Opinión Nacional

Entre loco, tonto y extranjero

Sugiere la teoría que Miguel de Cervantes se decidió por un loco, un tonto, y un extranjero como protagonistas principalísimos de su novela Don Quijote de la Mancha, para escapar de la crueldad con la que la Inquisición y su alter ego, el Tribunal del Santo Oficio, se las arreglaba a la hora de tratar el sacrílego tema de la herejía.

Fue entonces el temor a la hoguera y a las imaginativas torturas que gustaban aplicar los herederos de Torquemada a quienes debemos “la compleja arquitectura del Quixote”. Luego, la genial novela cervantina, no reduce su desarrollo a la graciosa historia de “un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor” sino que es una calculada estrategia para navegar por los mares de la intolerancia y el oscurantismo. En esa empresa se encontró con lo que para su impresor era su grito de guerra. De allí que en la primera página de la novela dejó escrito en latín un rotundo Spero lucem pos tenepras (‘Espero la luz después de las tinieblas’). Y de eso se trataba. Los entuertos iban más allá de los molinos de viento.

A ver, la iglesia Católica de aquellos tiempos consideraba como enemigos de Dios y del Estado a todos aquellos que se desviaban del dogma y de las verdades reveladas. Pero no solo eso, castigaba severísimamente a quienes practicaban todos los “actos que caían bajo la especie de herejías, brujerías, pactos con el demonio, supersticiones y otros semejantes”. Claro que para juzgar y comprobar estos delitos, la Inquisición gozaba de la discrecionalidad que otorga el fanatismo.

El manco de Lepanto, como quedó bautizado Cervantes después de haber perdido su brazo izquierdo en la batalla naval (1571) con los turcos, tenía que cuidarse de las verdades oficiales. Entre las que se cuentan la supuesta victoria de la flota española en Lepanto, y que Cervantes define así: “porque más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron”.

Ahora dónde está ese loco, dónde el tonto y cuál es el extranjero que supieron cruzar la volátil red de intolerancia, fundamentalismo e ignorancia de su tiempo.

Empecemos por el ‘extranjero’, que no es otro que el venerable Cide Hamete Benengeli; personaje de origen musulmán, “hiperbólico, enfático e inverosímil” que Cervantes presenta como el ‘verdadero autor’ de Quijote. La voz de este narrador se permite lo que Cervantes no puede hacer. De allí que cualquier exceso es solo achacable a un profano que irrespeta lo que arriba señalamos como las verdades reveladas o la sintaxis del poder político de su tiempo.

El tonto de la historia es universal como la novela misma. Los despropósitos del fiel escudero Sancho Panza podían llamar a cualquier cosa menos a la seriedad. Aunque se ha de reconocer que la sabiduría de Sancho, que es el saber del pueblo, supera, en algunos momentos, la falta de sentido común de su amo, así como ayuda a despejar los desvaríos idealistas de un hombre al que se le fue la memoria de tanto leer libros de caballería.

Y el loco, bueno el loco es el gran majadero, la humanidad misma, el sentido de la justicia y el amor como principios universales de vida. ¡Qué hermoso es el sueño de este hombre! Es don Quijote, es Alonso Quijano a quien “le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras” y enderezar entuertos. Qué bueno que este hombre haya dado con “el pensamiento que jamás dio loco en el mundo”.

400 años tiene el Quijote pavimentando el alma de hombres y mujeres de distintas razas, religiones, y culturas; seres que aspiran, ni siquiera un mundo distinto, sino un día de sus vidas por el que se pueda decir: ¡Valió la pena! ¡Qué bueno que lo hice!

Razones esdrújulas

I

El peligro de leer el Quijote

En alguna parte que no logro recordar, ni quiero hacerlo, Miguel Otero Silva, autor de novelas fundacionales y fundamentales como Casas Muertas y La piedra que era Cristo, contó sobre los peligros que significó para él la lectura de Don Quijote de la Mancha. Perseguido por la dictadura militar del general Juan Vicente Gómez, a raíz de los sucesos de la Semana del Estudiante (febrero de 1928), se enconchó en la casa de una señora que aceptó darle cobijo puesto que la policía privada del sátrapa (a los autócratas les fascina tener su policía) literalmente le pisaban los talones. Por lo que no sólo perdería su libertad sino algo mucho más valioso: la vida misma.

El asunto es que para distraer las horas y la angustia de verse perseguido se dedicó a leer las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Hasta aquí todo bien, y de los más saludable para una persona en tamaña situación. Pero sucede que Miguel Otero era hombre de carcajada estruendosa, y desde el día que abrió la primera página de la novela su seguridad empezó a peligrar. Y es que eran tan escandalosas las risas del fundador del diario El Nacional que la dueña de casa se vio obligada a llamar a sus compañeros de lucha para rogarles que sacaran al bueno de Miguel de su casa o que le prohibieran seguir leyendo la novela de Cervantes.

La anécdota de Miguel Otero Silva retrata de cuerpo entero las aventuras del Quijote. Leerlas no sólo es un viaje a lo profundo de la conciencia humana y a la justificación de ésta, teniendo como contrapeso valores éticos universales sino que es un divertido paseo por entre la absurdidez de una vida que sucumbió a los “encantamientos, pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”.

La risa de Miguel Otero se ha venido repitiendo, por la misma causa, desde hace 400 años; las persecuciones políticas también, porque la satrapía goza, no del mismo prestigio de la novela de Cervantes, pero sí de la misma salud.

II

Lo dijo Miguel de Cervantes Saavedra, en el capítulo24 de la segunda parte del Quijote, publicado en 1615, diez años después de haber sido publicada la primera.

“A la guerra me lleva mi necesidad. Si tuviera dineros, no fuera, en verdad.”

La necesidad que Cervantes atribuye a “…un mancebito… que en …edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre de rostro, y, al parecer, ágil de su persona”, es la que padece el 80% de los venezolanos que se preparan para actuar en la madre de todas las guerras asimétricas del mundo.

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