Opinión Nacional

Del terror a la ataraxia

Hay palabras cuyo peso, su densidad, no sería aventurado decir, que por sí solas provocan estados de ánimo complejos, diversos, que pudieran ponerse como límite el éxtasis o la más terrible depresión. La palabra cáncer sólo se asume positivamente en el zodíaco, pero aún allí no libre de aprehensiones. Es cuestionable decir, descarnadamente, a un ser humano que padece de cáncer, sida, ébola, aun cuando ello sea verdad. Más que sinónimos de muerte suenan a muerte, son la muerte o, peor aún, es como si la muerte viviera, a sus anchas, en quien la padece de irreversible y cruel modo. Tal el peso de estas palabras que suelen provocar pánico, horror, desesperanza, en quien las recibe, mientas quien las calla se refugia en la distante compasión como consuelo al otro y como racional comprensión a su actitud. Por el contrario la palabra dios, amor, mujer, poesía, armonía, mariposa, libertad, provocan cierto solaz, placentera distensión de alma y cuerpo. Es como si el lenguaje preexistiera a la vida y trajera consigo la bondad, la belleza, la crueldad, el miedo, la catástrofe, la tragedia, que en cada quien se posa, o llega, en sublimes o fatales actos de mímesis. De entre estas palabras de inmensa gravedad está el Terror. La ONU ha tratado, y al parecer no lo ha logrado satisfactoriamente, establecer una definición de terrorismo, no se si con acierto, pero queda implícita en su definición mucho más la definición en sí misma, la determinación de la conducta del terrorista, en quien estimo, posee cierta adoración por el terror, digo mejor, cierta idolatría. Los esfuerzos dela ONU, reitero, no tienen un conclusión clara todavía, que yo sepa. Y ello porque esta palabra ha estado directamente vinculada a las relaciones de poder. El terror es inherente al poder, que empieza a ejercer sus fatales consecuencias, desde las relaciones más sencillas en el hogar, sembrar temor a lo extraño, a lo desconocido en el niño, la violencia que priva como fuerza en la razón de los padres, la única razón, y las muy frecuentes persecuciones sin frenos entre las parejas que tantas veces pasan de la palabra al crimen etc., hasta las mas complejas de la política, la religión, el estado, la sociedad y el individuo, que inventa situaciones para legalizar el terror. Los magnicidios, las conspiraciones, etc., fueron y son pretextos para justificar el terrorismo de estado y, como entremés, para cubrir la incapacidad de los regímenes de resolver problemas simples, agua, electricidad, etc., y como objetivo final, legalizar el control absoluto de las instituciones y de la sociedad.

Por esas inmensas paradojas del mundo, de la vida, de la cultura, el castigo a la culpa, sea la original impropia, sea la causada por los del albedrío libre en haceres y andares de cada quien, es un acto de terror, como lo es igualmente el juicio final, con toda la gama de pecados en estos largos puntos intermedios del complejo trayecto de la vida, en la búsqueda de sí misma para distanciar cuanto más se pueda la inevitable muerte. Particular consideración ha merecido en la cultura occidental el modo de crear, ejercer, el terror implícito o explícito en el ejercicio del poder por las hegemonías, descubierta sus miserias en la demoledora crítica de Nietzsche. A su estilo, pero con culto a la esperanza, Marx también hizo lo propio. Aunque mas sutil, el terror, está sembrado también en las grotescas desviaciones de la ciencia y, sobre todo, con la tendencia a convertir su verdad en un dogma. Las disciplinas sociales y pedagógicas suelen ser en el proceso educativo un instrumento terrorista. Sin mayores detalles, baste algunos ejemplos de terrorismo que llamaré absoluto. La Inquisición, el nazismo, el stalinismo, las dictaduras de Argentina, Chile, tan cercanas. No menos terrible es la actuación de la revolución cubana, desde su utopía otrora legitimada hasta su negación, que para ser piadosos con la historia y con la difícil y especial sobrevivencia de la Isla, podríamos sintetizar el proceso en la violencia revolucionaria de sus inicios hasta el terror de hoy. ¿Metamorfosis o mutación de todas las revoluciones?
Ya anotamos las relaciones del terror con el poder. Tantas veces se ejerce para mantenerlo, tantas otras se ejerce para conquistarlo, ambos posturas justifican la necesidad de recurrir a él. Ambas posturas recurren al terror, para justificar el valor de sus doctrinas, la verdad de sus fundamentos, así se ha obrado siempre. Imponerse es la razón sin razón del poder. Con matices, pero esta relación es insuperable. Ayer, solo para ejemplificar, la Inquisición justificaba su terror en nombre de Dios y, hoy se cambia a Dios, por la Democracia y la libertad. Así entonces, el terrorismo empleado para la invasión a Irak tiene aprobación plena por las hegemonías, según son sus fines, la instauración, defensa y garantía de la democracia. Bin Laden reitera un discurso opuesto, ante la invasión, ante el poder ajeno, que bien vale cualquier método para conquistar la libertad. Nada más falaz que semejantes argucias, por ello se hace necesario ir a las estructuras profundas para descubrir las causas verdaderas y, sobre rodo, los verdaderos intereses del poder en juego. Y estos son muy complejos, las más veces son las razones económicas, el dominio del petróleo, de la energía, en una palabra radical, las que determinan la “razón” de fondo, las causas reales, pero también puede haber, y hay, otras que se sustentan por las diversidades culturales, religiones, que entran en ese juego para dar coherencia a sociedades enteras, a etnias, a grupos, lo cual siempre es perverso, valga observar que los problemas religiosos y filosóficos no son poca cosa en los conflictos entre sunitas y chiítas o entre palestinos y judíos. En esta misma línea se encuentran las justificaciones de las carreras armamentísticas, incluyendo las atómicas, químicas, bacteriológicas. Las armas no son para defenderse, ese es el pretexto, son para preservar el poder de quien las tenga. Quien tenga más poder porque sus armas son más poderosas, entonces tiene mas poder para quitar la libertad al otro, mucho más que para garantizar, por definición empleada, la defensa de su propia libertad, que toma como bandera la autonomía nacional. El terror de mayor poder de destrucción, se presume, inhibe, y somete al otro. Lo condena a la impotencia, a ser siervo de ese macabro juego. Así ha sido el modo de emplear el terror y estas justificaciones como formas así legitimadas de ejercer el poder, miremos el ejemplo de Estados Unidos y Al Quaeda, mientras que en las sociedades como la nuestra, el terrorismo se convierte en arma de los gobiernos y lo que es más grave de la delincuencia llamada común, de modo que para exhibirlo el terror del asesinato en masa se hace hecho diario, y está en esa forma de hacerse, la prueba de su poder, generando en el otro el sentido, la sensación, luego, de la indefensión absoluta, para culminar aceptando que la propia vida carece de valor alguno. Sólo el delincuente sabe que en la muerte del otro está la prosperidad macabra de su propia vida. En esta patología se inscribe su conducta.

Cuando el extremo del terror se convierte en parte de la cotidianidad, entonces, para sobrevivir, el ser humano recurre a la ataraxia. Absoluta ausencia de angustia ante la muerte, ausencia absoluta de angustia positiva para superar el terror. Un joven futbolista colombiano de Medellín, en el momento más grave del terror vivido por aquella ciudad, me dio la lección, “sin miedo salgo a la calle, no importa si volvemos, pero tenemos que salir y así vivimos”. No era un personaje de la Odisea que recurría a la absoluta indiferencia para no sentir miedos, sino un ser como estos nuestros cuyo último momento de sensibilidad se reduce a las lágrimas de los familiares para despedir a sus muertos y, a veces, acompañada del escéptico clamor por la justicia. El Estado, controlado por el ejecutivo, se hace indiferente, indolente total ante el terror cotidiano, por convicción. Ojalá me equivoque, pero también esa conducta me resulta necesaria para su proyección a las relaciones políticas. Así, la complicidad con la corrupción, el modus operandi de la Contraloría arbitrario y atrabiliario, la abierta complicidad de la fiscalía, la muy obscura “racionalidad” del TSJ, cómo no ver la inconstitucionalidad manifiesta en las inhabilitaciones, en las leyes de la habilitante, las 26 de manera inabordable por la lógica, el total olvido del caso Anderson, la complicidad manifiesta en el caso del maleta de los 800.000, las maniobras del CNE obscurecedoras y siempre en sintonía con el ejecutivo, con el PSUV, la creación de una atmósfera intolerante, inquisidora, que, desde luego, impide la crítica, la única arma con la cuenta la razón ética y científica para zafarse del terror, y la condena por herejes a los disidentes del proceso, son todo un cuadro de terror, que genera, por una parte, creciente desconfianza en las instituciones, y, finalmente, ataraxia política, la cual se expresa en la abstención, en la conformidad e indiferencia. Análoga a la del joven futbolista de Medellín de aquella era. Un solo camino: la labor científico-ética de las organizaciones civiles, las universidades, de los partidos políticos, y sin ser idealista extremo, reclamo del propio PSUV la reflexión sobre estos temas, pues de no hacerlo todos, corresponderá a ellos la mayor responsabilidad y también la mayor condena.

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