Opinión Nacional

Chávez, sus carencias y mis chivas

Es indudable que las carencias y/o necesidades en nuestra niñez se incrustan indeleblemente en nuestro subconsciente. En mi caso particular, hago con cierta frecuencia introspección, para explicarme muchos fenómenos conductuales que hoy como adulto me son propios.

Uno de ellos es mi gran deseo de poseer un variado y rico vestuario que, aunque no ostentoso y más bien sobrio, no suele caber en mi Closet. Por otra parte, sin ser ni mucho menos un diseñador, en ocasiones hago los propios, o mando hacer modificaciones a la ropa que adquiero en las tiendas para hacerlas originales. Curioso de este mi comportamiento, en ocasiones me he preguntado: ¿Por qué esta conducta?

¡La respuesta la encontré en mi niñez!

Tercero de 6 hermanos, mi madre me guardaba muy bien cuidada la ropa que dejaban mis hermanos mayores debido a su rápido crecimiento y la cual quedaba en perfecto estado. Mis padres, de origen muy humilde (podría decir que económicamente pobres), tenían ya en mi infancia (gracias al espíritu emprendedor de mi padre y tío-padre), una excelente posición económica. En el Sur del Lago, éramos para ese entonces una familia pudiente. Mi madre, empero era exageradamente ahorrativa, más no pichirre. Yo por esta última circunstancia muy excepcionalmente tenía ropa nueva. En ocasiones muy especiales como las navidades, ‘estrenaba’.

Me contentaba muchísimo cuando a la costurera le encargaban ropa para mí. Aún recuerdo muy bien algunas de esas prendas y hasta el nombre de la costurera: Adela. Incluso su fisonomía. Recuerdo bien a su esposo: Lo llamaban ‘el soldo Teolindo’.

En el Zulia somos muy dados a las bromas livianas y pesadas. Todo el mundo en Santa Bárbara del Zulia sabía que yo era el heredero de las ‘chivas’ de mis hermanos. En ocasiones mis hermanos mayores me ‘golpeaban’ en público diciéndome que cargaba sus ‘chivas’. ¡Me hacían sentir como un Ceniciento! Esto jamás lo ha “olvidado mi subconsciente”. Dudo que hoy mis hermanos tengan la calidad variada y el diseño propio de mi vestuario.

La anécdota la traigo a colección porque recientemente en la ultima semana de noviembre, en un Programa de RCTV se habló de la ostentosa y dilapidadora forma mil millonaria como vive el Presidente: Trajes de Bs. 2.000.000.oo cada uno; camisas y zapatos por sobre los Bs. 200.000 c/u. Señalaban unos parlamentarios que, por ejemplo, con los gastos anuales del Presidente se pueden construir más de 20 escuelas.

Lo del avión presidencial es harto conocido: ¿Será éste el juguete caro del que careció el Presidente en su niñez?

En las reuniones que como miembro del Directorio del MBR-200 zuliano, teníamos con Chávez, éste condenaba duramente el despilfarro y la corrupción de nuestros gobernantes. Nos hablaba y destacaba profusamente su vida austera. Hacía énfasis sobre las dificultades económicas que en ese entonces confrontaba. En ocasiones -nos decía- no tenía cómo pagar la mensualidad de su celular.

¿Cómo explicar entonces esta grotesca forma de dilapidar hoy los dineros públicos? Sobre todo, cuando en algunos Programas ha conmovido al pueblo venezolano hablando de la terrible pobreza de nuestra niñez.

Chávez en diversas oportunidades públicamente nos ha informado sobre las penurias de su infancia: Vendedor de dulces (sus famosas arañas), vivienda con pisos de barro.

Creo que Chávez padece del mismo síndrome que hoy sufro yo con las ‘chivas’ de mi niñez. Hay sin embargo, una diferencia y diversas causas.

¡Yo pago mi vestuario, Chávez no! ¡Mis gastos, por otro lado, no son irresponsablemente ostentosos!

¡Los de Chávez, en un país hambriento, son criminalmente ostentosos!

Nos cuestan bien caras las carencias de Chávez durante su niñez, que hoy, en muchos sentidos, paga el pueblo venezolano. Sobre todo los más pobres.

En el Zulia, Chávez convocó al pueblo a ‘mantenerse con el proceso’ aún por encima de las penurias. Esta prédica, empero, es negada por su mal ejemplo. Esto es una
inconsistencia tanto lógica como ética.

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