Opinión Nacional

Entre políticas y confesiones

1 Los del gobierno tienen formas diversas de controlar sus pasiones pero la más obvia, según me parece, es la de proyectar sus depresiones con ataques desaforados contra blancos imaginarios. Lo cierto es que tenemos aquí ¡de nuevo Señor!, la antífona conspirativa de la desestabilización-oligárquico-imperial.

No es casual que los más rabiosos en el magullado tema sean varios de los mencionados como eventuales sustitutos del líder enfermo, ni que se hayan activado estremecidos por las denuncias de Aponte y Velásquez Alvaray. Es historia ya que Diosdado Cabello, probablemente por la calvicie de las oportunidades, fue el primero en convocar manifestaciones de signo electoral. Se le vio en la cresta de nutridos actos de masas cuando menos en tres ocasiones. Y como según se dice los hechos hablan mejor que las palabras, la intención escondida de sus explanaciones ha quedado más clara que agua clara. Ver a este hombre usualmente tranquilo devorándose un micrófono ya es un acontecimiento.

Con voz aguda de tiple desafinado y prodigándose en insultos, fue paradójicamente recibido con secreta alegría por las supuestas víctimas de su alterada retórica.

Si ese es el candidato del gobierno el mandado está hecho, me comenta un activista.

No hay que precipitarse, replico, ni tampoco criticarlo; de eso se encargarán sus rivales endógenos, que lo conocen más que nadie.

Pero algo debe explicar que los otros abanderados se hayan puesto a bailar la misma zarabanda. Agreden a Capriles y claman, no exentos de comicidad, que ¡con la oposición, ni a misa! No quieren acercamientos, ya lo sabemos, porque mal que bien los diálogos descubren verdades. ¿Y cuánto de cierto habrá en la sombría confesión de los magistrados? Tratan sin éxito de enturbiar la consulta del 7-O, queriendo hacer recaer en la oposición la responsabilidad de lo que pueda ocurrir. Esfuerzo inútil. Pero sigamos.

2 Hacer fraude no es fácil, no. El mundo está atento y Venezuela también. La alternativa democrática entró de lleno en precampaña. Logró una envidiable unidad, una organización solvente cimentada desde las exitosas primarias. Todos sus candidatos fueron electos por el pueblo, y por si fuera poco, su joven y experimentado abanderado presidencial se volcó a un casa por casa que ni el dinámico CAP y el no menos dinámico Chávez pudieron realizar con tanta eficacia y meticulosidad.

Predica la paz, hace ofertas viables y mantiene la mano tendida.

Es descabellado acusar de conspiradora a una fuerza de tal índole. ¿Quién podría creerlo? Pero seamos comprensivos: zarandeados por las explosivas confesiones y por cósmicos sacudimientos internos, no les ha quedado más remedio que aferrarse a la falacia.

Lo que es luminoso en la unidad democrática se entrevé oscuro y escabroso en el bloque gubernamental. Es éste, como se sabe, el régimen más deliberadamente personalista de nuestra amarga historia, cuando menos desde don Cipriano hasta el año que estamos padeciendo. Está en su naturaleza castrar figuras emergentes y amordazar militantes. Ahora, cuando el sistema se deteriora, viles prácticas son denunciadas y una compleja enfermedad menoscaba al jefe único, no hay en el PSUV quien pueda sustituirlo, ni manera de devolver la libertad a las bases. Se ha desatado una feroz lucha capaz de romper las costuras en todas partes. La ruptura del Gato Briceño, la golpiza contra el rebelde Eloy Tarazona y las disonancias nerviosas de sudorosos voceros del gobierno, son aguas crepitantes desbordando la olla.

3 A la luz de esas realidades se aclara la naturaleza de las curiosas contradicciones en la cumbre del poder. Se explica igualmente la funambulesca histeria de ciertos líderes, supurando golpismo, desestabilización y magnicidio. Nunca faltaron esos condimentos en el vocabulario del Presidente, pero habían caído en desuso minados por la cristalina posición de la unidad democrática y de Capriles Radonski. Regresa ahora la rumba de epítetos, como siempre sin pruebas y con el acostumbrado añadido de arrojar la piedra y esconder la mano. El gobierno no ha entrado en campaña, no puede no sabe o no quiere hacerlo, tal vez para no amarrarse al mecanismo. En sus oídos retumba la confesión de los magistrados.

¿Desconocer la voluntad popular? Quizá, ¿pero cómo? Se vislumbra ya una mayoría civil y militar decidida a respetarla.

Mayoría quizá también en el chavismo. Su maltratada militancia, agraviada por el respaldo digital a la reelección de los gobernadores, reclama, necesita, desea ser consultada en elecciones primarias.

En tal contexto el Consejo de Estado podría desempeñar ­de proponérselo­ un papel constructivo. Nace para evitar una crisis en el PSUV y prender una antorcha en las tinieblas; no incluye eventuales candidatos, seguramente para no perjudicar aproximaciones. Predominan los negociadores políticos. Un probable punto de agenda sería definir un solo rostro, uno solo, frente al ímpetu electoral de la unidad democrática. Si ese fuere el caso marcharía en sentido contrario al de quienes, ansiosos de inventar pretextos para patear la mesa, agitan el desteñido trapo de la provocación. Si en el entresijo de los gárrulos antagonismos, el Consejo no desaparece como aquellos ríos arábigos de gran caudal que se evaporan en el desierto, podría intentar adicionalmente alguna forma de diálogo con la oposición. Plausible, conveniente, aunque altamente improbable.

No obstante, sea que predominen los irascibles o los menos irascibles, la suerte está echada. El 7 de octubre la paz vencerá a la violencia, el progreso al estancamiento. La libertad para unos y otros, engalanada con la de quienes han sido despojados de ella, marcará un nuevo comienzo.

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