Opinión Nacional

Hacia una conciencia constructora de futuro

Interesados como estamos, desde la Cátedra Pío Tamayo y el Centro de Estudios de Historia Actual, en promover un debate sobre el proceso actual de destrucción que vive este expaís, y de convocar a un verdadero intercambio de ideas, que conduzca a contribuir a la necesaria e indispensable organización del colectivo para las tareas de construcción del presente y el futuro, hemos abierto un grupo de discusión (%=Link(«http://es.groups.yahoo.com/group/historiactual/»,»http://es.groups.yahoo.com/group/historiactual/»)%), al cual invitamos en todo aquel interesado en dar su aporte a la causa común de edificar una sociedad-tiempo que marque distancia con el pasado y con todo presente signado por la confusión-perversión.

Para su funcionamiento no consideramos necesario establecer un cuerpo de normas específicas. Sin embargo, aspiramos que este instrumento sirva en lo fundamental para difundir opiniones y aportes, y que las mismas puedan ser debatidas con espíritu creador y deseos de participar en la tarea de la construcción colectiva del futuro.

Y sin duda esto significa que debemos modificar muchos de nuestros vicios. Aquí no se trata de protagonismos individuales, ni de imposición de verdades particulares, sino de cómo formar parte de un equipo común que sea capaz de dar respuestas generales y particulares al conjunto de problemas que hoy padece este expaís, en proceso de destrucción mayor.

Prevalece mucha confusión. Y una de nuestras tareas debe consistir en contribuir a forjar un estado de conciencia-organización. Para ello debemos despojarnos de muchos prejuicios y posiciones tomadas. Aprender a ir a la raíz de las cosas y poder extraer de ellas la mayor cantidad de lecciones.

En el laberinto en el cual nos encontramos no hay caminos abiertos sino trochas por desmontar, no hay recetas ni formularios sino el trabajo arduo, persistente y paciente del minero.

No tenemos otro compromiso ni militancia que avanzar hacia un futuro que dé respuesta humana, sensible, real al padecimiento del hombre que habita estas tierras en creciente proceso de destrucción, a través de la conformación de una organización social que se caracterice por su integración, productividad y condición creadora.

Esta tarea no tiene, por consiguiente, limitaciones. Pero tiene el reto de aprender a extraer la idea de la palabra, de traspasar las fronteras de los discursos vacíos y la proliferación de adjetivos, para alcanzar la sencillez de las verdades que nutren el espíritu, cultivan las sociedades, enriquecen la vida.

Un espacio para exponer pero también para escuchar la idea del otro, que sólo tendrá validez cuando actúe en concordancia con el uno que somos, con la totalidad a la que pertenecemos, que no por eso deja de multiplicar el territorio que corresponde a cada humanidad, que adquiere conciencia de su lugar y signo, en el conjunto del país-continente-planeta-universo.

Las reglas o normas, por consiguiente, cada quien debe inventarlas y asumirlas. Sabemos bien que constituyen límites dispuestos para que sean transgredidos.

Habremos comenzado a cambiar el día que sepamos cada uno, cada quien, cómo abordar nuestro reto de vida, y el del otro, que somos, con idéntica humanidad y potencial creador.

Por ello no incluimos ni excluimos. Convocamos, invitamos, a abrir canales de una nueva comunicación, no mediatizada ni domesticada, libre y abierta, pero trascendente y esencial, no por ello menos sencilla ni directa. El terrible tiempo que vivimos así lo exige.

Tenemos el privilegio de poder advertir, aprehender, atrapar las corrientes subterráneas que avanzan paralelas al exorcismo populista, al discurso engañoso, al divertimento ruidoso

Eso nos convierte en testigos y actores fundamentales de un proceso histórico que hasta hoy, y desde hace más de 500 años, nos ha sido impuesto, con los más diversos adjetivos y connotaciones.

El resultado está a la vista. Pero no basta el diagnóstico externo. Debemos preguntarnos por el hacer y el decir de cada quien y nuestra responsabilidad en el abismo al cual estamos lanzados.

Sólo una conciencia de hombre-hermano, que nos capacite y enseñe a entendernos como miembros de una sola entidad, diversa, heterogénea, pero idéntica en su significación, trascendencia y espiritualidad, nos permitirá acometer la tarea de construir un futuro distinto.

Esto nos coloca ante un reto mucho mayor pero ante una perspectiva de nueva e inédita dimensión. Ya no nos serán útiles muchos de los instrumentos que ayer sirvieron para generar falsas ilusiones. Deberemos volver sobre lo conocido para recalificarlos, en virtud de la terrible realidad que tenemos por delante.

Y deberemos inventar nuevas categorías, nuevas referencias, nuevos testimonios y sobre todo el nuevo hacer que tenga el signo y la esencia de un hombre-humano, dispuesto a hacer valer su condición, por encima de todo diluvio, contrato o tentación.

El imperio del capital no ha sido capaz de dar respuesta al dilema de la vida. Tampoco lo pudo hacer la trampa del supuesto socialismo, que más allá del sacrificio de millones y millones de hombres y mujeres esperanzados, sucumbió a los más viles valores del privilegio, la acumulación y la coacción-violencia.

No logró esa experiencia cambiar la historia humana. Todo lo contrario, aumentó su capacidad criminal, su visión totalitaria, su carga de odio-violencia, y reubicó en otras minorías los mismos privilegios, obsesiones y capitales.

Quienes sobrevivimos estos tiempos estamos sometidos a esa gran tragedia, que se junta a la tragedia intemporal del hambre, la miseria, la exclusión, la dominación y la domesticación.

Fácil no es, por consiguiente, abrir nuevos cauces en medio de la mayor oscuridad.

Pero no tenemos otra posibilidad, si aspiramos no ser partícipes, cómplices y co-responsables de la historia que otros nos quieren hacer pasar como nuestra, aunque en su interior predomine la destrucción, la violencia, el engaño y la más perversa dominación.

Seguimos siendo los más. Somos innumerables, sólo que aún no sabemos quiénes somos ni donde nos encontramos.

Hablar un nuevo lenguaje significa comenzar a alcanzarnos los unos a los otros, a abrir cauces de comunicación y solidaridad, a crear las bases para comenzar a dar respuestas a cada atropello, cada injusticia, cada agresión, venga de donde venga y tenga el signo que se le quiera dar.

Tal vez entonces podamos avanzar en una dirección distinta. Y por esto, las normas de expresión-comunicación en nuestro caso tienen que ser establecidas por la conciencia de cada quien, en el entendido que debe prevalecer el empeño por formar las ideas y el contenido-proceder para construir un futuro de verdadera democracia.

En medio de esta devastación, estamos obligados a proceder con base a los auténticos valores democráticos!!

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