Opinión Nacional

Cincuenta años en la cocina

Cocinar es un oficio que tiene como objetivo primero el de ofrecer a sus comensales los mejores platos, preparados con los ingredientes más frescos para que se logre el máximo placer gustativo. Más un restorán es algo mucho más complicado.

       Un restorán es el sitio donde los mejores condumios se ofrecen en un sitio que tiene una decoración y una dotación honesta y un maravilloso servicio, por los cuales, el cliente paga una cantidad cónsona con todas las bondades y sensaciones recibidas.

       Comenzando 1962, el 3 de marzo, llegó a La Guaira, procedente de La Gomera, una de las siete Islas Canarias, el señor José Negrín Chinea. Aunque no lo sabemos, su equipaje estaba compuesto por un mundo de expectativas y muy pocas pertenencias. Comenzó a trabajar en una modesta fonda ubicada en los barrios de Petare. Poco tiempo después y durante año y medio estuvo trabajando en el cafetín de la entonces Creole Petroleum Corporation en Los Chaguaramos. En septiembre del 63 acompaña al señor Caruso a abrir el restorán homónimo, donde se desempeñó por los siguientes cuatro años.

De allí pasó a dirigir los hornos del recordado Petronio y luego los del Villlasana. A comienzos de 1971 se incorpora a la cocina del Chic Ambassador, aquel famoso restorán de la Avenida Miranda donde los clientes accedían con una llave propia, de aluminio de colores, que les permitía impresionar a sus invitados. Allí permaneció, con gran éxito, hasta el cierre que acaeció en septiembre del mismo año. Había que construir el Centro Plaza.

       Gianni Riocci lo invitó a su nueva empresa, Lasserre. Poco tiempo después se incorpora Evaristo Souto. Este trio de empresarios gastronómicos formaron un equipo estupendo; llegaron a considerarse familia. La desaparición de Riocci fue precedida por el traspaso de la propiedad a Negrín y a Souto.

       En el año 74, el 3 de octubre, Pepe había hecho venir de la Canarias a la señorita Lina Rosa Negrín Armas (quien no era parte de su familia) y con quien se había casado por poder y también pudieron procrear tres hijos: Natalia que ya es odontóloga, José Luis que es licenciado en Administración y Jhonattan que todavía comparte su vida con los libros y las clases de sus profesores. Una familia venezolana, muy feliz.

       Algo impensado e impensable es que la carta que ofrece Lasserre, desde el primer día y hasta hoy, es la misma que se ofrecía en el Chic Ambassador de comienzos de los setenta. Lo único que ha cambiado son los precios, y mucho.

       La comida que se presenta es de origen francés y con preparaciones tradicionales. La decoración se mantiene dentro de los gustos que impuso Gianni Riocci, su vajilla, propia para el restorán, su cubertería y su cristalería son de magnífica calidad.

       La repostería que se ofrece es totalmente preparada en casa, solo los helados y las frutas se adquieren de los más adecuados proveedores.

       Pero uno de los mayores activos del sitio lo constituyen sus trabajadores. Difícil encontrar en esta paradójica ciudad, que los mesoneros, el personal del bar y quienes trabajan en la cocina, estén atentos para realizar su trabajo con el mejor empeño y persiguiendo que el cliente se sienta como en su casa. En Lasserre lo logran ampliamente.

       Dios quiera que ante los embates del régimen, logren mantener su establecimiento como una referencia obligada de los lugares de excepción del yantar caraqueño.

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