Opinión Nacional

El espantoso año que le espera

Puedo asegurar que desde el 4 de diciembre el teniente coronel dejó de dormir apaciblemente. No hay dulce de lechosa ni deslumbramientos mediáticos «de esos que en el comienzo de su caída pretenden encumbrarlo a las alturas» que pueda tranquilizarle el espíritu. Sabe mejor que nadie que en esa aciaga fecha, que la tendrá grabada como un estigma en su corazón, 9 de cada diez venezolanos le volvieron la espalda y le dieron con la puerta en las narices. Muy sencillo: se les acabó el amor.

Y él, que empujó a Carlos Andrés Pérez al abismo y supo predecir hacia dónde apuntaría la rosa de los vientos, lo sabe mejor que nadie: tuvo el poder, se refociló en sus caricias, y hoy comienza a ser un fantasma de lo que algún día fuera. Debe estar asombrado por la irrebatible verdad de Calderón de la Barca: la vida es sueño. Ya despierta. Ya comenzarán a asediarlo los monstruos de la soledad por los silenciosos corredores de Miraflores. El poder se le está yendo como arena por entre los dedos. Cronos, el implacable Dios del tiempo, ha comenzado a urdir su mortaja.

El pueblo, que alguna vez llegara a venerarlo, se hartó. Se hartó de su prepotencia, sus mentiras, sus farsanterías, sus abusos. Ya no le cree ni lo que reza. Si es que alguna vez rezó. Que seres de su calaña no tienen otro dios que sus ambiciones, sus odios, sus venganzas, sus rencores.

Se respira en las calles. Se palpa en las esquinas. Se siente en los abastos, en los bares, en las panaderías. El 4-D nadie quiso ir a votar. Lo dejaron hablando solo. Y lo que se viene es Eneas: nadie votará ni nadie le dará el menor crédito, pues ya se le agotaron todos sus pases de malabarismo político. Más creen en él los bolivianos, los argentinos, los peruanos que los venezolanos. Es la misma triste suerte que los hados le depararan a su archirival, Carlos Andrés Pérez. Del que es un triste remedo y cuyo final reproducirá con la fidelidad de la venganza. El mundo civilizado lo aclamaba en Davos, mientras un oscuro teniente coronel le montaba el cadalso. El cadalso, esta vez, para gloria y majestad de la Venezuela del futuro, lo está montando el pueblo, no un golpista traidor.

Fiera venganza la del tiempo, como cantara Gardel. Y este año, cuando comienza a estar solo, sin más compañía que una banda de zarrapastrosos que llenan el capitolio como una trouppe circense, le verá el feo rostro a la agonía política. Sus enanos ya no le entretienen. Hasta Iris Varela le tira su mordisco. Pues en medio de su inmenso poder ha llegado al colmo de la impotencia: todos quienes le rodean conocen los nombres y las cifras de los latrocinios, los robos, las estafas, los montos robados y depositados en cuentas extranjeras. No podrá ocultarse de sus propios crímenes.

Nadie sabe para quién trabaja. Un día no muy lejano la lista de Tascón servirá para conocer a quienes no tuvieron la grandeza de oponerse. Ya comienzan a ocultarla. Pues la tortilla comienza a voltearse.

Qué año terrible les espera.

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