Opinión Nacional

¡Ay, Eduardo! ¡Qué bajo habrías caída!

Hay que llegar a sublimes grados de cinismo e hipocresía, de procacidad, inmoralidad y descaro para permitirse, en un solo acto, arrastrarse ante sus enemigos de la banca y recomendarles respalden – valga decir: financien – al único hombre que según su muy peculiar parecer merece disputarla la presidencia de la república. Nada más y nada menos que el propio Eduardo Fernández.

¡Qué molleja, compay!

Siento un gran aprecio por Eduardo Fernández. A pesar de conocerlo desde hace media vida, vine a medir su verdadera dimensión política cuando nadando contra la corriente de un país desquiciado, se opuso desde el primer instante y contra todo cálculo de oportunismo político a la inmunda felonía del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías. Lo recuerdo en la pantalla de Venevisión como el primer político de oposición dando su testimonio condenatorio al golpe de Estado de los coroneles comandados por Chávez durante las primeras horas de la madrugada del 4 de febrero de 1992, que dejara un reguero de sangre, muerte, destrucción y lágrimas. No creí que lo hubiera hecho por simpatía hacia el presidente de la república, repudiado ya entonces por una inmensa mayoría de venezolanos. Sino en defensa del sistema político que lo viera nacer y desarrollarse, dar sus mejores frutos y prepararlo como para que pretendiera la presidencia de la república de una Venezuela democrática. Fernández era y supongo que sigue siendo un demócrata, inmune a los chantajes, los apremios, las falsas loas y la manipulación de un repugnante charlatán y corruptor irresponsable como el teniente coronel.

Fue un corte dramático que sentó un antes y un después en su carrera. Pues ese gesto, hoy imposible de calibrar en su justa valía,  le costaría la presidencia de la república. Que iría, lógicamente en un país que se rendía a la seducción del golpismo traicionando sus más trascendentales fundamentos, a las manos de quien decidió auxiliar al conspirador para ganar en río revuelto, justificando la felonía y banalizando el crimen de lesa patria cometido por aquel que amnistiara, abriéndole los portones del barco a punto de naufragio: Rafael Caldera.

Este lunes recién pasado he podido comprobar la validez de su gesto al comprobar una vez más la naturaleza maquiavélica, inescrupulosa y desvergonzada de quien, en muy mala hora, asaltara el poder en andas de la estulticia nacional. Hay que llegar a sublimes grados de cinismo e hipocresía, de procacidad, inmoralidad y descaro para permitirse, en un solo acto, arrastrarse ante sus enemigos de la banca y las finanzas privadas en agradecimiento por salvarlo, por ahora, de la catástrofe y recomendarles respalden – valga decir: financien – al único hombre que según su muy peculiar parecer merece disputarla la presidencia de la república. Nada más y nada menos que el propio Eduardo Fernández. ¡Qué molleja, compay!

Jamás se habrá visto gesto de mayor descaro en un inescrupuloso tirano caribeño que ha decidido entronizarse en el Poder manipulando elecciones: diseñar y proponer lo que considera el perfecto candidato para enfrentársele en una escaramuza electoral, tal cual le sirve una muñeca de trapo al actor de vaudeville que escenifica en un cabaret de mala muerte la parodia del tango perfecto. A dos años de la contienda definitoria, abrumado por sus crímenes e iniquidades, los ciento cincuenta mil asesinatos, los novecientos sesenta mil millones de dólares despilfarrados, choreados y regalados y un país que se cae a pedazos – sin agua, sin luz, con una inflación escalofriante y crecientes e insoportables cifras de inseguridad pública como el asesinato de jóvenes universitarios – helo aquí escogiendo como si dispusiera del derecho de pernada, al candidato que le parece perfecto como para triturarlo en el campo de batalla. Como si fuera él el gran elector de los demócratas, adjudicándose la última palabra en la escogencia del candidato perfecto. No, Sr. teniente : a ese lo designaremos nosotros, los demócratas, sin su consentimiento y apuntando al más combativo, al más lúcido, al más transparente y al único capaz de arrastrarlo por los suelos y echarlo a patadas del Poder.

Su recomendación monárquica constituye obviamente una ofensa inaceptable para el escogido, considerando los atributos que estará considerando ideales como para derrotarle una y mil veces: ser el personaje político con  menos fortaleza espiritual, menos convicciones y ningún carisma. El looser  perfecto, capaz de legitimar un fraude y darle visos de justicia a una impostura. ¿Eduardo Fernández y sus huestes copeyanas cayendo en la estúpida trampita del Señor de los anillos? ¡Bájese de esa nube!

Imagino la indignación de Eduardo Fernández, al verse ultrajado por el dueño del burdel y su propuesta de regentarlo a dúo. Estará recordando al indignado Cantinflas pidiéndole a su carnal: ¡no me defienda, compadre! Imagino la silente indignación de los banqueros ultrajados por el descaro dictatorial de quien hace unos días quería nacionalizarlos y hoy, ante la miseria en que chapotea, los utiliza como las patas del gato para sacar sus castañas del fuego.

¿Hasta dónde será capaz de llegar en su colosal caradurismo el responsable por este antro que se cae a pedazos? ¿Hasta dónde aceptará la dignidad nacional ser arrastrada por los suelos por este teniente coronel de ambiciones criminales? ¿En qué estará pensando Eduardo Fernández ante esta escogencia de la mala muerte? Que Chávez no olvide el viejo refrán que reza que quien a hierro mata, a hierro muere. Así el hierro no sea más que la metáfora de una implacable condena moral y la pena a perpetuidad que una justicia de la honra considere justa, pedagógica y necesaria.

¡Ay, Eduardo, si te lo crees qué bajo habrías caído!

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