Opinión Nacional

Gustavo Machado, el humanista

Interesante interrogarse acerca de la correspondencia de la visión humanista y profundamente democrática y revolucionaria de Gustavo Machado con los hechos del presente y el destino de inminente disolución que amenaza al partido que él fundara hace ochenta años

Contrariamente a lo que quisieran los autócratas, la historia no es un fluido uniforme perfectamente manipulable a sus antojos unidimensionales. Es un continuo contradictorio, multiforme, lleno de sorpresas e interrogantes jamás resueltas. Un thriller. De allí lo sorprendente de hacerse a su investigación tratando de rehacer sus hilos conductores y recrear sus formas y figuras más singulares.

Hemos vuelto a pensar en ello al leer la magnífica y apasionante biografía de la más insigne figura del comunismo venezolano, Gustavo Machado (1898-1983), escrita para la imprescindible serie biográfica de El Nacional-BanCaribe dirigida por Simón Alberto Consalvi con prolija acuciosidad por el periodista y analista político Manuel Felipe Sierra.

Con una prosa de urgencia, sin devaneos estilísticos ni adjetivaciones inútiles, en el mejor estilo del reportaje de intriga, Manuel Felipe se hace a la tarea de recrear esa vida llena de sobresaltos, prisiones, persecuciones y destierros de ese gran venezolano que fuera Gustavo Machado. Al cabo de una lectura esencial que hurga en la trayectoria más relevante del tribuno y se consume en una llamarada, quedamos con la sensación de un magistral recorrido por un siglo que aún palpita abierto, interrogante, irresuelto.

No emerge de esa lectura el perfil heroico de un prócer poseído por el delirio de una utopía irredenta. Ni un pragmático consumido por las ansias de poder absoluto. Así su tránsito haya estado marcado paso a paso por las vivencias de la Tercera Internacional y una colaboración jamás puesta en cuestión frente a las autoridades del Kremlin, al mismo tiempo conductores del comunismo en todo el planeta.

Emerge antes bien la figura notable de un tribuno hecho a la orfebrería más compleja y difícil: la de construir un partido y situarlo, con sus claroscuros, sus errores y su contradicciones, en el escenario de un pueblo en lucha por su democracia.

Pues lo que llama la atención de Gustavo Machado es precisamente esa entrega a la civilidad de un proyecto de país que rechaza el autocratismo, los afanes dictatoriales, el caudillismo armado. Él mismo, un caudillo desarmado e ilustrado deudor de lo que con razón aún hoy uno de sus más cercanos colaboradores en el exilio mejicano, el historiador Germán Carrera Damas, llama «el humanismo marxista». Lo que lo lleva a tolerar ˆél, un ejemplo de tolerancia, de generosidad y bondad en medio de un mundo cuajado de intoleranciaˆ la política confrontacional y belicista preconizada por la fracción guerrillerista de su gente, entonces dirigida por Pompeyo Márquez y Guillermo García Ponce.

Machado no era un hombre pronto a cubrir su talante abierto y categórico con una barba emblemática, cargar un fusil y echarse al monte como un desesperado guevarista: era un tribuno de la plebe. De la misma madera y de la misma alcurnia que un Salvador Allende: aristócratas en el más auténtico y aristotélico sentido de la palabra. Y gentes de honor. Así sufrieran la contradicción de ser demócratas y contribuir a aniquilar sus propias democracias.

De allí lo insólito: cinco años de prisión, ya un hombre en plena tercera edad, pagada por un delito del que no era en absoluto responsable. Cárcel asumida, por cierto, con la gallardía y la grandeza de un servidor público perfectamente consciente de la responsabilidad colectiva y la asunción individual de los actos del partido que fundara en 1927 junto a Salvador de la Plaza. «En relación con el concepto general de la lucha armada, siempre estuve en contra. Mucha gente me reclama eso. Sobre todo porque yo pasé cinco años preso en el Cuartel San Carlos, desde 1963 a 1968, por esa causa que no compartía». En efecto: imposible imaginarlo empuñando un arma contra un grupo de inermes guardias nacionales para asesinarlos en un acto de alta estupidez política, como el del tren de El Encanto. Ni siquiera de proyectar o propiciar una acción absolutamente ajena al leninismo insurreccional del que se sentía deudor. Ética y política no aparecían divorciadas en su ideario: el fin no justificaba sus medios. La inescrupulosidad y la lenidad tampoco: era de una acrisolada honradez. Al extremo de perder su fortuna, él un hombre de bien y de bienes, en sus luchas y destierros: “¿Qué pasó con su heredada fortuna personal?» ˆle pregunta Alicia Freilich de Segal en esa misma entrevista. «Todo eso se fue en los largos destierros. He vivido de mi sueldo como funcionario del partido. Mi salario de diputado lo recibe el partido y éste me regresa una pequeña parte que a veces ni me alcanza». ¿Podrán decir lo mismo sus sucesores, hoy en puestos de comando de esta sedicente y manirrota revolución bolivariana? Resulta interesante interrogarse acerca de la correspondencia de la visión humanista y profundamente democrática y revolucionaria de Gustavo Machado con los hechos del presente y el destino de inminente disolución que amenaza al partido que él fundara hace ochenta años.

Precisamente para negar la revolución que motivara todos sus desvelos y subordinándolo a los afanes vitalicios de un hombre de armas. Desde luego, ni una gota de oportunismo en su concepción humanista: «El fracaso nuestro en el 73 no hay que apuntárselo ni a la idea ni al programa, sino al grupo de gente que ya no está en el PCV y que sí estaban entonces al frente del partido durante aquella campaña electoral. Son Guillermo García Ponce y compañía. Ellos pactaron con COPEI en esas elecciones porque su comunismo es superficial.

Su único objetivo era derrocar a Carlos Andrés Pérez, cuyo triunfo consideraron un pinochetazo en Venezuela. Eso no es comunismo, sino oportunismo. Adueñarse de una dirección para ponerla al servicio de COPEI».

Pueda que la celebración de los 80 años de vida no encuentren partido que lo celebre, fundido y extraviado el que hoy continúa dirigiendo el mismo Guillermo García Ponce en una amalgama de grupúsculos de intereses varios sin otra auténtica soldadura que el culto a una extravagante personalidad. ¿Qué diría aquel venezolano insigne que tuviera el extraño privilegio de asistir a la rendición de cuentas del secretario general y primer ministro de la Unión Soviética Nikita Kruschev contra Stalin y su aberrante culto a la personalidad durante el XX Congreso del PCUS?

Se estará revolcando en su tumba.

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