Opinión Nacional

Gato blanco o gato negro, qué importa…

Los tiempos y los ritmos políticos transcurren de manera diferente entre gobierno y oposición. También avanzan por caminos distintos mientras la gente atisba a distancia, con un dejo de indeferencia, las actividades electorales de los aspirantes a candidato. Chávez, valido de su posición de gobernante, acostumbrado a obrar siempre con ventaja, lleva las de ganar. La atmósfera brumosa, llena de oscuros nubarrones, de lunares, augura, sin lugar a dudas, un futuro colmado de retórica vacía, incertidumbre, despotismo.

La oposición se asemeja a una mujer medio embarazada, aun cuando esto luzca imposible. El entusiasmo inicial generado por Petkoff, Rosales y Borges, se difumina –por falta de definiciones concretas- con el transcurrir de los días. Y, algo peor aún, no hay disposición de agarrar el toro por los cachos, hablarle con claridad al país. Andan de rama en rama como si de una campaña electoral tradicional se tratara. Actúan según los clásicos moldes de la democracia formal. Claro, ese es el camino de menor esfuerzo, el más cómodo, el menos riesgoso. El de los conformistas. El de los teloneros sin aspiraciones distintas a participar deportivamente en una contienda electoral trucada, sin enfrentar de verdad al autócrata de Miraflores.

Los adversarios del régimen seguirán fielmente a quien sea capaz de carearse de tú a tú, sin cortapisas ni dobleces, con el aprendiz de brujo, líder de la revolución bolivariana. O, para graficarlo de otra manera: “gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones”, decía Deng Xiaoping. Quien no encarne esta aspiración general, por más maromas que haga o caras bonitas que pinte, no gozará del envión popular necesario, a fin de convertirse en un peligro real para las aspiraciones reeleccionistas de Chávez.

Vistas las cosas así, los pretendientes a liderizar la disidencia, en lugar de andar buscando a Dios por los rincones, deben posicionarse en la opinión pública, utilizando la imaginación, barnizada con una pócima de audacia. Con el objeto de polarizar con Chávez es menester enfrentarlo en su mismo terreno; cantándole las verdades, no solamente de su (des)gobierno, sino también retarlo a contarse en igualdad de condiciones, sin trapisondas ni engañifas. Y, haciendo de la necesidad virtud, construir una poderosa fuerza opositora capaz de trascender el 3 de diciembre, capaz de convertirse en infranqueable valladar a las aspiraciones hegemónicas del teniente coronel.

El plus de Petkoff sobre los otros dos contendientes es la bien ganada fama de hombre arrojado, irreverente. De llamar a las cosas por su nombre. Más allá de sus sólidas condiciones intelectuales, explotar con inteligencia estos atributos, lo podría catapultar hacia un sitial preponderante para convertirse en el candidato unitario. Confrontar, posicionarse, polarizar, forman parte de la carrera de obstáculos de la elección presidencial. Coronar con éxito el final dependerá de la disposición a romper los moldes de una disidencia demasiado conservadora, predecible, incapaz de fijar una agenda propia; de llevar la iniciativa indispensable, a fin de deslastrarse de los enfoques políticos tradicionales.

Los últimos episodios militares de la revolución bolivariana anuncian que nos encontramos en el prólogo del epílogo de la democracia. Entonces no importa cómo se llame el abanderado de la oposición, si está dispuesto a dar el todo por el todo para salvar la democracia nacida el 23 de enero de 1958.

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