Opinión Nacional

El estado tóxico

Un sentimiento de desquite y revancha se asienta en el corazón de los venezolanos. Confieso temor al destapar esa olla hirviente pero a cada rato se tropieza conmigo y bombea la sangre y me asusto al sentir cómo crece un rencor que hoy es disfraz pero que en verdad ansía el fósforo para convertirse en dinamita. Y es que no es para menos, pero ni así se justifica. Once años ya de cargar este fardo de refugiados, perseguidos, alambrados, talados los símbolos, fusilados, descalzos por la autopista de la oscuridad, violados, enjutos, polvorosos, desalumbrados, dramáticos. Oigo pedir venganza, saldar afrentas, odiar contra odiar, escupir frente a vómito. Y lo veo venir, pasar e irse, como un silbido de santo y seña, como un rumor maligno que no se oye sino que bulle. Y me angustia, porque no lo deseo ni para los míos ni para los demás. Lo expreso y subrayo con la intención de exorcizarlo, para que no ocurra, mas la gente me voltea la cara o me saca el cuerpo, insinuándome, siento yo, que estoy loco, miando fuera del perol. “¿”Que qué?” Pero transpira el antifaz, se mira el dobladillo, las ganas de caída y mesa limpia, y entre este miedo, ese rencor y tal disimulo respiramos lo que nos queda, la lengua se distrae en la carie, el saborcillo por el zarpazo que suponemos vendrá, “a todo cochino le llega su sábado, sabes” A ese callejón malevo nos empujan y ese es el espanto que resume a todos mis fantasmas.

Porque es que no tenemos instituciones dignas, no tenemos siquiera instituciones, no tenemos, no. Y decir institucionalidad es señalar certezas, seguridades. Leyes mayores hay, sí, cómo no, tal la Constitución Nacional y otras normas, tantastintastontas, que supongo y atiendo. ¿Acaso no somos ciudadanos dignos? Porque el poder judicial en Venezuela se describe con minúscula. Dirigido y controlado por leguleyos, que ojala fueran tan sólo eso, dan pena propia y ajena y producen un mal y dolor de tal profundidad, moral y humana, que nunca podrán ya esconderse ni de ellos mismos, aunque a lo mejor ni lo intentan, ya que han anestesiado conciencia y honor al barato precio de unos cobres al cambio oficial de legitimar, sin ni siquiera rezongues, más bien fruición, el poder desmedido y sin freno, “ratificado electoralmente”, de un hombre que dice llamarse comandante presidente que no aspira al bien o a la justicia del país sino al desprecio de los que considera, adentro y afuera, ajenos y enemigos suyos de él propios.

Esta situación reseñada hasta el cansancio, el de la injusticia, aquí se llama desconfianza. No se ve, no se cuenta, pero se respira y envenena espíritus y cuerpos. Engendrada en y desde el poder, no respeta colores de piel, banderías políticas, lugar o fecha de nacimiento o zona de residencia. Está encendida una alarma roja en cada uno de nosotros pero no así en quienes tenían, pretérito, la obligación de velar por lo justo y detener la impunidad del que transgrede. No se halla foro, lugar, casa, cuerpo, biología o sueño de noche, en donde no se presente esa tensión impuesta desde los laboratorios del poder político y sus aliados. Se ha conformado en Venezuela un Estado tóxico, que se vanagloria con cinismo de sus desmanes sin preveer, o tal vez calculándolo, una reacción colectiva que al no poder drenarse por vías democráticas, tiende a calcificarse para devenir en razón justificativa del ajuste social o práctica de justicia por mano propia o fórmula de aquello que “lo que es igual no es trampa” y así hasta quién sabe dónde. Pero seguir esa lógica sería coquetearle al juego de los que lo desean invertir en guerra civil anunciada y fomentada a cada rato en cada rincón de la nación, a través de la violencia descarnada o encubierta, el menosprecio por lo ajeno, el insulto, la invasión sostenida de todos los espacios de una sociedad que está al límite de la crispación.

Hablémosle al país viéndolo a la cara sin distracciones. El poder necesita de público y muchas veces lo encuentra o llama su atención al replicarlo desde el lado de acá en los términos impuestos desde el lado de allá. Ese montón político, que intenta decretar un régimen totalitario en el país, está caído, ya no dice nada, pasó a la historia, es ya no más que un objeto de estudio; carpeta, folio, laberinto judicial, expediente número tal, reja y castigo. No es liderazgo, es taquilla, caja registradora, porque reparte, compra y vende, pero ya no engaña a nadie, no se sostiene, perdió sinceridad, no mueve, no crece, excomulga, desmejora y pudre a su paso. Expira. Boquea.

La venganza no es respuesta de lucha civilizada y democrática. En otros países en donde coexistieron más razones que aquí, se ha sabido salir de coyunturas peores. España, Chile, Suráfrica, por no más decir. Políticos líderes para la transición deben proliferar en Venezuela, que para la pelea en todos lo terrenos ya tenemos y de los buenos. Quizás sean estos gallos rudos y curtidos los más apropiados para el momento actual y para el desempeño histórico en la Asamblea Nacional que se decidirá en las elecciones parlamentarias, si las hay, de septiembre próximo. Pero sabiendo, a conciencia y antemano, que se requerirán largas y tensas horas de acrobacia, guáramo y reciedumbre política frente y junto a un adversario, que no enemigo, que es el colectivo chavista, que posee una realidad matemática, pero no representa el espíritu del país. Entre todos, así nos cueste tragar, así no lo queramos, por el peso de las circunstancias políticas, debemos reparar el rumbo del porvenir concediéndole máxima prioridad a la constitución de una ciudadanía sensible y preparada, noble, critica y ambiciosa de respeto y prosperidad, donde los poderes y gobernantes demuestren vocación de servicio y mística, majestad temporal durante su legado pasajero e impagable, más allá del honor que esa dignidad comporta y amerita.

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