Opinión Nacional

El síndrome de Nerón

El desenlace de las elecciones parlamentarias profundizó el vesánico temor de Chávez a perder la silla de Miraflores. Aun cuando trate de minimizar el golpe recibido, no puede negar el declive sostenido de su popularidad de cara al año 2012.Vistas las cosas así, debe prestársele atención al estado de ánimo del militar, no acostumbrado a morder el polvo de la derrota en las urnas. Después del 26-S, se ha abierto un camino amplio de posibilidades para la alternativa democrática (la Mesa de la Unidad y los distintos grupos independientes). Por lo tanto, es ineludible enfrentar las reacciones del teniente coronel y su camarilla de validos, dispuestos a todo con tal de conservar los privilegios que los han convertido, de golpe y porrazo, en una opulenta, autista y arrogante clase política.

Chávez está condenado a demostrarles (como en la tragedia de Sísifo, forzado de por vida a empujar una roca hasta la cima de una montaña, que volvía a caer por su propio peso) a los electores, a sus partidarios (cada vez más decepcionados) y al mundo que es el dueño de Venezuela. Amenaza a diestra y siniestra.

De este modo, se envalentona para continuar en su endemoniada carrera ¬sin frenos¬ hacia el abismo. Lo malo es que se lleva por delante el esfuerzo y el trabajo de mucha gente. Acabar con lo ajeno es su tarea, pues (sin embargo, a La Chavera, ni con el pétalo de una rosa). Chávez se ha planteado la voladura de las libertades públicas; le importan un comino las consecuencias.

Viola la regla de oro de los gobernantes que pasan a la historia como constructores. Claro está, es mucho más fácil destruir que construir.

Algunos presidentes se han distinguido gracias a las obras físicas hechas en sus mandatos. Otros, por fortalecer y desarrollar sus naciones o lograr la paz entre sus ciudadanos. No obstante, hay un caso trágico en la historia: Nerón, que disfrutó viendo arder Roma y sus monumentos. Resulta una obviedad concluir que no estaba en sus cabales.

Por ello, se habla del síndrome de Nerón. También hay ejemplos de devastación de patrimonios culturales y religiosos de pueblos milenarios que, aunque son pocos, no dejan de tener una relevancia capital. El emperador romano murió hace siglos, pero el trastorno neroniano todavía se manifiesta en algunos caudillos. La ruleta de la historia parece que se ha ensañado con nosotros.

Chávez, adorador de los dogmas y del pensamiento único, está empeñado en nadar contra la corriente, para imponerle a la sociedad, a troche y moche, un nuevo sistema autoritario, copiado del fracasado comunismo del siglo pasado.

La actitud del teniente coronel ante semejante descalabro electoral no se ha hecho esperar. Actúa con la prepotencia del enfermo de poder, atacando y descalificando compulsivamente a la mayoría que, para su desgracia, rechaza, cívicamente, su proyecto hegemónico. Ya no sólo se solaza agrediendo y lanzando sapos y culebras a sus oponentes, sino que, sádicamente, anuncia futuras expropiaciones (confiscaciones) sin señalar los nombres de los afectados.

Encarna una perversión moral y política su desprecio por la dignidad humana. Acabar con la industria criolla, en aras de una presunta mejoría para el colectivo, es el espejismo de la más pura demagogia eruptiva antinacional. Es seguir amparando, impunemente, la corrupción de la «boligarquía» desvergonzada a que hace referencia Giordani.

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