Opinión Nacional

Aquí mando yo

Isabel I, hija del sibarítico rey Enrique VIII y de la infeliz Ana Bolena, además de reina de Inglaterra, era, permítaseme el chisme, una entusiasta del amor carnal y una experta en el cobro del derecho de pernada.

Fue deseo de su majestad -lo que puso de cabeza al Parlamento inglés- mantenerse soltera, que no sin marido, y ejercer el poder con la paciencia del relojero: pendiente del detalle, y escrupulosa como el verdugo al momento de verificar la tarea encomendada. De lo primero habla el escritor y aventurero Sir Walter Raleigh, quien anduvo obsesivamente tras la búsqueda de El Dorado, sin éxito alguno, por supuesto, pero que conoció y exploró con más fortuna la zona pubiana de la reina; por tanto su caso es un testimonio que ilustra suficientemente las practicas tributarias de la severa dama. De lo segundo, da cuenta la habilidad con la que resolvió los problemas de orden religioso que tuvo que enfrentar, las guerras con Francia, y las dificultades de tipo económico que a lo interno afectaron su rectoría.

Durante su reinado que se extendió por más de cuarenta años (1558-1603), Inglaterra vio florecer las artes. Especialmente destacó el teatro, en la imaginación e inteligencia de William Shekespeare, y Christopher Marlowe; dos seres que por demás hubiesen puesto su sello a cualquier momento histórico.

Ahora, ellos no eran más que una coincidencia, la cara graciosa –así ensayará, esta cara, movimientos en tiempo de fa sostenido: sátira política, desgarros metafísicos, equívocos amorosos, e infaustas conductas de seres desgraciados por su medianía- del decorado donde se desarrollaba otra escena que superaba la ficción: la del poder político: ajedrez que acepta jugadas a ocho manos, y en el que las piezas se renuevan incesantemente. Lo que le ha permitido gritar al vulgo, de todos los tiempos, aquello de: Muera el rey, viva el rey. Pero, también, lo que ha entronizado a cada hijo de Adán en el poder para que realice desde él su acto de prestidigitación -en el mejor de los casos-, cuando no uno de sadismo y megalomanía que más de un dolor de cabeza le ha acarreado a la humanidad.

¿Qué por qué traigo a ustedes estos asuntos tan remotos, y además tan escabrosos? Sencillo, pero para nada inocente, porque me apasiona seguirle los pasos -de la manera más empírica, lo confieso- al poder como sujeto y voluntad de dominio sobre el otro o lo otro. También, porque me persigue la idea de que no hacemos más que repetirnos. Y por último, porque hágase lo que se haga las esquirlas de ese poder termina por alcanzarnos, y porque nos fronteriza, es decir que nos coloca en aceras diferentes, en temperaturas de alma equidistantes, cuando no irreconciliables.

Algo parecido vive el mundo en los días que corren. El presidente Clinton, por ejemplo, se aficiona a los habanos y comparte el habito con la cándida Mónica Lewisnki; los defensores de “lo nuestro es lo mejor” queman banderas en Argentina, Seatle, y Davos, en oposición a la globalización, además ¡oh paradoja! se encargan de “informarle al mundo” la razón de sus actos a través de la Internet; otros claman por justicia, anatemizan la utopía de la riqueza y el desarrollo; otros tejen madejas ideológicas para eternizarse en el poder; otros llaman a elecciones; otros certifican defunciones políticas, entierran partidos, borran nombres, rescriben la historia; otros son más pragmáticos y compran diputados, sin con-ciencia, como el alado espía peruano, que ni ganas da de nombrarlo; y otros, los más pendejos, pasan la dentera.

Al final, otra pregunta: ¿dónde queda Isabel en todo esto? A qué vienen las intimidades de esta señora de enciclopedia y consulta. Más sencillo todavía, queda en la anécdota aquella que refería el deseo de un poeta que solicitaba a Dios le concediera el primer verso de su poema inmortal, que el hacía lo demás; y en el de otro bardo que solicitaba aceptar como parte de “pago” la primera línea y que Dios hiciera el resto. Así las cosas, uno va como distraído entre esos dos fuegos y va quitándole la cáscara a la cosa; observa la rivera desde el puente de la embarcación cuando no muda la mirada al opuesto y ve la nave desplantándose en la franja de agua. Con los dientes apretados y los dedos relajados, se hace este viaje, no sea que se nos caiga la naranja o, en el peor de los casos, que la dentera sea con uno.

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