Pacífico Sur. ¿Y la Argentina? Arrimará hombres para algún desfile militar que disimule su condición de Estado sufragáneo de Brasil y de Chile. Esto ejercerá influencia futura respecto de la efectividad de los derechos argentinos sobre su gigantesca plataforma continental en el Atlántico y sobre la Antártida. ¡Gracias, gobierno!
Interin, la presidenta fue a la reunión de jefes de Estado del G20 en Washington, acompañada por el gobernador de Entre Ríos, de escasa preparación secundaria, y de 20 funcionarios, de los cuales sólo 7 tenían preparación terciaria, incluidos en esos 7 el médico presidencial, la edecán militar y el jefe de la Casa Militar. (Decr. 1.937/2008). Por supuesto, la presidenta adelantó su partida de Washington, rumbo al Magreb, en el norte de Africa, pues ningún jefe de Estado la consideró en Washington digna de una entrevista personal, a excepción de Lula da Silva; claro, lógico. ¡Gracias, gobierno!
Alberto F. Robredo es abogado; fue profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

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