Opinión Nacional

En ausencia

Se celebra una asamblea más de la OEA con guión de última batalla y declaraciones provocadoras, dirigidas en síntesis a desacreditar el sistema interamericano o, más sencillamente, a las contralorías supranacionales cualesquiera que sean, y a sustituirlas por las complicidades de naciones estratégicamente afines.

Escribo esto después de una clase en la que estuvimos leyendo a Maquiavelo y subrayando la evidente afinidad de la idea de la autonomía del príncipe (como único decisor) con la de la soberanía nacional: es sin duda la lógica maquiavélica la que subyace a los intentos por contrarrestar la porosidad de los Estados nacionales a la vigilancia supranacional y, tal como parece desprenderse de las intervenciones de los delegados venezolanos, también a los contrapesos que las organizaciones no gubernamentales ejercen sobre la acción de los Estados.

Ignoro cuál puede ser el desenlace pero nos importa aquí más bien la toma de temperatura del régimen, apurado por avanzar, como en una agonía implícita, hacia objetivos estrictamente políticos sin que medie la prudencia que debería recomendarse en tiempos de campaña electoral.

En un cierto sentido, las ejecutorias del régimen parecen orientarse por una negación masiva del hecho cierto de que no sólo hay una campaña electoral en ciernes, sino de que hay un candidato de la unidad democrática con amplias posibilidades de llegar a la Presidencia. Me pregunto si a diferencia de otras, esta campaña nos ahorrará la etapa conciliatoria que normalmente acontece unas pocas semanas antes de la elección.

Por ahora, en todo caso, la línea es radicalizar y provocar; actuar como si no hubiera elecciones en octubre: es decir, convencer al electorado de que no hay candidato (ni de oposición ni del chavismo) porque en realidad no es necesaria campaña alguna: ya vivimos en la eternidad irreversible de una monarquía perpetua.

Evidentemente, no hay detrás de esto un librito electoral, sino que se trata del efecto inevitable del drama asociado a la incertidumbre con respecto a la enfermedad presidencial. Es imposible tomar decisiones: aquellas que vayan dirigidas a asegurar la institucionalización del chavismo con la designación de un sustituto revelarían la fragilidad del Presidente; y las que por el contrario se orientan a fortalecerlo como candidato, logran el mismo catastrófico efecto: rotular su dificultad para cumplir con el papel.

No quiere decir esto que no haya un marco de acción general para las elecciones, porque, en efecto, la maquinaria del partido se está aceitando con una serie de créditos adicionales que la macilenta mayoría en la Asamblea Nacional ha aprobado para «luchadores sociales» y otros eufemismos, y especial y muníficamente para el sistema nacional de propaganda.

La campaña in absentia quizás termine siendo caso de estudio ente politólogos, pero de cierta manera no sería sino la continuación del gobierno por otros medios: terminaría siendo la apoteosis del espectáculo revolucionario, del arte de la apariencia que Maquiavelo describía quirúrgicamente. Si es el caso, como parece que será, la lucha electoral estará siendo librada no entre dos candidatos sino entre la realidad y la ficción.

En una especie de ejercicio hermeneútico perverso, el desafío para las fuerzas democráticas será cómo «construir» una realidad que movilice, que no paralice en la resignación, mientras el régimen apela a la evasión y a los relatos infantilizados de una felicidad tapa amarilla que algún día «te puede tocar».

Trece años y centenares de millones de dólares han creado un «sujeto» también ficticio que se alimenta de una antropología residual, de una parte de nosotros que, es verdad, prefiere ser tratado como un adolescente voraz e impaciente. Pero eso es sólo en parte. También está la conciencia del dolor y del fracaso, y la indignación y la rabia del engañado. Esa es la voz de la realidad.

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