Opinión Nacional

Escena parlamentaria

Todos somos ignorantes, mas no en las mismas cosas. La frase de William
Rogers me parece que viene que ni pintada para la nueva Asamblea Nacional.

En efecto, al pasearme por la lista de los 165 parlamentarios, descubro que
hay de todo, e incluso, para mi gran sorpresa, hay uno que otro experto en
áreas importantes. Reconozco que me angustia descubrir que hay algunos
personajes cuya característica básica es la opacidad intelectual. Pero
imagino que eso era un percance inevitable producido por un sistema
electoral donde privó el entubamiento y el concepto de portaviones. Esos
opacos se convertirán en parásitos, inevitablemente. Y la única manera de
enfrentar eso, dado que estarán allí calentando pupitre y asistiendo sólo
cuando les toque levantar la mano siguiendo la instrucción que provenga del
cogollo del partido (durante la bicoca de 5 años), es ignorarlos. No pienso
desgastarme en luchar contra una enfermedad que no es mortal, y que hace más
daño y carcome energía y recursos si uno pierde el tiempo en prestarle
atención. Los parásitos han existido siempre y no desaparecerán, al menos no
mientras nuestro acercamiento al quehacer político dependa en buena medida
de caudillos que sólo desean disfrutar de las mieles del poder, y que para
detentar ese dominio que luce como de Señor Feudal, precisan de siervos que
estén dispuestos a venderse a cambio de las boronitas que les dejan caer.

Quiero sí ocuparme de la necesidad imperante de contar con un parlamento que
sea capaz de producir buenas leyes, ejerza sus labores contraloras, y
entienda que los nombramientos que tramite y apruebe determinan la calidad
de vida y el futuro de los habitantes de esta noble tierra. En pocas
palabras, un parlamento que sirva para lo que la Constitución establece. Ni
más ni menos. Yo espero, ansío, y exijo, un debate legislativo de altura.

Creo que los ciudadanos tenemos derecho a ello. No espero, ni quiero, y en
realidad despreciaría un espectáculo de simple mansedumbre. Prefiero mil
veces discusiones ácidas y verborrea altisonante, que lánguida retórica
sobre temas intrascendentes. Quiero ver parlamentarios cuatriboleados que
sean capaces de defender sus ideas y posiciones.

Intuyo que la sesión inaugural fue premonitoria, si bien la encontré leve,
«poquita», como decimos en tierras zulianas. Los ánimos se entibiaron porque
el partido oficialista llegó pretendiendo cortar oreja y rabo, haciendo gala
de la prepotencia que tan bien ha aprendido del huésped de Miraflores, para
descubrir en los primeros minuticos que la cosa no eran tan fácil como la
pintaban, y que la oposición existe «de verdad verdad», por mandato y
elección del soberano. El discurso del Diputado Morales, que enardeció a la
bancada adeca y no hizo sino producir bostezos entre la población que
presenció la sesión vía tv, no pasará de ser un homenaje al anecdotario
republicano. Es decir, no ocupará más que media línea en las crónicas
parlamentarias, pues no pasó de ser una cháchara sin pena ni gloria de
alguien que quiso aprovechar esos quince minutos de gloria que dicen que
todos tenemos en nuestra vida. Este buen hombre los desperdició, para su
tristeza y la nuestra. Pero eso, mis buenos lectores, no es importante.

Porque en toda sesión inaugural abundan los discursos grandilocuentes que
pringan pero no empapan, pues algo me dice que en nuestro código genético
está implantada cierta cursilería tercermundista de la que tal parece no
logramos deshacernos por mucho que lo intentemos.

En fin, transitados los aburrimientos iniciales, pasemos ahora a lo grueso,
a lo sustantivo, a lo relevante. Señores diputados, a trabajar, que para eso
tienen sus curules en el Hemiciclo, para eso los elegimos, y para eso les
pagamos. Resulta patético ver a más de uno aceptando públicamente que están
ahí porque recibieron la bendición del jefe. Y es, por decir lo menos,
lastimoso ver a hombres y mujeres haciendo el triste papel del «sigüi», y
dando ahora declaraciones solidarias con quien ya ha dejado establecido
claramente que la provisionalidad es su modo de gobernar. Hay una gran
diferencia entre polemizar, es decir, en tener un punto de vista y estar
dispuesto a luchar por él, y otra muy distinta, llevarse por delante la poca
institucionalidad que existe en este escenario de pasiones y diatribas.

Flaco servicio le hacen al país y al soberano cuando desde ya están
dispuestos a complacer todos los deseos del funcionario mayor, disfrazando
ese servilismo con colores de civilidad. Hoy el jefe está antojado de
habilitación y nombramientos, mañana quién sabe. La frase «yo soy el
manager» sólo me hace recordar aquella de un hombre que pasó a la historia
con otra bastante parecida: «El Estado soy yo». El problema, mis buenos
señores, no está en quien da el golpe, sino en quien presta el garrote. ¿Qué
es esto? ¿Miedo, temor, chupamedismo, simple falta de carácter, o todo lo
anterior? Ojo, que el pueblo – ese que como bien dice el Presidente es
sabio – más tarde que temprano terminará concluyendo lapidariamente: uf, tan
lindo el lago, y se llenó de ranas. Así como Venezuela no necesita un
manager sino un presidente, tampoco necesita un parlamento complaciente sino
un estructurado, responsable y visionario cuerpo de legisladores.

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