Opinión Internacional

Uno de los mayores desafíos

Prácticamente todos los países gastan sumas muy por encima de sus medios con el fin de aumentar o de poner al día (o ambas cosas a un tiempo) su aparato militar. Las razones o sinrazones, de tales dispendios son múltiples: hay que derrotar a un enemigo con cual se está en guerra; hay que prepararse para repeler posibles ataques de unos o varios vecinos (que hacen, y dicen, lo propio); hay que contribuir a la defensa común de un grupo de naciones de acuerdo con tales o cuales pactos; hay que estar en forma para una guerra santa o una cruzada ideológica, aunque sea por ventura ( o desventura) contra los titulados «enemigos internos»…

La frecuente referencia al adagio romano si vis pacem, para bellum: si quieres la paz , prepárate para la guerra; que para algunos constituye una prueba casi irrefutable de la necesidad de continuar la ya desbocada carrera armamentista, fuerza, a reflexionar un poco sobre el asunto.

Los romanos, no fueron, por cierto, unos inocentes pacifistas y no se quedaron atrás en lo que toca a preparativos y dispositivos bélicos. De hecho, guerrearon incesantemente hasta que quedó constituido su imperio, y siguieron guerreando en defensa de sus fronteras, tanto externas como, por así decirlo, internas. El poder militar romano fue constante y en muchos casos oprimente. En cuanto al poder civil -no pocas veces civil-militar-, se ejercitó sobre todo en las provincias, con notoria dureza. No tiene mucho de recomendable el tráfico de esclavos o la crucifixión de reales o supuestos malhechores. Tampoco son dignos de elogios los sangrientos espectáculos circenses.

¿En qué medida puede aplicarse el modelo romano, la pax romana, al mundo actual? No puede, o no debe, aplicarse si por tal modelo se entiende que una gran potencia tiene derecho, y no digamos el deber, de sojuzgar a todas las otras potencias grandes, medianas, o chicas, ni siquiera con el pretexto de imponer la paz. Una pax americana, o una pax china -o lo que fuera-, caso de que fuesen posibles, serían indeseables, entre otras razones porque se compararían con la servidumbre, y no es seguro, además, que no fueran un hervidero de posibles innumerables guerras. El mundo no es un botín a repartir entre potencias.

Por otro lado, si cada potencia se esforzara -para empezar- en mantener la paz dentro de su ámbito, y luego en mantener relaciones pacíficas con las demás potencias, se conseguiría algo de lo que tuvo de loable, el modelo romano. Así interpretado, este modelo consistiría en suponer que la finalidad a conseguir sería, en todo caso, un estado de paz dentro de un muy dilatado ámbito y, a la postre, en el mundo entero.

Nada de esto se consigue preparándose hasta el agotamiento para las guerras. Invirtiendo el apotegma romano, puede conseguirse preparándose para la paz.

La preparación para la paz es uno de los mayores desafíos -acaso el mayor desafío- al que tienen que hacer frente todas las potencias. Sin duda que semejante preparación no es tarea fácil. Se necesitan al efecto muchas cosas, algunas muy concretas. Pero una de ellas no es nada concreta: es una idea -una de la del tipo de la que Alfred Fouillé llamaba «ideas-fuerzas». Por ejemplo, la idea de que en último término, la paz constituye un buen negocio. No para los fabricantes de armamentos, sino para todos los demás habitantes del mundo, que somos, después de todo, la inmensa mayoría. Es hora de empezar a pensar que los derroches llevan a la bancarrota. Y como exclamó el poeta: «¡Paz, paz, paz! Paz luminosa. / Una vida de armonía / sobre una tierra dichosa».

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