Opinión Nacional

Cómo evitar una nueva Guerra Federal

La semana pasada, Norberto Ceresole, autoproclamado asesor de Chávez, y Andrés Velásquez, líder de la Causa R, aseguraron que en Venezuela existen las condiciones para que se desate una guerra civil. Sin embargo, a diferencia de 1860, cuando estalló la Guerra Federal, existe una clase media culta, capaz, y trabajadora, que podría ser la clave para evitar un nuevo conflicto. Analicemos las diferencias y similitudes con aquella época:

Recién lograda la Independencia, la Gran Colombia se vio obligada, para ser reconocida como nación, a firmar un leonino Tratado de Amistad, Comercio y Navegación (1825) con Inglaterra, que otorgó a los súbditos británicos las mismas prerrogativas que a los ciudadanos colombianos, y condiciones preferenciales a los productos ingleses. El Tratado nos obligaba a comprar productos manufacturados caros y a vender nuestras materias primas a precios irrisorios. De paso, Inglaterra poco nos compraba, puesto que podía importar productos similares de sus colonias, lo cual no estaba penado en el Tratado. Inglaterra llegó a proveernos la mitad de los productos que consumíamos. Las condiciones no eran muy distintas, por cierto, a las que hoy nos llevan a comprar productos manufacturados caros en el exterior a cambio de nuestro petróleo.

Arrasada por la guerra de Independencia, endeudada como estaba por los gastos de la guerra, sometida a una balanza comercial bastante desfavorable con Inglaterra, y sin un proyecto de desarrollo similar al que tuvo Estados Unidos después de su independencia, la economía de la Gran Colombia no logró levantar cabeza.

Al separarse de Colombia, Venezuela debió asumir su parte de la deuda externa, así como ratificar en todas sus partes el Tratado con Inglaterra (1834). Para colmo de males, amparado por los dogmas de la escuela liberal británica (Adam Smith), el Congreso aprobó la tristemente célebre Ley del 10 de abril de 1834, que permitía realizar contratos y empréstitos a cualquier tasa de interés. Es decir, se legalizó la usura.

Las escandalosas tasas de interés, precursoras de los actuales Títulos de Estabilización Monetaria (TEM), tenían por objetivo, entre otros, fomentar la «inversión extranjera», que no era precisamente la más sana, puesto que venía atraída por la ganancia fácil y especulativa, y no por la actividad productiva.

Esta no tardó en llegar. En 1839 The Colonial Bank de Londres establece una sucursal en nuestro país, con el nombre de Banco Colonial Británico, que rápidamente comienza a imprimir billetes de 5, 10, 25, y 100 pesos. Cuando en 1841 el gobierno funda, por fin, el Banco Nacional, ¡los británicos también son socios!. En 1842 existían en Venezuela 21 firmas comerciales, la mayoría de las cuales eran ramas de casas comerciales británicas, y ninguna dedicada a promover la industrialización del país, sino a importar y exportar.

-Fermín Toro lucha contra la usura-

Once años más tarde, en 1845, la economía venezolana estaba por el suelo. En ese año, Fermín Toro publica en la Imprenta de Valentín Espinal sus «Reflexiones sobre la Ley del 10 de Abril de 1834», en donde denuncia lo siguiente: «Cuando un abuso se ha arraigado en la sociedad por la costumbre, la ley o el transcurso del tiempo, y cuando ya es bastante general y familiar para no atraer particularmente la atención, entonces la fuerza del hábito lo hace ver como un hecho justo en sí, entra inocentemente, como si fuera un elemento social, en todas las transacciones de la vida, y lo que es aún peor, contribuye poco a poco a formar parte de la opinión general y del carácter de la nación… Así es la usura; es un mal permitido por la ley, un mal que tiene sus defensores, pero, al fin, es un mal y es preciso desarraigarlo porque sus frutos no pueden ser sino amargos».

Seguidamente, Toro dedica cien páginas a explicar el mal que ocasionaba la Ley, proporcionando datos concretos sobre la destrucción de la economía, y recomendando su derogación y sustitución por otra ley que tuviese como «tasa natural» el 6% anual.

Finalmente, la Ley de 1834 es derogada en 1848; pero la directiva del Banco Colonial Británico no está de acuerdo con la medida, y el 30 de mayo de 1949 envía una carta a Lord Palmerston, Secretario de Estado para Asuntos Extranjeros de Su Majestad, pidiendo ayuda militar a fin de obtener una compensación. La ayuda no se hace esperar, y el 6 de febrero de 1950 el gobierno de Su Majestad ordena al vicealmirante Dundonald, comandante de la escuadra británica destacada en las Indias Occidentales, que tome medidas. Dundonald exige al gobierno venezolano reparaciones a favor de los súbditos ingleses bajo la amenaza de bloquear los puertos de La Guaira y Puerto Cabello. Finalmente, Venezuela accede a asumir la responsabilidad de las deudas privadas con el Banco Colonial, reembolsando a los acreedores con Letras de la Tesorería y obligándose a pagar los intereses sobre los créditos y los gastos legales ocasionados.

-La Guerra Federal-

Frente a estos «paquetazos» económicos y a la creciente pauperización de la población, los dirigentes nacionales se enfrentaban por la obtención egoísta del poder, en lugar de buscar la unidad nacional en torno a un programa económico de desarrollo, basado en la construcción de obras de infraestructura y en la industrialización del país, como se hacía en esos momentos en Europa.

Desde 1850 hasta 1858, fecha en que estalla la guerra, la política venezolana se caracterizó por enfrentamientos estériles, denuncias, alianzas pragmáticas, persecuciones contra los adversarios, emboscadas, y otros ardides que en nada contribuían a resolver los verdaderos problemas del país.

En 1858, Julián Castro da el golpe de Estado contra Monagas, pero una nueva intervención extranjera viene a empeorar las cosas. El General Monagas se asila en la Embajada Francesa y una flota anglo-francesa se aposta en las costas venezolanas dizque para defender la integridad física del ex Presidente. Y amparados en la fuerza disuasiva de los barcos extranjeros, regresan a Venezuela de su autoexilio en Curazao Juan Crisóstomo Falcón y su cuñado, Ezequiel Zamora; enemigos de Julián Castro y portadores de la bandera de la Federación.

Según Zamora, la Federación resolverá todos los problemas del país. «La Federación encierra en el seno de su poder el remedio de todos los males de la Patria. No, no es que los remedia; es que los hará imposibles», proclama Zamora por todo el país, arengando al pueblo para participar en la guerra.

Como explicó Gil Fortoul: «El término Federación se transforma radicalmente en la mente de la gente inculta hasta perder su significación puramente política de autonomía local para convertirse en bandera de todo género de reivindicaciones». Como habrá ya notado el lector, esto no se diferencia mucho de los efectos mágicos que hoy se le atribuyen a la Constituyente.

Pero en realidad se trató de una trampa, un engaño que sirvió para manipular la población: «No sé de donde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros, que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho federación, nosotros hubiéramos dicho centralismo!», confiesa públicamente Antonio Leocadio Guzmán cuatro años después de la Guerra.

-La clase media es la esperanza-

Si bien en la Venezuela de hoy existen muchas similitudes con aquellos tiempos turbulentos que precedieron la Guerra Federal, hay una diferencia fundamental: una clase media preparada, que gracias a la riqueza petrolera y a los dólares baratos, pudo viajar al exterior, conocer otras culturas, estudiar en las universidades.

Nuestro país cuenta hoy con más de un millón de profesionales universitarios, con una infraestructura envidiable, con una poderosa planta instalada tanto en la industria como en la ganadería y la agricultura. No hay ningún motivo, pues, que nos impida evitar la violencia y tomar el camino del desarrollo.

Sólo dos condiciones adicionales se requieren: primero, que la clase media, organizada, decida participar activamente en la política, puesto que tradicionalmente se ha abstenido por considerar indigna a esa actividad, dejando muchas veces las riendas del país en manos de quienes no estaban capacitados para dirigirlo; y segundo, abandonar de una vez por todas la condición de país exportador de materias primas para convertirnos en un país industrializado, para lo cual se requiere un nuevo modelo económico. La discusión y el estudio de ese modelo debe ser la primera prioridad de los venezolanos.

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