Opinión Nacional

Gobernar a los trancazos

¡Al carajo la Constitución! Si algo cataloga la gestión de gobierno de Hugo Chávez desde que alcanzó la Presidencia de la República, es el desprecio por los valores democráticos. Le resbala -como se dice coloquialmente- la opinión pública. Siente asco por quienes difieren de su pensamiento. La única verdad que reina sobre el planeta es la del teniente coronel (golpista) devenido en Presidente. Los otros no cuentan. Son simples alimañas que merecen desaparecer. En dos palabras no existen. Durante estos años se esforzó (por recomendaciones del felón mayor, su tutor Fidel Castro) en mantener las apariencias de que respetaba las formas democráticas. Pero ahora que su popularidad -en casa como en el exterior- cae sostenidamente, las cosas son distintas. Está apurado, urgido de imponer su proyecto totalitario; asume que el tiempo corre en su contra. Se desquicia fácilmente. Cada día son mayores las protestas reivindicativas de los trabajadores y de los sectores de menores recursos. Al tiempo que la corrupción y la ineficiencia administrativa minan su gestión; sin embargo, se empeña, entonces, en seguir tensando la cuerda. ¿Hasta cuando? ¿Quién Sabe? Siempre he mantenido que los procesos históricos no son lineales. Donde menos se piensa puede saltar la liebre…

Ahora bien, a pesar de las circunstancias, Chávez basa su poder en tres elementos fundamentales: la chequera petrolera, el control de las bayonetas y el secuestro de todas las instituciones del Estado. Por eso se permite atropellar a discreción a la sociedad venezolana, sin que pase absolutamente nada. ¡Ah!, pero también tiene a su favor la pasividad aparente de la gente. Eso cuenta y mucho. Por eso, cada vez que va a dar una vuelta de tuerca, lanza globos de ensayo para medir la reacción de los afectados. La conseja de Lenin (expuesta en su libro) de “un paso adelante, dos pasos atrás”, la sigue Chávez al pie de la letra. Pero, ahora parece que su carrera hacia socialismo del siglo XXI adquiere nuevas dimensiones. Después de ser derrotado en el referéndum constitucional de diciembre de 2007, pisa el acelerador llevándose por delante a la Carta Magna. Para eso compra conciencias (con el petróleo), reprime al pueblo cuando le da su real gana (con la Guardia Nacional y cuerpos de seguridad) y legisla, persigue y criminaliza la disidencia (a través de las instituciones).

Está claro que para ello cuenta con la alcahuetería de la comunidad internacional que, con tal de hacer buenos negocios con Venezuela (léase venderle de todo), se hacen los pendejos cuando de la defensa de la democracia criolla se trata. Esta misma semana, el Ministro de Relaciones Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, encabezó una delegación de empresarios, para cobrar las deudas con Cadivi, reclamar su parte de la apetecible torta petrolera y, de paso, retomar las fracasadas ventas militares. Ya los presidentes latinoamericanos hicieron lo propio hace rato. Sin embargo, no todo es color de rosa en materia internacional. El desprestigio de Chávez crece sin prisa pero sin pausa. Su descarada intromisión en Honduras, la permisividad con el narcotráfico y sus relaciones endogámicas con las FARC, agregan un peligroso condimento que puede envenenar la sopa bolivariana. Los lanzacohetes suecos enrarecen las relaciones con Colombia… Vistas las cosas así, el papagayo se le enreda cada vez más al mandamás de Miraflores. No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Mientras tanto rodamos sin frenos hacia el barranco…

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