Opinión Nacional

El plan del que anda por el Perú

El que ya no está pá ver su juicio ni estará preso, tampoco podrá ahora venir con el cuento que es un caballero de fina estampa y mucho menos que lleva luceros que le sonríen bajo el sombrero; porque se sepa, aquí el último sombreruo que hubo fue Rómulo Betancourt y ese si pudo haber tenido razones para asilarse e incluso para armar su plan en Barranquilla.

De exilios, exiliados y también de exilios dorados está lleno este continente y por supuesto la mismísima patria que nos parió. Aquí el primero que si justificó su exilio fue Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco, quien sin perder tiempo al llegar a Cartagena de Indias, también armó su plan y proclamó su ya conocido Manifiesto de Cartagena.

Sin ir muy lejos; el otro al que comenzando el verdadero reeeegimen de terror impuesto por Marcos Pérez Jiménez, no lo tocaban ni con el pétalo de una rosa, pero que después tuvo que vivir su exilio dorado, fue Rafael Caldera; quien junto a Jóvito y al “padre” de la democracia, allá en el imperio montaron el guiso punto fijista, que les permitió regresar y gobernar a Venezuela durante cuatro décadas; y de paso, aplastar, aislar y segregar no sólo a los comunistas, sino todo lo que se pareciera a oposición

Al que sin pedirlo y por reconocer sus delitos con su contra sentencia de “La historia me absolverá”, le dieron exilio hacías tierras continentales. Cuentan que en casa de Maria Antonia, en la patria de de Emiliano Zapata, Fidel no vivió un exilio dorado, al contrario desde que llegó fue estudiando, escribiendo y articulando el plan perfecto, que le permitió junto a Camilo y el Che, desembarcar del Granma para gobernar a su isla hasta el sol de hoy.

El que no quiso dar la cara por la minucia de ciento cuarenta y tanto mil bolívares fuertes; y que prefirió dejar el cargo al garete para que sus partidarios y aliados, desesperados por el botín abandonado le declararan la falta absoluta, en menos de lo que canta el gallo; a partir de ahora no hará como los que si justificaron su exilio y por supuesto elaboraron planes para retornar con el poder en la mano.

¡No!, el atormentado exiliado no tendrá tiempo de “reflexionar sus sesudas cavilaciones”, no delineará planes, ni tácticas, ni estrategias; y cuando por esa vereda su fina estampa pasee, llevará la procesión por dentro, preguntándose en que momento todo se le derrumbó. Y si con algún periodista se tropezara y le preguntara acerca de su verdadero paradero, con el nerviosismo del que la debe; pero con la certezas de ser un filosofo continental, le respondería: Allá el dictador del reeeegimen, está más perdío que el hijo de Limber, ¡Si yo no estoy en el Perú, yo lo que estoy es en Lima!

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