Opinión Nacional

Fidel en Miraflores

Lo que Chávez quiere imitar de Fidel no es el sistema comunista sino el poder perpetuo. Cuando habla del «mar de la felicidad» no se refiere a la supuesta construcción de una sociedad socialista, sino a los 43 añitos ininterrumpidos que lleva Castro mandando a sus anchas. Eso es lo que le deslumbra, más allá de las granjas colectivas o las redes del «poder popular».

La vinculación del llamado «chavismo» con el desvencijado «castrismo» menos que ideológica es patológica. Las ideas no cuentan, sólo la enfermedad del poder. Retenerlo se convierte en el santo y seña de la «revolución», allá y acá, cada quien a su manera. En ese arte el presidente Chávez cuenta con un consejero consumado. Nadie en el mundo sabe más sobre cómo mantenerse en el poder contra viento y marea, que Fidel Castro Ruiz.

Por eso Fidel manda en Chávez y, por tanto, en Venezuela. No es que sea un ejemplo de gobernante progresista con logros que exhibir en el campo socio-económico. Nada de eso. Es que se trata de un estratega mefistofélico que desconoce el sentido del escrúpulo y que no descansa hasta erradicar a cualquier alma opositora. Un manager hecho a la medida de nuestro mandamás sabanero.

De allí que no comparto la angustia de quienes juran y perjuran que Venezuela está a punto de convertirse en un país ortodoxamente comunista. Al régimen de Chávez le importa tres pepinos ninguna doctrina o modelo ideológico. A esta montonera lo que sí le interesa es el regusto del mando y los dólares frescos y crujientes. Por instinto y formación, Chávez desprecia a la democracia pluralista, pero eso no significa que sea un comunista convicto y confeso.

Además, para que nuestro país se volviera otra Cuba se necesitarían dos condiciones imposibles. Una, que existiera una Unión Soviética dispuesta a subsidiar la lealtad socialista; y otra, que la nuestra fuera una sociedad sin suficiente cultura democrática. Vamos a entendernos: no disputo que Chávez nos conduce a un cataclismo, pero no de banderolas rojas, sino de incuria, latrocinio y titánica incompetencia.

Desde luego que la clave para resguardar el poder está en el control de sus fuentes. La militar, la institucional, la económica y la mediática. A estos menesteres se dedica el señor Chávez sin el menor sentido del rubor. Después de la escala habanera –en su viaje internacional número 180– ha venido apretando tuercas, de seguro que por sugerencia fidelera. En ese camino represivo continuará, y lo que estamos viendo ahorita es apenas el pasapalo del condumio.

Fidel debe estar rehipotecando el alma al diablo, con tal de que Chávez no termine de salir. Los 53 mil barriles diarios no le caen nada mal, y menos si son casi de gratiñan. La actual ascendencia de este longevo y despiadado dictador en la vida venezolana es, quizás, uno de los hechos más peligrosos de nuestra realidad. Igual o peor que Chávez en la presidencia es Fidel en Miraflores. De ambos, tenemos que liberarnos.

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