Opinión Internacional

¿Saben en lo que se meten?

Independientemente de lo positivo que resulta estrechar los lazos de amistad y cooperación entre Colombia y los Estados Unidos, vale la pena preguntarse, a estas alturas, si los norteamericanos saben realmente lo que están haciendo al involucrarse de manera directa en el conflicto armado en Colombia.

Hace treinta años, el secretario de Estado, Henri Kissinger, en el primer informe anual del presidente Nixon sobre política exterior, aseveraba que «nuestros intereses deben dar forma a nuestros compromisos, y nunca a la inversa». Consecuentemente, habría que preguntarse ¿a qué interés obedece hoy el notable compromiso que Washington está adquiriendo con el gobierno colombiano?

El presidente Clinton aseguraba hace pocos meses que la problemática colombiana ya hacía parte del «interés nacional» de los Estados Unidos y que la lucha contra las drogas estaba íntimamente ligada al proceso de paz. Pero, tal como agregaba en febrero el general McCaffrey, «no puede haber una victoria exclusivamente militar contra las drogas: hay que emprender una estrategia de apoyo a la economía, la paz y las instituciones democráticas».

¿Y si esa estrategia fracasara? ¿Si los colombianos no la asumieran como propia porque ha sido escasamente consensuada, porque está siendo diseñada y gestionada en buena parte desde fuera o, simplemente, porque no ha pasado por la flamante mesa de negociación? ¿Qué pasaría si en dos o tres años toda esta ayuda socio-militar, simultánea e intensiva, no arrojara los resultados esperados?

Con evidente optimismo, el General Tapias dijo a finales del año pasado que «si los Estados Unidos quisieran, acabarían el narcotráfico en dos o tres años». Hasta ahora, la fumigación ha sido relativamente inútil porque los cultivos pueden repoblarse prontamente. «De 30 mil hectáreas hace cinco años, hemos pasado a más de 100 mil hoy en día», aseguraba Tapias.

En la sana lógica del General, ¿por qué no desplegar ahora una ofensiva frontal, dotada del más alto componente tecnológico y financiero para fumigar masiva y recurrentemente los focos de producción más importantes y arrastrar, de paso, a la guerrilla para que negocie y se reinserte a la vida civil?

¿Y si no resulta? ¿Si la guerrilla no depende, exclusivamente, de la hoja de coca, o si la guerrilla no coopera suficientemente, o si el área de despeje no puede ser fumigada, o si se negocia una tregua bilateral para que todo este aparato militar extranjero no pueda ser utilizado?

En otras palabras, ¿termina el conflicto armado en Colombia si los Estados Unidos logran fumigar hasta la última hectárea sembrada de coca? ¿O apenas comienza? Porque el presidente Clinton dijo la semana pasada que «Colombia no será un nuevo Vietnam». Pero en Indochina comenzaron entrenando batallones, ofreciendo ayuda económica y enviando el mejor equipo militar disponible. Tal como está sucediendo ahora en Colombia.

Por tanto, ¿hasta dónde se hallan realmente dispuestos a llegar los estadounidenses en todo esto si la presente estrategia, por alguna endemoniada razón criolla, no les funciona?

El mismo Kissinger lo ha dicho: «para mal o para bien, después de que Washington se involucra en un conflicto, deben olvidarse las diferencias partidistas para estar dispuestos a llegar hasta el final». Lo que pasa es que en estos asuntos tan delicados, como bien lo sabe Kissinger, hay muchos finales posibles. Y este final podría parecerse más al de Somalia, Beirut y Vietnam que al de Granada, Kuwait o Kosovo.

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