Opinión Nacional

Corruptos y analfabetos políticos

Shakespeare, célebre conocedor de la naturaleza humana, hizo que Angelo, en Medida por medida, pronunciara las siguientes palabras:
Una cosa es ser tentado y otra es caer en la tentación. No puedo negar que no se encuentre en un jurado, que examine la vida de un prisionero, uno o dos ladrones ente los miembros del jurado, con mayores culpas que el propio hombre que están juzgando. La justicia sólo se apodera de aquello que descubre. ¿Qué le importa al derecho que los ladrones condenen a los ladrones? (SHAKESPEARE, 1994: 129)

El espectáculo de la corrupción ofende y hace que la propia actividad política quede aún más desacreditada. Quienes detestan la política –tal como diría Brecht, los analfabetos políticos– se regocijan. Los poderes podridos fortalecen los argumentos en pro de la indiferencia y la negativa a involucrarse en la política. Es el moralismo abstracto e ingenuo que oculta la ignorancia y disimula la liviandad egoísta de quienes no logran pensar más allá de su propio bolsillo.

El analfabeto político no sabe que su indiferencia contribuye a la manutención y reproducción de esa banda de ladrones que, desde siempre, acechan los cofres públicos, listos a dar el golpe en la primera oportunidad que surja. Los analfabetos políticos no ven que lavarse las manos alimenta la corrupción.

Quien cultiva la indiferencia, el egoísmo ético del interés particular, es cómplice del asalto o es su beneficiario. Lo que caracteriza a la república es el trato de la cosa pública, una responsabilidad que nos corresponde a todos. Tal como lo escribió Rousseau (1978: 107): “Cuando alguien dice respecto de los negocios del Estado: ¿Qué me importa? – se puede tener la certeza de que el Estado está perdido”.

He allí la doble equivocación del analfabeto político: poner a los políticos sobre el mismo nivel y cargar solamente a ellos la podredumbre. Los políticos, por la propia actividad que desempeñan, están más expuestos. Pero hay que tener en cuenta que no hay corrupción sin corruptores y corrompidos. Pues si la ocasión hace al ladrón, la necesidad también lo hace.

No seamos hipócritas. Les exigimos ética a los políticos tal como si esta fuese una especie de panacea restringida al mundo –o al submundo– de la política. Pero, ¿y la sociedad? Si el ladrón roba un objeto y encuentra quien lo compre, este último es tan culpable como aquél.

¡Ah! ¡No hacemos eso! Y los pequeños actos insertos en la cultura del modo de ser brasilero ¿no son formas no asumidas de corrupción? ¿Quien de nosotros todavía no ha sobornado a un policía de tránsito? ¿Es que acaso no vivimos en una sociedad donde la honestidad es sinónimo de necedad, de ser estúpido, etc.? ¿Es como correr el riesgo de ser gafo cuando la sociedad competitiva premia a los más vivos, a los más ambiciosos?
En honor a la verdad, el ladrón aprovecha la ocasión. ¿Quién entre nosotros nunca fue tentado? ¿Quién fue tentado y no cayó en la tentación? ¿Quién logró mantener la coherencia entre pensamiento y acción, discurso y práctica? Los hombres son juzgados por su obras y es apenas a través de ellas como podemos comprobar su capacidad de resistir a la tentación. Finalmente, tal como lo afirma Shakespeare (1994: 201), a través de Isabel, su personaje: “La ley no alcanza a los pensamientos y las intenciones son meros pensamientos”.

El analfabeto político sataniza la tentación de la política. Su premio es la ignorancia. Y, muchas veces, enfadados y cansados ante el espectáculo propiciado por los gobiernos que se suceden, somos tentados a imitarlo y sucumbir ante la rutina de lo cotidiano que consume a nuestros cuerpos y pensamientos y nos ofrece la sustancia anestésica capaz de dar la ilusión de felicidad.

A pesar de que tratamos de permanecer en la superficie de las apariencias y de que nos contentemos, como los demás animales, simplemente a consumir y reproducir. Pero sólo las bestias de todo tipo no reflexionan sobre su situación en el mundo. Por más enajenado que sea, el ser humano tiene condiciones de pensar críticamente, de comprender y proyectar su propio futuro. Esta pequeña diferencia en relación con los demás animales es la que lo hace el único animal capaz de hacer su propia historia.

No basta apenas con criticar a quienes caen en tentación, es necesario superar la comodidad del analfabetismo político. Pedagógicamente, educamos a través del ejemplo. No podemos exigir ética en la política o formar una generación ciudadana, consciente de sus derechos y deberes y capaz de asumir la defensa de la justicia social, si nuestros ejemplos afirman lo contrario. Finalmente, incluso los ladrones tienen su ética. El personaje de Shakespeare tiene razón…

Referencias Bibliográficas:

ROUSSEAU, Jean-Jacques. Do Contrato Social. In: ROUSSEAU, Jean-Jacques. Do Contrato Social; Ensaio sobre a origem das línguas;Discurso sobre a origem e os fundamentos da desigualdade entre os homens; Discurso sobre as ciências e as artes. São Paulo: Abril Cultural, 1978, pp. 15-145. (Os pensadores).

SHAKESPEARE, William. Medida por medida. In: SHAKESPEARE, William. Comédias e Sonetos. Obras, v. II, São Paulo: Círculo do Livro, 1994, pp. 107-204.

* A. Ozaí Da Silva es Docente en la Universidad Estadal de Maringa (UEM), autor de História das Tendencias no Brasil (Origens, cisões e propostas), Proposta Editora, 1987; y de Partido de massa e partido de quadros: a social-democracia e o PT, São Paulo, CPV, 1996; miembro del Núcleo de Estudos de Ideología e Lutas Sociais (NEIS)

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