Opinión Internacional

Política de la enfermedad

Hay quienes niegan admitir la contingencia como una de las reglas que norman la vida. Basta que ocurran dos o tres casos similares para que surjan augurios relativos a supuestas tendencias “históricas”. En el caso de la cadena de presidentes enfermos de América Latina ya se pueden leer por ejemplo publicaciones que establecen la relación entre presidencia y stress (comodín que sirve para explicar desde un dolor de cabeza hasta un cáncer terminal) Del mismo modo, el presidente Chávez se ha convertido en autor intelectual de la profunda tesis científica relativa a la “conspiración canceróloga del imperio”.

Pero tampoco desde el lado contrario han faltado quienes aducen que el cáncer presidencial es un castigo divino propinado a quienes desde el poder pecan. Ya cuando enfermó Fernando Lugo -padre de tantos paraguayos- no pocos vieron la mano de Dios, iracunda frente al desenfreno sexual practicado en lecho obispal. El cáncer de Cristina, a su vez, ha sido integrado a la profusa mitología argentina, la que se extiende desde los funerales de Evita, la muerte aérea de Gardel, la guerrilla asmática del Che, la caída y resurrección de Maradona y la ascensión de Ernesto Kirchner al reino de los cielos.

Lo cierto es que los cánceres presidenciales despiertan gran interés mediático y en América Latina, continente en donde tantos presidentes más que mandatarios son mandamases y mandones –el pasado caudillesco y patronal continúa presente en el excesivo presidencialismo de las constituciones latinoamericanas- la figura presidencial se convierte en objeto de proyección colectiva. Porque convengamos: no sólo los presidentes mueren, morimos todos. Pero cuando un presidente porta la señal de la muerte, pasa a ser, por así decirlo, su representante oficial. De ahí que no hay que engañarse: cuando lamentamos la probable muerte de un presidente lo que lamentamos es nuestra mortalidad. Nadie llora por ti Argentina (o Venezuela, Cuba Paraguay o Brasil) La gente llora su propia muerte representada en la persona del presidente quien, al fin y al cabo, para eso está ahí.

Cuando muere un presidente en una nación políticamente bien constituida, deja un vacío a veces difícil de llenar pues los presidentes son elegidos en virtud de cualidades que no todos tenemos. Pero como el presidente es representante de un partido y de un programa determinado, nunca será insustituible. No ocurre así en dictaduras y autocracias. Tanto en una como en otra forma de gobierno, el partido y el programa son derivaciones metastásicas de la persona que ejerce el poder. En estos casos la relación del gobernante con el poder no es política; es biológica, de modo que la corrosión natural del cuerpo suele ir acompañada de la corrosión moral de la dictadura (lo estamos viendo en el caso cubano).

Los dictadores no dejan, por lo general, sucesores políticos. Esa es la razón por la cual dos dictaduras comunistas, la cubana y la coreana del norte, ante la imposibilidad de generar sucesiones mediante vías políticas, han recaído en los tiempos más primitivos en los cuales el poder era obtenido mediante sucesión sanguínea, ya sea por un hijo o por un hermano. No olvidemos que el siniestro Gadafi también tenía preparado un hijo para ejercer la jefatura. Y no es casualidad que apenas se conocieron los síntomas del cáncer de Chávez –a quien desde estas líneas deseo una muy larga vida- los medios comenzaron a hablar de la sucesión biológica, a recaer esta vez en la persona de su hermano Adán.

El proceso de evolución política que lleva desde la horda a la democracia moderna no es lineal y por lo mismo, como suele suceder en el desarrollo de los individuos -quienes pasamos de la fase mágica a la mítica, de la mítica a la racional, y de la racional a la espiritual- está sujeta a regresiones que llevan, en algunos casos, a recaer en fases pre-históricas cuando multitudes delirantes seguían al macho totémico a quien eran atribuidos poderes sobre naturales (“poder carismático” según Max Weber). Dicha recaídas explican por qué ni dictaduras ni autocracias poseen una política de la enfermedad.

¿Qué significa una política de la enfermedad? En breves palabras significa acceder a dispositivos destinados a reglar democráticamente las sucesiones gubernamentales. Esa política pasa, por supuesto, por el reconocimiento del carácter transitorio de la vida humana y por lo mismo de la ciudadana; o lo que es parecido: por la aceptación de que la vida es una enfermedad mortal donde nadie, pero absolutamente nadie, es insustituible. Pasa, además, por el común acuerdo de que no hay ningún ser destinado a cumplir alguna misión histórica y sobre todo, convencernos de que nunca hemos de adorar a un político como si fuera un dios. Mucho menos cuando se trata de pobres diablos, como han sido y son los dictadores de la tierra.

Y no por último: una política de la enfermedad pasa por perder, mediante el uso de la razón, ese miedo a la muerte que a casi todos nos persigue y que nos ha llevado a delegar nuestro derechos a seres supuestamente inmortales. Quiero decir: hay que alcanzar ese punto donde llegó Sócrates cuando, después de haber brindado con su vaso de cicuta, confesó a Critón (Apología de Platón) que él tenía dos razones para no temer a la muerte. La primera es que si después de la muerte no hay nada, nadie puede temer a la nada porque la nada es nada. La segunda es que si después de la muerte hay otra vida, no tenía más que alegrarse pues en la otra vida podría tener oportunidad de conversar con Homero.

 

 

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