Opinión Nacional

Aporreada

Dicen que la Fe mueve montañas, lo que no advierten es que puede ser muy peligrosa y causar politraumatismos.

Sucedió el día del Nazareno de San Pablo. Cecilia, que cree en Dios mas no, en sus intermediarios, decidió ir a la Basílica de Santa Teresa a dar las gracias porque no hubo guerra con Colombia. Ya antes había estado innumerables veces en ese templo, pero nunca un Miércoles Santo con orquídeas. Pese a su metro y medio, y sus 47 kilos, logró colocarse muy cerca del altar. A su izquierda, un negro fabuloso tamaño básquet; a su derecha, una gordita de melena encrespada; alrededor, un paquete compacto de venezolanos, extranjeros y reencauchados.

Y empezó la misa. Una gloria sin ninguna referencia política. Eso se agradece en general y muy especialmente en la Casa de Dios. Se pidió por la Paz en Irak y a Cecilia le dieron ganas de llorar. “Qué raro, debe de ser que estoy muy sensible”. Pero entonces el negro estalló en sollozos; la gordita, también; y Cecilia no pudo contenerse. Un mismo llanto, un mismo sentimiento, una común unión. Comunión. Así rezaron el Padre Nuestro y cuando llegó el momento de darse el saludo de la paz, aquello fue abrazo, beso y lágrimas, y Cecilia repitiendo: “Paz para ti y para nuestro país; paz, porque nosotros los venezolanos somos muy amorosos y queremos a todos los que llegan aquí; que nunca se nos olvide el afecto y la generosidad”.

Antes de terminar la ceremonia, repentinamente el órgano arrancó con el Himno Nacional de Venezuela y la feligresía cantó conmovida. Eso a Cecilia no le pareció. Será porque tenía demasiados años sin ir a una iglesia, pero… “¿El ‘Gloria al Bravo Pueblo’ en este contexto?… No me parece. Sería mejor entonar aquella melodía tan llena de países y optimismo, que empezaba con ‘Un canto de amistad, de buena vecindad’, y finalizaba con ‘¡Son hermanos, soberanos de la Li-Ber-Tad!’ (1)”.

Bendita y fraternal, Cecilia partió rumbo a su casa… en zigzag. En las aceras, los devotos-de-morado hacían colas infinitas, para pagar sus promesas, en medio de tarantines en donde vendían imágenes de Cristo cargando su cruz, ranas chinas de tres patas, “insienso santo y insienso erotico” (sic, sic, sic, sic). Entonces… una alcantarilla rota y con el metal afiladito. Y Cecilia que se fue por ella. Se cayó bueno y sabroso: primprun-crak-crak-AAAU. Bajaron del cielo los bomberos de Caracas con una camilla y la mejor atención. En una carpa de primeros auxilios, la doctora Magaly Díaz y el cabo segundo Nelson Pérez, cuidaron de ella con profesionalismo y afecto. De allí fue trasladada a una clínica. Povidine, collarín, rodillera, muñeca enferulada y una primicia para Cecilia: resulta que en el Municipio Libertador la gente no camina jorobada por el hambre, la miseria y la desesperanza, sino porque hay que estar viendo para abajo, pues ya más de uno se ha desmembrado por culpa de las tanquillas asesinas.

Pero hay Dios. Y hay bomberos. Hosanna. Alleluia.

(

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